miércoles, 31 de diciembre de 2014

"Gente sola": De Pedro Guerra a Ana Belén (y viceversa)


Ficha Técnica:


Single: "Gente sola"

LP: Tan cerca de mí

Intérprete: Pedro Guerra

País: España

Año: 1997





De oído:

Siempre me ha gustado esta canción, más en boca de Pedro Guerra (su compositor) que de Ana Belén. La segunda, artificiosa y plástica a mi modesto parecer, carece de la naturalidad del primero. Al principio eran otros los que ponían voz al talento del canario (suele pasar), hasta que un buen día, imagino, se cansó de escribir para los demás y lo hizo para sí mismo (eso también suele pasar). El primer paso siempre es el más difícil, sobre todo cuando uno no está acostumbrado a caminar pero, una vez que se consigue emprender la marcha, aprender a correr solo es cuestión de tiempo. "Gente sola" me entusiasma, por decir mucho con poco, por humanizar la verdad, por miles de razones en general y por ninguna en particular, por eso he decidido cerrar este año con ella... y contigo.
A veces nos echamos cargas innecesarias a la espalda que ralentizan nuestro ritmo habitual. Gustamos de interpretar el papel de buen samaritano, de sanador de unas almas que, en realidad, no desean ser sanadas. Créeme, no siempre es hipocresía, en ocasiones, simplemente, se trata de una necesidad personal encubierta: Quien actúa así lo hace a la espera de obtener del otro un comportamiento similar. Sí, en estos menesteres el ser humano es doblemente iluso: Espera sin tener que hacerlo y olvida que la reciprocidad es exclusiva de los sentimientos negativos. "Hay gente que sueña que abraza a otra gente, gente que reza y luego no entiende, gente durmiendo en el borde del río, gente en los parques, gente en los libros, gente esperando en los bancos de todas las plazas, gente que muere en el borde de cada palabra, gente que cuenta las horas, gente que siente que sobra, gente que busca a otra gente en la misma ciudad, pero qué sola está". También por eso me gusta esta canción, por recordarme que todos sin excepción en algún momento necesitamos una mano amiga que nos reconforte. Todos.


Termina el año y me permito contarte una historia, una de esas historias que mueren olvidadas en el bolsillo de alguna chaqueta pasada de moda. El "érase una vez" de una persona normal, tan normal como tú y como yo, quizás hasta más normal que los dos juntos. Una persona que cada día amanecía al refugio de la marquesina de una parada de autobús. Lo cierto es que no sabía concretar hacia dónde se dirigía esa línea ni cuál era su frecuencia de paso, pero tampoco le importaba, le gustaba refugiarse bajo esa marquesina y esperar su llegada, sin más, le era suficiente. Docenas de autobuses pasaron ante ella mientras permanecía allí plantada, docenas de vías alternativas que, de haberles prestado algo de atención, posiblemente la habrían conducido a un destino más acorde con sus preferencias. Pero no, esa persona había decidido dedicarse a esperar un autobús en concreto, uno sin horarios establecidos, uno que llegaba y que se iba sin avisar, que jamás abría la puerta para que pudiera subir, lloviera o luciera un sol de justicia, uno que en ocasiones pasaba de largo sin tener en cuenta la devoción fatigosa de quien con tanto anhelo le esperaba. Y enganchada a esta rutina permaneció días, semanas, meses, incluso años, desolada, incapaz de plantarse cara a sí misma, con la única esperanza de que fuera ese autobús el que cambiara su ruta para no tener que enfrentarse más a su espera. ¡Con lo fácil que habría sido coger un taxi! Un buen día, quizás cansada de que su conductor no diera la cara escondido en silencio tras los cristales tintados, quizás agotada de hacer señales con la mano para que la dejara subir, echó a andar. Los primeros pasos fueron los más difíciles: Por cada tres que daba retrocedía dos. Por poco que avanzara su vista seguía fija en la marquesina, atada a la ilusión de que el autobús apareciera a lo lejos. Nada. Un par de kilómetros y un principio de tortícolis después bastaron para comprender que sus propios pies la llevarían más lejos que cualquier autobús de cristales tintados de esos que nunca abren sus puertas para que podamos subir.




A cappella:

Esta es una entrada programada con varios días de antelación. En realidad, a estas horas estaré en casa de mi tía en Cádiz, ultimando junto a mi familia materna los detalles para tomar las uvas, sentados todos en el salón frente al televisor quitando pacientes piel y pepitas. Unos minutos antes de la media noche nos aseguraremos de que todos los platos tengan doce uvas, hasta el de Guillermo (ya me habré encargado yo de escogerle las más pequeñitas del racimo). En cuanto terminen los cuartos, mi tío Lolo soltará una de las suyas con cada campanada. Entonces mi madre empezará a reír hasta ponerse roja y mi abuela le recriminará maternal que no se entera de nada. Mi padre estará atento a ir a uva por campanada como si la suerte de los siguientes trescientos sesenta y cinco días le fuera en ello. Lucía nos sorprenderá con algún comentario fuera de lugar (¡ay, la adolescencia!). Su padre la reprenderá serio, su madre no. Mi hermana Patricia pensará en Ale, que este año pasa la noche con su familia. Juan Antonio no comerá ni una sola porque desde que se separó no cree en las tradiciones. Pedro tampoco y se dedicará a despotricar sobre las deficiencias del sistema educativo actual, mientras Ángeles lo remedará a su espalda y Ana, la hija de ambos, les recordará con la boca llena que ella es médico residente "pese al sistema educativo actual". Mi marido sentenciará que ya se podría comer doce bombones (está claro que los prefiere a las uvas). Mi hijo protestará, por lo que sea, da igual, pero protestará. Yo, que habré terminado mis doce antes de la décima campanada (sin piel ni pepitas es fácil), pediré en silencio al nuevo año que venga cargado de salud, de mucha mucha salud. Y, tras brindar con un "canasta" de la tierra bien fresquito y repartir besos a diestro y a siniestro, pondremos la conexión con Canarias para que mi madre, que seguirá partiéndose de risa ya no sabremos bien de qué, se pueda terminar las uvas y así... así sí daremos por inaugurado el nuevo año en familia.

¡Feliz, placentero y cultural 2015!

lunes, 29 de diciembre de 2014

"El niño con el pijama de rayas", una novela corta de John Boyne (2007)


Ficha Técnica:



Título original: The Boy in the Striped Pyjamas

Autor: John Boyne

Género: Novela corta

Editorial: Salamandra (2007)





"Acepta la situación en la que te encuentras y todo resultará mucho más fácil"


Argumento:

Bruno, un pequeño de ocho años, se ve obligado a abandonar la comodidad de Berlín camino del campo de exterminio de Auschwitz donde su padre ejercerá de oficial al mando. Desde la planta alta de su casa Bruno observa con detenimiento a las personas con pijamas de rayas que viven tras la alambrada y a las que tiene prohibido acercarse. Sin embargo, un buen día la curiosidad infantil lo empuja a conocer a Shmuel, un niño judío de su edad con pijama de rayas, con el que entabla una singular amistad de consecuencias devastadoras.



En la teoría:

El éxito de esta novela cuando salió al mercado fue fulgurante. Ni en sus mejores sueños el autor pudo imaginar que una historia tantas veces contada y desde tantas perspectivas diferentes iba a tener tal éxito de crítica y ventas. O tal vez sí, porque John Boyne no es de los que dudan de su savoir faire.


"El niño con el pijama de rayas no es mi mejor libro, en absoluto. Fue un gran regalo que me dio una audiencia internacional y me cambió la vida, pero no es mi mejor novela ni de lejos". (La voz de Galicia)

Sea como fuere, está claro que la novedad no reside en el tema que trata. El holocausto nazi ha sido narrado durante décadas desde los más dispares puntos de vista, incluido el infantil, y siempre se ha valido de la emotividad de la historia. Aunque John Boyle no sea amigo de las comparaciones, es inevitable pensar que, simplemente, se subió al carro en el momento oportuno.


“Para los críticos es muy fácil jugar a comparar. Tomar un ejemplo conocido y realizar la conexión para acabar confundiendo al futuro lector. ¿No será que la crítica es muy perezosa a la hora de evaluar cada texto?” ("Cornabou", revista de literatura infantil y juvenil)

Sin ir más lejos El diario de Ana Frank relata en primera persona las penalidades que la protagonista, una adolescente judía, sufrió durante los dos años que permaneció oculta de los nazis en Amsterdam durante la Segunda Guerra Mundial. Y no es la única. La vida es bella de Roberto Benigni. Monsieur Batignole de Gérard Jugnot. Esta fórmula funciona. La visión infantil de uno de los mayores horrores de la historia contemporánea vende. Una y otra vez. Una y otra vez.
No es raro creer entonces que en esta vida esté todo inventado. Parece como si el mundo en el que vivimos se constituyera a base de las ideas que unas pocas mentes inquietas sacaron a la luz un día, ideas que se van modificando con el tiempo para amoldarlas a las necesidades de cada época. “¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí antes?” preguntamos al aire, como si algún desconocido nos hubiera robado una genialidad mientras permanecíamos al abrigo de nuestro sofá y se estuviera lucrando a nuestra costa. La respuesta no es sencilla. Quizás influya el factor suerte, quizás el destino exista en realidad, quizás solo debamos observar lo que nos rodea desde una perspectiva diferente, desde la altura de un niño, sin duda mejor desde abajo, al fin y al cabo es una fórmula que vende. Porque en la sencillez de miras de los más pequeños, el mundo es un lugar mucho más agradable para desarrollarse como persona. Igual ahí se encuentre la mayoría de las respuestas. O igual es ahí dónde comience la mayoría de las preguntas.

Sí, se nota que no es una de mis novelas preferidas. Lo cierto es que no veo en ella nada nuevo que la haga distinta a las anteriores. Su estilo narrativo me resulta "infantiloide" por mucho que el autor nos lo quiera vender como un producto que no entiende de edades. Si no entiende de edades, no debería haber tratado con esa superficialidad molesta una barbarie de la que casi todos los adultos tenemos conocimiento. A Boyne le salió bien la jugada, no hay más. 
No obstante, si deseas abordar la historia desde un punto de vista infantil con mordaces guiños a los lectores adulto (el juego de palabras "furia-führer"), El niño con el pijama de rayas es tu historia.  


En la práctica:   

Lcapacidad creativa de los niños, aún vírgenes de influencias externas, les ayuda a sobrevivir a las situaciones más terribles. Gracias a ese curioso mecanismo de defensa, que genera nuestro cerebro para teñir de colores pastel una realidad en escala de grises, el camino hacia la felicidad se vislumbra con mayor nitidez. El otro día me planteaba mi hijo de cuatro años lo que para él parecía una cuestión trascendental: "Mamá, cuando yo sea un hombre, ¿el dedo meñique seguirá siendo pequeño?". No sé qué le empuja a plantearse ese tipo de cosas, pero él es el vivo ejemplo de la ingenuidad y la inocencia infantiles. 

Y a todo esto yo me pregunto que, si nuestro perfil derecho difiere del izquierdo, si una misma moneda tiene dos caras enfrentadas, si un pie siempre va por delante del otro al avanzar, ¿por qué nuestra cabeza no va a ser capaz de dar luz a la sombra que genera nuestro cuerpo? La felicidad nunca es la meta, solo es el camino.


domingo, 28 de diciembre de 2014

"La jauría humana", una película de Arthur Penn (1966)


Ficha Técnica:



Título original: The Chase

Guion: Lillian Hellman (según la novela homónima de Horton Foote)

Género: Drama

País: Estados Unidos

Duración: 135 minutos




“Reflexiono y no entiendo. ¿Qué hemos hecho mal?"



Sinopsis:

Un preso, condenado injustamente por un asesinato que no ha cometido, consigue escapar de su reclusión. Con la conciencia tranquila vuelve a su lugar de origen, un pequeño pueblo de Texas, donde sus vecinos, inmersos en una degradante decadencia moral, deciden emprender contra él una auténtica cacería humana. Solo el sheriff, único hombre honesto del lugar, es capaz de impedir su linchamiento al tiempo que sufre los despropósitos de un pueblo embrutecido socialmente.




Plano subjetivo:
Numerosas razones técnicas, artísticas e interpretativas hacen de esta película un clásico atemporal. Sin embargo, es su mensaje el que más llama la atención con el devenir de los años pues refleja de manera contundente dos conceptos incuestionables de nuestra propia naturaleza: La seguridad que nos otorga el sentirnos respaldados por un grupo y cómo nos desprendemos de nuestras miserias ocultos entre la multitud.
Es cierto que los hombres, como los animales, tendemos a agruparnos para hacer frente común contra las amenazas que nos rodean. Sin embargo en nuestro caso, a diferencia de los animales, el raciocinio nos posibilita discernir cuándo la causa merece la lucha o cuándo no aunque, en realidad, ese sentido común con el que hemos sido bendecidos los humanos suele brillar por su ausencia. Basta echar un vistazo a nuestro alrededor para comprobar que solemos organizarnos mejor y más rápido (y con mucha más virulencia) contra los colectivos más desfavorecidos que contra los más favorecidos. A las pruebas me remito: Mientras permanecemos al abrigo de nuestros hogares como los “tres monos sabios” de la tradición japonesa (aquellos que no ven, no oyen y no hablan) ante la mala gestión de los que gobiernan o han gobernado nuestro país, las noticias nacionales nos sorprenden con la hazaña fuenteovejunesca de un pueblo casi al completo que arremetía hace unos días sin compasión contra los miembros de una familia aficionada a apropiarse de lo ajeno. Igual estoy equivocada, corrígeme si me equivoco, pero siempre he creído que robar es robar con independencia del autor del robo y de los medios o estrategias que aquel utilice para conseguir su fin. Es ley de vida: Cuando un grupo, en principio minoritario, ve aumentar repentinamente sus hordas en la lucha contra una misma causa, el buen criterio general se pierde y las consecuencias, tarde o temprano, resultan desastrosas para todos.

La jauría humana es una historia de denuncia social en la que los protagonistas, finalmente y sin remedio, se dan por vencidos. ¿Por qué?, porque no se puede ir siempre contracorriente, porque no hay más ciego que el que no quiere ver, ni sordo que el que no quiere oír, porque hasta la paciencia del Santo Job tenía su límite. Y a todo esto, desde la comodidad de mi mullido sofá, yo me pregunto a sabiendas de la respuesta si te darás por vencido tú.


*Esta entrada, junto a los comentarios por ella generados, puede leerse en la sección “Tu mejor tú” incluida en la web  www.despiertatumejortu.es.

martes, 12 de agosto de 2014

"39 escalones", una película de Alfred Hitchcock (1935)



Ficha Técnica:



Título original: The 39 Steps

Guion: Charles Bennett (según la novela homónima de John Buchan)

Género: Thriller

País: Reino Unido

Duración: 81 minutos






Sinopsis:


Durante un espectáculo de music-hall en Londres, en medio de una trifulca, el canadiense Richard Hannay se ve envuelto en una trepidante trama de espías y de agentes secretos que lo llevará de periplo por las islas británicas de los años treinta.



Plano subjetivo:

Hoy cumplo 39 años. Y, mientras escribo, disfruto de unas placenteras VACACIONES en un destino de última hora impuesto por un obligado cambio de planes, un imprevisto y afortunado cambio de planes, uno de esos que, contra todo pronóstico, salen bien. Yo no dispongo, solo propongo... lo demás ha llegado solo. Vacaciones. Me concedo unos minutos para reflexionar sobre su significado concreto en mi vida, es entonces cuando hace acto de presencia la RAE que, como una madre sesentona de mal carácter, me increpa con el dedo en alto y me recuerda que ese "descanso temporal de una actividad habitual, principalmente del trabajo remunerado o de los estudios" no nos está reservado a las madres a jornada completa. Y algo de razón debe de tener porque, guste más o menos, el rol de "madre" no es una etiqueta que se pueda cortar con unas tijeras o arrancar de un simple tirón. Esa etiqueta la llevas en roce continuo con la piel haga daño o no. Vacaciones. ¡Vacaciones! ¿Vacaciones? 

Mientras escribo, sonrío distraída viendo jugar a mi hijo en la arena. Hace y deshace un imaginario castillo en el que oculta parte de su cuerpo a la voz de "mira, mamá, no tengo pies". Sé que ese grito de guerra lleva implícito un teatral lamento por mi parte, una búsqueda "desesperada" por la playa del lugar exacto dónde se encuentran ocultos sus pies con la mirada fija en la X del mapa del tesoro de un pirata venido a menos. Ahora es él quien sonríe y yo la que da un ficticio puntapié a las acepciones certeras de un diccionario que me aplico yo pero que escriben otros. Leo. Leo. Leo. O, al menos, lo intento (en sentido literal y figurado). Nada que me haga pensar demasiado. Los buenos suicidas de Toni Hill(La "l" del teclado me está fallando, Mr. Sheldon, Mr. Paul Sheldon). Prometedor comienzo. Ya veremos el final. El hijo del protagonista se llama Guillermo, como mi propio hijo. Eso me divierte. Es agradable leer cada número impreciso de líneas su nombre, dejar que me sorprenda escondido tras alguna palabra, que aparezca y desaparezca a cada página, que juegue al escondite un par de veces por capítulo. Guillermo... lo observo jugar y reconozco en silencio que su nombre suena bien... y se lee aún mejor. Vacaciones. ¿Vacaciones? ¡Vacaciones! 


Treinta y nueve años ya... 39, como la canción que Brian May, guitarrista de Queen, escribió para el álbum "A Night at the Opera". 39, como el prefijo internacional de Italia. O como los grados de fiebre que aterran a las madres primerizas. O, sin ir más lejos, como la temperatura media de una infernal Sevilla en verano. Treinta y nueve... 30 y nueve... 39, como los escalones del maestro Hitchcock (entre otros). Treinta y nueve escalones, una historia demasiado compleja para escribir sobre ella un día como hoy, aunque al tiempo demasiado obvia para dejar pasar la ocasión. Para ser sincera, confieso que jamás pude terminar de leer la novela homónima de John Buchan aunque tampoco he visto ninguna de las versiones cinematográficas posteriores a la del director británico porque, la verdad, no me llama nada que sean pretenciosamente fieles a la historia original. Sin embargo la idea recurrente del hombre inocente que huye de la justicia siempre me ha gustado en Hitchcock y, aunque suelo hablar de casi todo pese a no entender de casi nada, a mi edad sé de sobra lo que me gusta... y The Thirty-Nine Steps me gusta. No tanto como Vértigo o como La ventana indiscreta, pero lo suficiente para un día como hoy. Quedémonos con eso.



Yo, al igual que la gran mayoría de los mortales, solo tengo cinco sentidos. No he sido bendecida con eso que llaman "intuición" así que, más que intuir, pido a gritos un cambio. Mi cerebro se oxida al ritmo de una tumbona de playa a orillas del mar y no me resigno a aceptarlo, con RAE o sin ella. Tan cerca de la cuarentena empieza a asustarme la normalidad, sobre todo porque ahora más que nunca considero que tras ella se oculta cierta tristeza acostumbrada, esa que supone el pasar más parte del día pensando en lo que falta que en lo que se tiene. Me hago mayor (suspiro). Treinta y nueve años. 39 años... escalones... grados... pulgadas... nudos... ¡qué más da siempre...


Que los años, como los vientos, nos sean favorables a ambos!


viernes, 8 de agosto de 2014

"Johnny cogió su fusil", una película de Dalton Trumbo (1971)


Ficha técnica:


Título original: Johnny Got His Gun

Guion: Dalton Trumbo (basado en su propia novela Johnny Got His Gun, 1939)

Reparto principal: Timothy Bottoms, Donald Sutherland, Diane Varsi


Género: Drama bélico

Duración: 111 minutos





“General: ¿No tiene nada que decirle usted, padre? Al menos podría decirle que tuviera fe en Dios, ¿no?
Sacerdote: Pediré por él durante el resto de mis días, pero no pondré a prueba su fe con esa estupidez.
General: ¿Y usted se llama sacerdote?
Sacerdote: Esto es producto de su profesión, no de la mía.”


Sinopsis:


Johnny, un joven combatiente de la Primera Guerra Mundial, despierta totalmente confuso en un hospital. Con las extremidades superiores e inferiores amputadas, ciego, sordo y mudo de por vida a causa de una explosión sucedida durante un bombardeo, se ve reducido a un simple torso viviente. Tras largo tiempo de insufrible inactividad corporal, gracias al Código Morse, suplica que acaben con él pero su petición es ignorada y su cuerpo, inútil y totalmente inmóvil, es abandonado en un almacén.


Plano subjetivo:

La vida no siempre transita por los caminos deseados. En ocasiones el horizonte soñado se encuentra tras montañas escarpadas que resultan, al menos a simple vista, imposibles de salvar. No cabe duda de que con ayuda la carga siempre resulta más llevadera, pero no siempre se cuenta con ella. En tal caso, rendirse es tan lícito como luchar aunque socialmente mucho menos recomendable. De eso en concreto trata esta película, de la ruptura de los convencionalismos sociales a favor de la libertad individual.

En líneas generales Johnny cogió su fusil es todo un alegato antibelicista y a favor de la eutanasia que, por su brutal realismo, no deja indiferente a nadie. Intenta ponerte en situación: n situaciEn una guerra que supuso la pérdida de miles de vidas, de jóvenes vidas de procedencia humilde que solo buscaban la posibilidad de tener acceso a la universidad o a un seguro médico de calidad de manera gratuita, el sentimiento patriótico brilla por su ausencia al tiempo que la necesidad aflora. En ese marco de inexperiencia y desesperación surge la eutanasia como vía alternativa para paliar el sufrimiento de un cuerpo sesgado incapaz de continuar con su ciclo vital. Johnny, el protagonista absoluto de la cinta, sufre en primera persona los estragos del frente cuando un bombardeo lo convierte en una cabeza pensante que razona y elabora juicios unida en exclusiva a un trozo deforme de tronco. Salvo pensar, es incapaz de hacer nada por sí mismo. Aislado del mundo exterior, su existencia no mantiene un solo resquicio para la esperanza o la mejora porque, por mucho que se empeñe, su situación no cambiará, sus sueños no se verán nunca cumplidos ni sus expectativas realizadas. Tal y como transcurre la existencia del protagonista cabe preguntarse que, si vivir dignamente es un derecho, morir de la misma manera también debería serlo. Por mucho que nos pese, Johnny cogió su fusil es la evidencia fílmica de que hay situaciones mucho peores que la muerte.


Mientras miremos a un lado cada vez que la cruda realidad que nos rodea se cruce en nuestro camino, creeremos que expresar los sentimientos nos hace débiles, permitiremos que nuestros hijos jueguen a matarse con la naturalidad de una puesta de sol, gritaremos enfadados cuando la lenta afluencia del tráfico no nos permita avanzar al ritmo que deseamos, criticaremos, discutiremos, haremos reproches, señalaremos con el dedo… Mientras eso ocurra seguiremos relativizando nuestro tiempo, como si cada minuto nos perteneciera, pasando por alto que, para lo bueno y para lo que no lo es tanto, una semana son solo siete días. No lo olvides. 


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domingo, 3 de agosto de 2014

"El desprecio", una película de Jean-Luc Godard (1963)


                                  
Ficha técnica:

Título original: Le mépris

Guion: Jean-Luc Godard (basado en la novela Il disprezzo del italiano Alberto Moravia, 1954)

Reparto principal: Brigitte Bardot, Michel Piccoli, Jack Palance, Fritz Lang

Género: Drama





Cuando oigo la palabra cultura, cojo mi talonario


Sinopsis:

Paul y su atractiva esposa, Camille, forman la pareja perfecta: Se aman hasta perder el aliento, se confiesan sin pudor sus secretos más íntimos y se entregan el uno al otro sin reservas ajenos al resto del mundo. Nada parecía que pudiera enturbiar su vida común hasta que un buen día a Paul, entusiasta dramaturgo sin éxito, le ofrecen la posibilidad de escribir el guion de una gran producción americana. Inseguro en un terreno que no domina, propicia de forma inconsciente una confusión entre el productor y Camille, que comienza a sentirse una moneda de cambio entregada al mejor postor. Como consecuencia de la situación, el matrimonio se ve inmerso en una dolorosa crisis que tendrá al desprecio como principal protagonista.



Plano subjetivo:

Aunque esta película está dirigida por uno de los mejores directores franceses de cine y considerada una obra de culto por la crítica internacional, en sí, despojada de todo artificio técnico y estético, El desprecio es una reflexión certera e íntima sobre una crisis matrimonial como cualquier otra, habida y por haber, entre dos personas que se aman por encima de todo pero que permiten que la falta de diálogo separe sus caminos. En realidad esto le puede ocurrir a cualquiera que no sepa superar los obstáculos que impone la convivencia. ¿Cuántas veces has escuchado decir con orgullo “nosotros nos conocemos tan bien que, solo con mirarnos, ya sabemos lo que piensa el otro”?. Muchas, ¿verdad? Pues ese es el grave error que cometen Paul y Camille antes de abandonarse a la apatía marital: Pensar por el otro.

Con el único propósito de satisfacer las necesidades que cree que tiene su mujer, Paul emprende una cruzada profesional que lo convierte en un ser taciturno y desconfiado. Por su parte, Camille decide contraatacar con una buena dosis de indiferencia a los silencios de su marido. ¡Con lo fácil que habría resultado preguntar “qué nos está ocurriendo”! Al parecer ellos tampoco necesitaban palabras para comunicarse, con solo un cruce de miradas podían precisar qué rondaba por la cabeza del otro con la exactitud de un reloj suizo... así les fue.


Sí, ya sé que las generalidades no son buenas, que media vida (o una entera) compartida con la misma persona concede ciertas licencias a la historia. También sé que hay circunstancias en las que los silencios son tan necesarios como el aire que se respira y que encontrar la forma o el momento de hacer al otro partícipe de un sentimiento no siempre es tarea fácil pero, si no lo intentas, si no te arriesgas a expresar con sinceridad tus necesidades o carencias, El desprecio ya te adelanta el precio a pagar. Tú decides.


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miércoles, 30 de julio de 2014

“Caos Calmo”, una película de Antonello Grimaldi (2008)

Ficha técnica:

Título original: Caos calmo

Guion: Nanni Moretti, según la novela Caos calmo de Sandro Veronesi (2005)

Reparto principal: Nanni Moretti, Valeria Golino, Isabella Ferrari y Alessandro Gassman.




"Hay que decir las cosas, siempre" 


Sinopsis:

En el mismo momento en el que Pietro está salvando la vida a una desconocida en la playa, su mujer muere víctima de un desafortunado accidente doméstico. Tras el sepelio, mientras todo su entorno espera servir de consuelo a su duelo, él alivia su caos interior deambulando tranquilo por el parque situado a las puertas del colegio de su hija con el único propósito de que esta termine su jornada escolar. Ante su incomprensible e inquietante conducta social, sus compañeros de trabajo, sus amigos, familiares y conocidos intentarán hacerlo reaccionar.


Plano subjetivo:

Esta película es en sí una paradoja vital tan humana y real como la vida misma. Basada en la novela homónima de Sandro Veronesi, la historia se convierte en el retrato de la deriva emocional de un hombre de mediana edad que decide esconder su dolor para sumergirse, por voluntad propia, en ese extraño duelo sin lágrimas en el que los sentimientos a los que no somos capaces de enfrentarnos acaban convirtiéndonos en una mala copia de nosotros mismos.
En su desesperación, ajeno a todos los que le rodean, el protagonista maquilla de calma exterior lo que, en realidad, le supone un caos interior de consecuencias demoledoras. Calla, no porque no tenga nada que decir, sino porque no sabe cómo ni a quién decirlo. De esta manera tan particular toma conciencia de su propio vacío interior sin necesidad de vestir de negro, ni por dentro ni por fuera. Al margen de los convencionalismos más comunes, comienza poco a poco a digerir su circunstancia actual sin llegar a acostumbrarse a su amargor, aun siendo consciente en cada momento de él. Calla, pero no huye.

A través de esta emotiva cinta se nos revela que ciertamente la pérdida de un ser querido es irreversible, pero el dolor que consume las entrañas y aletarga los pensamientos está bendecido por el don de la reversibilidad. Solo es una cuestión de actitud vital... y de tiempo.


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sábado, 26 de julio de 2014

"Un mundo feliz", una novela de Aldous Huxley (1932)





Ficha Técnica:


Título original: Brave New World

Autor: Aldous Huxley, filósofo y escritor británico (1894 - 1963)

Género: Novela

Páginas: 256

País: Gran Bretaña

Editorial: deBolsillo





“El encanto enigmático de la Historia reside en el hecho de que, de época en época, nada cambia y aun así todo es completamente diferente”. 



Argumento:

Tras una imponente guerra química, surge un nuevo orden mundial dominado por la tecnología más avanzada aplicada a todos los niveles imaginables de la vida cotidiana. Aquello que no conviene al estado es censurado. La libertad de elección y la de expresión están prohibidas. La felicidad radica en la supresión de los comportamientos emotivos, las inquietudes intelectuales y las manifestaciones artísticas. En ese mundo utópico en el que la pobreza y las epidemias han sido erradicadas, el estado de "bienestar social" se ha conseguido a costa de eliminar los rasgos propios de cada individuo.


En la teoría:

Hablar de Un mundo feliz es hacerlo de uno de los clásicos de la literatura universal del siglo XX. Gracias a una metáfora mordaz, el autor inglés se permite describir en su novela los estragos sociales de un futuro incierto en el que las previsiones más negativas se ven materializadas. La mayor parte de los críticos señala que se trata de una sátira sobre las sociedad de los años treinta pero, en realidad, la historia que se narra y, sobre todo, el modo en el que se lleva a cabo no conoce ni de espacios ni de tiempos. 

De hecho, imagino que tú también te habrás percatado de que ahora está de moda entre la comunidad masculina el etiquetarse como "macho alfa" en un arrebato de virilidad doméstica. A mí, la verdad, es que esta afirmación suele hacerme sonreír porque, según se extrae de la lectura de esta novela, el "alfa" es el sujeto más perfecto del grupo pero también el más infeliz. Teniendo en cuenta que la perfección no existe pero la infelicidad sí, blanco y en botella. Los preceptos de Huxley que deberíamos aplicarnos nos llevan a considerar que la verdadera valía reside en tomar conciencia social, en saber en qué lugar en concreto se encuentra uno, sin proyectarse a esferas que no le corresponden (ni más altas ni más bajas), y actuar en consecuencia. La lectura metafórica de Un mundo feliz se traduce como un tirón de orejas a las conductas sociales alienantes en las que la masa repite conductas como borregos y el individuo único e irrepetible no tiene cabida. Queridos "machos alfa" del mundo, ¿por qué aspiráis a ser el "gallo del corral" si, os guste o no, es la gallina la que pone los huevos? 



En la práctica:

Las personas avanzamos en sociedad al ritmo que nos marcan. Todos intentamos encontrar un lugar en el que encajar, en el que sentirnos cómodos, una "zona de confort" al refugio de nuestros semejantes que nos permita beneficiarnos de las ventajas comunes y que, por supuesto, nos exima de toda responsabilidad individual. Desde que el universo es algo más que una singularidad espacio-temporal, pertenecer a la mayoría nos ha hecho fuertes... o eso hemos querido creer.

La sociedad de consumo en la que vivimos inmersos no es muy diferente a la ficticia de la novela de Huxley. Los jóvenes cada vez leen menos, el cine cada vez es más comercial, la tecnología acerca a los que están más lejos mientras, paradójicamente, aleja a los que están más cerca. La televisión nos vende una realidad que conviene a unos y a otros, pero nunca a los consumidores. Si en Un mundo feliz el gobierno proporciona una ración diaria de droga farmacológica para manipular y controlar a las masas, nosotros sucumbimos a una felicidad inducida, temporal y falsa que nos aborda cada minuto desde los quioscos de prensa, los paneles publicitarios, los panfletos propagandísticos de los grandes almacenes, las modas que van y vienen, los vecinos del quinto, nuestro hijo adolescente que cree ser único por pertenecer a un grupo urbano donde todos se sienten únicos.

Nos encaminamos a una era conformista en la que a nadie importará el ser manejado al antojo de unos cuantos siempre que la mayoría corra la misma suerte. Y después, ¿qué? ¿Ningún punto negro sobre fondo blanco? Avanzar en círculos nunca ha llevado a ningún lugar. Ten siempre presente que no somos lo que nos asemeja al resto, sino lo que nos diferencia.


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