lunes, 7 de noviembre de 2016

"La niña alemana", una novela de Armando Lucas Correa (2016)


Ficha Técnica:


Título originalLa niña alemana

Autor: Armando Lucas Correa, periodista y escritor cubano

Género: Novela histórica

Páginas: 421

País: EE.UU.

Editorial: Ediciones B




Argumento: 

Hannah Rosenthal, una pequeña de apenas doce años, se ve obligada a huir de Berlín junto a sus padres en la primavera de 1939 a bordo del "Saint Louis", un transatlántico cargado de "impuros" rumbo a Cuba. En el Nueva York de 2014, Anna Rosen, una niña de doce años huérfana de padre, recibe un paquete desde La Habana remitido por una tía-abuela paterna de la que no tenía conocimiento. Dos vidas emparentadas que transcurren de forma similar en épocas y lugares diferentes al ritmo que el caprichoso destino les marca.


En la teoría:

En ocasiones, sin causa conocida ni efecto ideado, los astros se alinean a nuestro favor proporcionando cierta estabilidad al tambaleante día a día. Es cierto que las cosas no siempre salen como quisiéramos, pero eso nunca lleva implícito que necesariamente salgan mal. Por lo general, solo es cuestión de cambiar el "chip" y adaptarse a las circunstancias como si ellas fueran las manos y nosotros unos guantes de látex, no al revés. 

A día de hoy no son pocos los que me han recomendado que realice una crítica literaria en toda regla sobre esta novela. Que igual es el momento oportuno para que este modesto blog adquiera mayor visibilidad. Que "Ediciones B" está publicando en Facebook las reseñas que se están haciendo... las reseñas positivas, claro, esas que valoran más las cifras que las letras, esas que encumbran injustamente lo que se queda a mitad de camino. Te aseguro que he revisado muchas historias ajenas hasta llegar al punto en el que me encuentro ahora. Historias buenas y malas de aficionados y profesionales. Igual alguna vez ha primado el afecto a la hora de valorar un trabajo, pero nunca ese tipo de valoraciones las he hecho públicas. En un país donde la cultura se vende a precio de caviar de beluga, no es honesto publicitar como un número uno lo que a duras penas llega al diez para obtener uno mismo algo de rédito. 

A mediados de octubre llegó a casa un envío urgente con la última novela del cubano Armando Lucas Correa a dos semanas de su lanzamiento en nuestro país. Mi misión al respecto era sencilla: Ofrecer una opinión sincera sobre la historia que narra exclusivamente con ojos de lectora. En realidad, para mí resulta muy complicado leer sin más, sin que me chirríen los dientes ante una subordinada mal construida o por el uso incorrecto de un tiempo verbal, sin que me condicionen los cambios de narrador a lo largo de una misma historia por un problema de estilo o la continua repetición de un único enlace textual. El leer con un lápiz en la mano es algo que no puedo evitar, es como un cigarro entre los dedos de un fumador o como el "quiero, puedo pero no debo" en boca de un amante virtual. El defecto de una lectora imperfecta.
Los lectores consumados coincidirán conmigo en el privilegio que supone trabajar con los esbozos de una historia que, con suerte, saldrá a la luz. Esa es la gratificante tarea de quien maquilla a la guapa del instituto el día de la graduación o de quien se sumerge de lleno en el proceso creativo de otro: La buena base te viene dada, pero son solo tus manos las que la hacen brillar por encima de sus posibilidades y, aunque el resto de la humanidad no te reconozca en ella, tampoco tu ego lo necesita. Sin embargo hoy, excepcionalmente, no me ha tocado saltar la comba al principio, cuando más posibilidades hay de fastidiar el juego, si no al final, cuando ya el récord de saltos ha sido superado. 

Ediciones B, fiel a su colección histórica de libros para adultos, publica en nuestro país la primera novela de ficción de Armando Lucas Correa, editor jefe de la revista "People" en EE.UU. y supervisor de contenido de su versión digital (www.peopleenespanol.com). Basada en unos dramáticos hechos reales, la trama se divide en cuatro partes de irregular extensión. A grandes rasgos, la primera parte, la más pesada de leer, supone la preparación del viaje iniciático de las dos niñas protagonistas. La segunda parte, la más desgarradora, se centra en la travesía del "Saint Louis" desde Alemania hasta Cuba. La tercera explica y resuelve con cierta maestría las tramas abiertas a lo largo de la lectura. Y, por último, la cuarta parte es el final perfecto a una historia triste por necesidad.

No voy a mentirte, las 100 primeras páginas resultan peores que una mala digestión. Si esta lectura no fuera una agradable obligación, de seguro que me habría rendido antes de la página cincuenta. Y es que el autor alaaaaaarga sin necesidad la historia, se pierde en detalles que no aportan nada especial a la trama y ofrece tantas similitudes con novelas anteriores a la suya sobre el holocausto (La ladrona de libros, La llave de SarahEl niño del pijama de rayas o El diario de Ana Frank) que una no puede más que lamentar la suerte del que publica más por sus contactos conocidos (Boris Izaguirre está publicitando esta novela a través de Twitter) que por su talento. He sufrido esas primeras 100 páginas, me han desesperado como lo hace uno de esos caramelos durísimos que suelen arrojar sin reparo alguno a diestro y siniestro en las cabalgatas de reyes, uno de esos caramelos insulsos que parecen no terminar nunca por muchas vueltas que se les de en la boca. Sin embargo, una vez salvado ese escollo, es de justicia reconocer que la historia se transforma en un regalo de indescriptible belleza que emociona hasta la lágrima. No me gustan las novelas sobre el holocausto, para mí son la pena que todos debemos pagar por un atroz delito que solo unos pocos cometieron. Sin embargo, La niña alemana ha conseguido que me reconcilie con el género (como ya lo hiciera el éxito de Markus Zusak hace un par de años) porque no se regodea en ese momento tan cruento de la Historia, ni ahonda en quienes se resignan sin más a sus penurias, no justifica el proceder de ningún personaje ni exculpa a los responsables de la tragedia real en la que se basa la novela. No, nada de eso. En realidad, en las restantes 300 páginas, esas que emocionan y desgarran el alma a partes iguales, se nos recuerda gracias a dos niñas de apenas doce años que sobreviven en distinto lugar (Berlín - La Habana vs Nueva York) y tiempo (1939 vs 2014) que hay quienes aceptan lo que parece estar escrito pero no por ello dejan de avanzar con paso firme, pese a las adversidades, pese a las pérdidas, los obstáculos, la pena, la desesperanza. Vidas tan frágiles como los pétalos de una margarita que se deshoja al ritmo desesperanzado de un "me quiere, no me quiere". Tan real como la vida misma.

No me extenderé mucho más.
Aunque el estilo narrativo empleado no sea del todo de mi gusto, aunque creo con sinceridad que a la trama le sobran páginas, es justo valorar la gran capacidad creativa que supone el convertir en ficción novelada un acontecimiento real que tan de puntillas parece haber pasado a nuestro lado. 
En ese sentido, me ha sorprendido descubrir que aún hay partes de la Historia del siglo XX de las que no tenía la menor idea (Cuba primero, EE.UU. y Canadá después, abandonaron a su suerte a algo más de 900 pasajeros que huían de la Alemania nazi en el transatlántico "Saint Louis" con los papeles, al menos en principio, en regla). Me ha sobrecogido la entereza con la que "Ana con jota" acepta un destino marcado por la tragedia sin resignarse a convertirse en una víctima más de las circunstancias que la rodean. Me ha emocionado la necesidad de afecto de los personajes, los paralelismos de tantas vidas desiguales y, por encima de todo lo demás, el saber que en nuestro días también miles de personas abandonan sus pertenencias en países consumidos por la guerra y surcan los mares en busca de una oportunidad allá donde sea que se les permita vivir en paz. Nunca aprenderemos de nuestros propios errores, continuaremos cerrando nuestras puertas a cal y canto como si sentados en nuestros sofás estuviésemos protegidos de cualquier revés. Pero nadie ocupa el mismo lugar durante toda su vida, nadie. No lo olvides.  


En la práctica:

Con los libros me ocurre como con las personas: No me gusta juzgarlos solo por la portada ni dejarme llevar por la errónea impresión de los primeros diez minutos. Tampoco hago mucho caso a las opiniones vertidas por los demás, fundamentalmente porque los demás no soy yo, por eso, en ambos casos me tomo el tiempo necesario para decidir si llegar hasta el final o rendirme en la página cincuenta. Pocos son los libros que he dejado sin terminar, muy pocos... Muchas las personas que se han cruzado en mi camino de manera puntual. 
Hace unos días leí en algún lugar que las amistades que superan los siete años se consolidan como el hormigón armado cuando seca. ¿En serio?, ¿si superan los siete años? ¡Qué va! Yo no estoy de acuerdo con esa afirmación, no, porque no todo el mundo sabe o está preparado para ser amigo, porque hay quienes no conocen el verdadero sentido de compartir determinados momentos sin mayor atadura. porque incluso hay quienes son incapaces de valorar una buena amistad y de sentirse dichosos por ello. Tal vez por eso a mí con las personas a veces me ocurre lo mismo que con los libros: La expectativa inicial supera con creces una realidad que se va desinflando capítulo a capítulo, a medida de que te vas dando cuenta de que la otra persona no va a mudar de color cuando está contigo por mucho que se lo pidas. Cuando algo así ocurre, lo mejor sin duda alguna es dar carpetazo cuanto antes... 

Las oportunidades no son un concepto infinito. Las oportunidades se desaprovechan, se pierden, las disfrutan otros, se sueñan. Las oportunidades se aprovechan, se ganan, se agradecen, se buscan. Y, si pese a lo que lees, lo que intuyes y lo que imaginas, decides en la comodidad de tu sofá no cambiar ni una sola coma del texto original a sabiendas de que así no resultará ser un éxito de ventas, tendrás que asumir pues en solitario que, definitivamente, las oportunidades no son un concepto infinito. Cuídate.