miércoles, 8 de agosto de 2012

"12", un poema de Oliverio Girondo (1932)


Ficha Técnica:



Título original: Espantapájaros

Editorial: Losada

País: Argentina

Año: 1932





En la teoría:


No sé cuánta narrativa hispanoamericana del siglo XX he leído, pero de seguro que más de la que me gustaría. Que conste que hablo con conocimiento de causa, obligado durante cinco años, pero conocimiento al fin y al cabo. Ricardo Güiraldes. Alcides Arguedas. García Márquez. Miguel Ángel Asturias. Juan Rulfo. Rómulo Gallegos. Y Mario Vargas Llosa, entre otros muchos. Pues con todo no le he cogido gusto a la novela del otro lado del charco. No, y no sé por qué. Quizás se cumpla en mí eso de que “no está hecha la miel para la boca del asno”. Quién es quién, miel/asno, narrativa hispanoamericana/yo, lo dejo a elección del consumidor.
Tampoco me gusta la poesía. Matizo. En todo caso me gusta menos que el sucedáneo de chocolate “Donaire”, en la misma medida que un bodegón del XVII y más, mucho más, que la narrativa hispanoamericana. Pues fíjate tú que es precisamente la poesía de ese continente la única capaz de abstraerme de la realidad. César Vallejo. Vicente Huidobro. Gabriela Mistral. Pablo Neruda. Mario Benedetti. Oliverio Girondo. Oliverio Girondo, ¿te suena? Argentino de nacimiento, cosmopolita por convicción, su poemario Espantapájaros (1932) es fundamental... al menos para mí. 
Existe un artículo magistral sobre Girondo de 2011 firmado por el periodista Juan Sasturain que te recomiendo encarecidamente que leas, no solo porque ofrece información que no encontrarás con facilidad por la red, sino por la manera tan "girondina" en que está escrito: “Veinte motivos para leer a Oliverio Girondo” (publicado en el diario argentino Página 12). Ni uno solo de esos motivos tiene desperdicio alguno, créeme. No voy a entrar en menesteres filológicos porque hasta para mí sería infumable en esta etapa de mi vida (la niña ya está crecidita y es poco impresionable), pero sí me atrevo a recomendar el sentir mundano de este poeta atemporal que es capaz de escribir:

“Que te enamores tan locamente de una caja de hierro que no puedas dejar, ni un momento, de lamerle la cerradura”. ("21", Espantapájaros, 1932)


La poesía de Girondo no necesita ni de diccionarios ni de intérpretes. Habla por sí sola en una lengua tan sincera y llana que no solo me reconcilia con la poesía, como aseguraba el propio Sasturain, su pluma me reconcilia con el mundo. ¡Buen provecho!


“Se miran, se presienten, se desean, se acarician, se besan, se desnudan, se respiran, se acuestan, se olfatean, se penetran, se chupan, se demudan, se adormecen, se despiertan, se iluminan, se codician, se palpan, se fascinan, se mastican, se gustan, se babean, se confunden, se acoplan, se disgregan, se aletargan, fallecen, se reintegran, se distienden, se enarcan, se menean, se retuercen, se estiran, se caldean, se estrangulan, se aprietan, se estremecen, se tantean, se juntan, desfallecen, se repelen, se enervan, se apetecen, se acometen, se enlazan, se entrechocan, se agazapan, se apresan, se dislocan, se perforan, se incrustan, se acribillan, se remachan, se injertan, se atornillan, se desmayan, reviven, resplandecen, se contemplan, se inflaman, se enloquecen, se derriten, se sueldan, se calcinan, se desgarran, se muerden, se asesinan, resucitan, se buscan, se refriegan, se rehúyen, se evaden y se entregan”.


En la práctica:

Está bien, lo confieso. Hace un rato me he reído de mí misma como si de otra persona se tratase. Y es que, siempre que tengo en mente dejar por escrito algún pensamiento inquieto que recorre a gritos mi cerebro de lado a lado, me digo bien segura: “seré breve”. Sí, breve, claro, claro. Cuando he sobrepasado la segunda página de un mecánico WORD me ha sobrevenido una repentina risa, tan floja como silenciosa, que ha inundado la habitación por completo. Lo he borrado todo y he comenzado de nuevo, despojada de lo superfluo.

Posiblemente no sea el mejor poeta en lengua castellana de principios del XX, aunque sí dicen que es el mejor argentino. De seguro que no es el más conocido, aunque a mí me llena sobremanera. Es fácil recomendar algo que gusta, pero compartir algo que te hace vibrar tanto que quisieras guardar solo para ti como una posesión valiosa que manos ajenas puedan mancillar, querido, querida, eso no lo es tanto. Pero...

miércoles, 11 de julio de 2012

"El maquinista" de Brad Anderson (2004)




Lo que son las cosas. He pasado gran parte del día arropada por una de las peores compañías que puedo desear en estos momentos: Una faringitis viral que no precisa más tratamiento que mi propia paciencia... precisamente ahora que no voy sobrada de ella. No, si ya tengo claro cómo funciona todo esto. ¡¿Que no quieres caldo?!, pues toma dos tazas.
Desde esta mañana a las seis y media, siete menos cuarto como quien dice, intento ocupar cada uno de los minutos de este solitario día con quehaceres adictivos que no supongan mayor complicación a mi estado actual. Sin apenas suerte en mi afanosa tarea, algunas horas después este día gris con tonalidades malvas empezaba a parecerme eterno. ¿Cuántas veces habré abierto el correo en busca de un mensaje? Ni idea. A la vez que hizo treinta y nueve dejé de contar. ¿Para qué? Ninguna palabra regalada llega cuando se la espera. ¡Menudo martirio!. "Silvia, tienes lo que te has buscado, ni más, ni menos" me he soltado al oído, tan fuerte y tan cruel como una bofetada sin mano, mientras buscaba una película que llevarme a la boca. Es que últimamente no como demasiado.
Por una vez ha sido fácil decidirme. Lo ideal para engalanar los días grises son los thrillers psicológicos que emborronan la mente con historias imposibles. De esos debo de tener quince o veinte en casa. Memento. The Game. À la folie… pas du tout. Identidad. The Jacket. Hard Candy. Número 23. El maquinista. ¡Esta! ¡Sí, sí, esta! El maquinista. La culpabilidad llevada al límite. Muy apropiado.

Recuerdo que la primera vez que vi esta película el aspecto de su protagonista, Christian Bale, me impresionó hasta el impacto emocional. Su delgadez extrema, enfermiza, casi inhumana, da grima. "Como sigas así vas a desaparecer" le repiten sus partenaires divertidas a lo largo de la historia. Ensoñaciones que parecen más reales que la propia realidad. Personajes que aparecen y desaparecen con la rapidez de un parpadeo. Los tonos grisáceos de El maquinista se apoderan de la estancia. "Como sigas así vas a desaparecer", ¿de qué me suena a mí eso? En fin. En días en los que no me aguanto ni yo, me pregunto: ¿es posible olvidarse de uno mismo hasta el punto de llegar a desaparecer? Con total sinceridad, no tengo ni idea. De todos modos hoy, precisamente hoy, me la trae al fresco. Como Trevor en su desdicha, yo “solo quiero dormir".

 
 
ARGUMENTO: Trevor, el maquinista de una fábrica de ferralla, lleva un año sin dormir. Lo suyo, más que un caso agudo de insomnio, parece una paranoia delirante provocada por un episodio guardado a buen recaudo en su subconsciente. La falta de sueño, unida a la escasa ingesta de alimentos, llega a mermar su capacidad de raciocinio hasta rozar la locura. Atormentado por su propia conducta, ve conspiraciones allá donde no las hay, obligándose a recluirse en soledad en busca de la fatal respuesta.

martes, 10 de julio de 2012

"Le Scaphandre et le Papillon" de Julian Schnabel (2007)


Pocas veces, creo recordar, he podido mantenerme indiferente ante un estímulo emotivo con independencia de la naturaleza del mismo. Mi cuerpo se resiente, más de lo que desearía, pero mi ánimo sale a flote en busca de continuas bocanadas de aire fresco materializadas, normalmente, en la diversidad artística. Por fortuna, el desconocimiento en la materia me da la suficiente libertad para hablar de cualquier tema que se me antoje con la inmunidad propia del ignorante. Hace tiempo que andaba tras las huellas de esta plástica co-producción franco-norteamericana. En cuanto conocí la existencia de la novela autobiográfica de Jean-Dominique Bauby y de cómo esta había sido escrita, dictada letra a letra con su párpado izquierdo, supe que no podría pasar sin ver la cinta de Julian Schnabel. Le Scaphandre et le Papillon.
 
A principios de los noventa, recién estrenada la cuarentena, Jean-Dominique Bauby, el excéntrico redactor jefe de la revista francesa Elle, sufrió una embolia masiva. Tras tres semanas en coma, Bauby despertó víctima del llamado “síndrome de cautiverio”. Totalmente paralizado, Jean-Do malvivió durante meses encerrado en su cuerpo inerte (la escafandra) sin poder comer, ni beber, ni hablar, ni respirar sin asistencia, mientras su mente funcionaba con la normalidad habitual de quien conserva intactas la memoria y la imaginación (la mariposa). En el hospital de Berk-Sur-Mer especializado en dolencias similares donde fue confinado, aprendió con paciencia a comunicarse mediante el parpadeo de su ojo izquierdo. Gracias a esta habilidad forzada, Jean-Dominique Bauby recreó el mundo desde su particular y nueva situación en la novela La escafandra y la mariposa en la que se basa la película de idéntico título.




Para los que aún lo duden, Jean-Do sufrió, cada minuto de su decepcionante estado sufrió. Pero no por él, no, lo hizo por su padre de noventa años enclaustrado en un piso del que sus piernas ya no le permitían salir. Lo hizo por sus tres hijos a los que ya nunca volvió a poder acariciar. Por su exmujer, por ella también, por acompañarle sin reservas en esa cruel etapa de su vida. Sufrió por su nueva pareja, por dejarla abandonada a su suerte, y por cada una de las personas que le facilitaron la existencia mientras su cuerpo yacía inmóvil postrado en una cama. Sufrió por no tener palabras para animarles, ni voz para decirles “te quiero”, por no poder dar un beso ni regalar un abrazo, por miles de razones generosas que le hacían pensar en los demás por encima de sí mismo.
Aferrarse a la vida cuando son otros los que deben vivir por ti es obligarles a dejar a un lado sus hábitos cotidianos para adoptar los tuyos. Aferrarse a la vida a costa de la vida de los demás es egoísmo en estado puro. Aferrarse a la vida cuando ya no nos toca vivir es restarle días de bonanza a quienes más te quieren. En fin, no me gustaría verme en una de esas y que me obligaran a vivir. No sería feliz sabiéndome una carga.
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Jean-Dominique Bauby murió de neumonía el 9 de marzo de 1997.