lunes, 20 de febrero de 2017

"Lo que de verdad importa", una película de Paco Arango (2016)


Ficha Técnica:

Título original: The Healer

Director: Paco Arango


Género: Comedia

Duración: 113 minutos


País: España

Estreno: 17/02/2017 en España


Sinopsis:

Alec Bailey, un joven ingeniero inglés huérfano de padre y madre, malvive con lo que gana en su tienda de arreglos "The Healer" ("El curandero"), un proyecto que nunca pudo llevar a cabo con el artífice de la idea, su hermano gemelo Charlie, fallecido un par de años atrás. Sus numerosas deudas de juego lo han sumido en una catastrófica situación de la que solo podrá salir con la ayuda de Raymon, un hermano de su madre del que nunca había oído hablar, quien le impone como única condición para saldar sus deudas pasar un año completo en Lunenburg, una pequeña población de Nueva Escocia (Canadá), lugar de donde proceden todos sus ancestros.


Primer plano:

Facebook me aburre. El desconocimiento del potencial real de las redes sociales ha convertido la de Zuckerberg en un virtual patio de vecinos en el que, mientras unos airean sin pudor alguno sus miserias, otros vocean con insistencia en busca de aprobación. El día que mi madre se abrió una cuenta y me solicitó amistad supe que ese espacio ya no era para mí. ¡Mi propia madre, a hurtadillas, qué horror! Bueno, en realidad no todo me disgusta, de hecho gracias a FB tuve conocimiento hace unos meses de la existencia de The Healeruna película especial no por sus artificios técnicos, ni por su argumento, ni siquiera por sus conocidos protagonistas o por la maravillosa fotografía. La singularidad de esta película recae en el hecho de que el 100% de los beneficios que se obtengan de la recaudación en taquilla irá destinado a la realización de un proyecto común entre la "Fundación Aladina", presidida por el polifacético Paco Arango y encargada de prestar apoyo a niños enfermos de cáncer, y "SeriousFun Children's Network", fundada por el actor Paul Newman en 1988 para el disfrute de pequeños con enfermedades graves. Con independencia de la credibilidad de la historia, de los medios empleados para llevarla a cabo, del resultado final y/o de la calidad real del producto, la noble causa a la que se dedicarán los beneficios es motivo más que suficiente para ir a verla.

Obviamente ni soy crítica de cine ni mucho menos lo pretendo. En la acogedora comodidad del lugar desde el que escribo en este momento, me defino como una simple aficionada al séptimo arte a la que no le gusta invertir dinero en producciones que no merezcan la pena por algo, sin importarme demasiado a qué se refiera esa indeterminada locución. Rara vez mi opinión coincide con la de los profesionales, posiblemente porque yo, como tú, debo pagar mi entrada. Mi alcance es ínfimo comparado con el de cualquiera de ellos, por eso no entiendo la actitud de cierto sector de la crítica especializada empeñado en tildar de "fiasco cinematográfico" el primer proyecto de este tipo 100% benéfico de nuestro país. No sé exactamente qué parte de que esta película es solidaria no han entendido, pero me queda claro que con sus ácidas (por no decir crueles) opiniones al respecto no hacen un bien a nadie (ni siquiera a ellos mismo). Digo yo que, por una vez, podrían haber dejado de lado su profesionalismo petulante, podrían haber obviado lo que para todos es obvio (que esta película no es la sobrecogedora La passion de Jeanne d'Arc de Carl Theodore Dreyer, obra maestra del cine mudo francés que me fascina y de la que puedes abrir boca aquí) y, por qué no, haber pedido encarecidamente al público que asista a las salas, que las inunden el día del espectador y, por el bien de la finalidad del proyecto, que conviertan a Lo que de verdad importa en la película más taquillera del año.

No estoy segura de que esos que se hacen llamar "críticos de cine" puedan comprender que, gracias a sus comentarios, gente que confía en su criterio no irá a ver esta cinta. Tampoco creo que sean conscientes de que no van a cobrar menos por limitarse a escribir "bueno, no es la película del año pero los beneficios irán íntegros destinados a una buena causa y solo por eso, señores espectadores, deberían ir a verla". Sí, de acuerdo, son profesionales del medio pero, ante y por encima de todo, son personas. ¡Qué país este en el que Torrente 2: Misión en Marbella recaudó en 2001 más de veintidós millones de euros! ¡Veintidós millones! ¿Acaso no llegan a imaginar lo que esa recaudación supondría para la mejora de la calidad de vida de los niños enfermos de cáncer en nuestro país? No, no creo, porque si lo hicieran, tan solo por un momento, no desalentarían con sus pérfidas parrafadas a que los espectadores acudamos en masa a las salas de cine. Lamentable.

Yo, al igual que ellos, la he visto y, aunque me ha parecido muchas cosas, una de ellas no ha sido moralista, mucho menos sensacionalista. No pretende adoctrinar sobre ningún credo. No busca tocar la fibra sensible con personajes moribundos, ni sensibilizar en extremo sobre una causa perdida como es aún en nuestros días el cáncer infantil. No salen niños enfermos que han perdido la totalidad del cabello, ni situaciones que induzcan al espectador a la lágrima fácil. A grandes rasgos, Lo que de verdad importa podría pasar perfectamente por una de esas películas que pone Antena3 un domingo por la tarde si no fuera porque en su BSO se incluye "Faith" de George Michael y la versión de Israel Kamakawiwo'ole de "Over the rainbow". Seamos honestos, el propósito fundamental de una comedia es entretener y esta historia entretiene. Sí, el argumento es simplón, está todo muy cogido con pinzas un día de viento de levante, pero te hace reír con situaciones cotidianas. Si cumple con su cometido y además es solidaria, ¿para qué pedir más?



Plano subjetivo:

Mis padres se cuidaron muy bien de enseñarme a desear siempre los buenos días y a dar las gracias. Al hacerme mayor aprendí además que, cuando sonríes, la gente te devuelve la sonrisa, quizás no a la primera, tal vez no a la segunda, pero tarde o temprano creas una complicidad tácita bastante contagiosa. Da igual cómo te lo plantees, ser agradable es muy fácil... si se quiere, claro. El problema está en que hay quienes se esfuerzan por resultar tan desagradables como el ruido que hace José Coronado al comer chocolate en el anuncio que protagoniza (¡dios, no puedo con él!). No es fácil convivir con quienes por sistema se esfuerzan por levantar muros que dificultan la marcha, nada fácil. Por eso la gente desagradable resulta tan peligrosa como un conjunto rocoso cerca de la orilla en una playa familiar. Aunque la marea lo tape, aunque la espuma salina lo enmascare, siempre seguirá en el mismo lugar, acechante, dispuesto a hacer daño. 

El 90% de la gente que conozco vive como si fuera inmortal. Son personas que afrontan el día a día como si fueran inmunes a las más variopintas enfermedades y creen que los reveses de la vida no van con ellos. Personalmente nunca he entendido bien esta filosofía vital tan humana como desacertada. Si la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, las personas desagradables, las distantes y las que se creen eternas siempre eligen el camino más largo. No me preguntes por qué. 

Vida hay una. Esto no es una partida que puedas sobrescribir si no termina como esperabas. Un minuto mal empleado, es un minuto que pierdes. Igual todo se reduzca a una simple cuestión de tiempo. No sé, quizás unos encuentren el sentido con suficiente antelación mientras para otros sea ya demasiado tarde. En cualquier caso, siempre es una suerte contar con alguien que encuentra el valor suficiente para agradecerte que un buen día te cruzaras en su camino, tú, tan mortal y mundano. Alguien que no necesita de palabras rebuscadas para hacerte sentir único por un rato. Alguien que ha asumido que lo que no se dice se enquista y termina haciendo daño. Alguien que al respirar al otro lado del teléfono te hace comprender que lo bueno de los días grises es que combinan con todos los colores. Alguien a quien más que nunca quisieras decirle que es la primera vez en mucho, en muchísimo tiempo que disfrutas de su presencia. A quien deseas confesarle que nunca callas por orgullo sino por miedo, por un miedo irracional a la cercanía entre ambos. Una cercanía que provoca un vértigo horrible, el vértigo que debe de sentir un funámbulo, pero uno malo, uno de esos que caminan temblorosos por la cuerda floja seguros de que, tarde o temprano, caerán al suelo desde una altura considerable. Uno de esos funámbulos que no quieren prescindir del riesgo, o quizás no puedan, o no les apetezca. Uno de esos que no llegan a viejos. Siempre es una suerte contar con alguien con quien compartes la idea de que, esos mismos académicos que han incluido en el Diccionario de la RAE el sustantivo "almóndiga", deberían inventar un término que incluyera todo lo que nos gustaría decir en los momentos en los que nos quedamos cortos de palabras.

Ser agradable es fácil, créeme. Así que, si tienes la fortuna de disfrutar de la presencia de alguien que te haga sentir bien, procura devolverle en la medida que te de. No esperes a mañana, hazme caso. No esperes porque hay algo mucho peor que el hecho de que no seas inmortal y es el que esa persona que llena tus vacíos, que te admira en la distancia, que te escucha sin juzgarte, te comprende con solo mirarte y te sonríe en silencio, esa persona en la que ahora piensas tampoco lo es.

viernes, 17 de febrero de 2017

"Manual de un tacaño", una película de Fred Cavayé (2016)


Ficha Técnica:






Título original: Radin! (¡Tacaño!)


Director: Fred Cavayé


Género: Comedia

Duración: 89 minutos


País: Francia

Estreno: 17/02/2017 en España

              






Sinopsis:


Nadie es perfecto y François Gautier, primer violinista de la orquesta local, lo sabe. Desde la tripa de su madre estaba destinado a ser un tacaño redomado, un chico asocial que no va al cine con chicas ni las lleva a cenar, un vecino problemático que no participa en las derramas comunitarias, un mal compañero que no contribuye en las colectas de cumpleaños de sus colegas. Ahorrar hasta el último céntimo es su mayor objetivo vital, por eso utiliza la luz de las farolas para iluminar su casa, cronometra el tiempo que pasa en la ducha y la cantidad de gel que utiliza, birla el papel higiénico de donde puede, consume productos caducados que le suponen problemas intestinales y va a pie a todas partes por no pagar transporte público ni gastar gasolina.
Un buen día, dos mujeres irrumpen en su vida dispuestas a ponerla patas arriba: Valérie, la nueva violonchelista de la orquesta que ve en Gautier un virtuoso del violín, y Laura, una chica de 16 años que asegura ser su hija. A partir de ese providencial momento ya nada será como antes... ¿o tal vez sí? 


Primer plano:

Hoy se estrena en nuestro país la que muchos se han aventurado a calificar como la comedia francesa del año. Quizás sea pronto para realizar este tipo de predicciones cinematográficas (solo han pasado cuarenta y siete días desde la entrada de 2017), aunque no cabe duda de que, digan lo que digan los entendidos, la película no solo se deja ver sino que cumple dignamente con su papel de comedia. Lo bueno de acudir a un preestreno es que no estás determinado por factores externos. Ninguna noticia en los telediarios, ninguna valoración en profundidad de la crítica nacional, a lo sumo alguna que otra sinopsis en webs especializadas en cine que se dedican a decir lo mismo pero con distintas palabras (¡así de rica es nuestra lengua!). En realidad, esta es la mejor manera de afrontar cualquier tarea, sin condicionantes de ningún tipo, ni buenos ni malos, algo así como beber de un solo trago un chupito de buena ginebra seca sin modernos aditivos. Y se agradece.

Aunque pueda parecer lo contrario, la historia en sí no está puesta al servicio de Dany Boon, su protagonista (cosa que no sucede en nuestro país con las comedias protagonizadas por monologuistas venidos a más). En este caso es él el que se amolda con soltura a un papel que le ha sido impuesto. En realidad podría haber sido cualquier otro, quizás el cómico desalmado Daniel Auteuil o el apátrida Gérard Depardieu, pero no. Porque, lejos de lo que pudiera parecer a principios del milenio cuando el cómico redundante de los noventa, Christian Clavier, empezaba a decaer en las salas, Dany Boon, casi una década después se comía el mercado internacional con la aclamada y versionada comedia Bienvenue chez les ch'tis (Bienvenidos al norte). Fue a partir de ese momento cuando se le erigió de manera tácita como el Louis de Funès del XXI. Lo cierto es que Monsieur Boon nunca ha destacado especialmente en nuestro país, ni como actor ni como director, ni siquiera como músico (pese a perlas como la versión de Piensa en mí de Luz Casal que puedes disfrutar pinchando aquí). Igual nunca nos lo hemos tomado en serio, igual es que él nunca ha pretendido que se le tomase así. 

Resulta curioso que, viviendo tan cerca del país galo, nos sintamos tan poco identificados con su cultura (sin ir más lejos, como nos ocurre con nuestros vecinos lusos). Es una verdadera lástima porque, nos guste más o menos, no somos tan diferentes los unos de los otros. Reímos, lloramos, nacemos, morimos, y entre tanto nos reproducimos (unos con mayor frecuencia que otros). Sí, admito que el estereotipo francés no resulta demasiado simpático: Chauvinistas como ellos solos, aficionados a protagonizar violentos disturbios por cuestiones raciales (sean estas a favor o en contra), amigos de las grèves donde tiran el contenido de los camiones españoles (los mass media actuales son tan seguidores de Julio César como la Iglesia, créeme)... pero lo cierto es que, para una que pasó un tiempo extraordinario viviendo en Brest, cuna de mi bienquerido Yann Tiersen, en Francia hay gente tan extraordinaria y gente tan gilipollas como las pueda haber en España. ¡Si es que no somos tan distintos! A mis ojos miopes y astigmáticos vivimos más atentos a los que nos diferencia del resto que a lo que nos asemeja y está claro que, si no nos sentimos como el otro, difícilmente podremos ponernos en sus zapatos. Pues eso es precisamente lo que le ocurre al gran Gautier, protagonista indiscutible de Manual de un tacaño: Como su conducta no es igual a la que tiene la mayoría, su conducta es reprobable por esa misma mayoría. Y no es mala, solo es diferente. Para él ahorrar es su modus vivendi, ajustar su presupuesto hasta el último céntimo es su día a día y, en realidad, a nadie más que a él hace daño este tipo tan obsesivo de comportamiento. Bueno, o tal vez no, porque el vivir en sociedad nos obliga en ocasiones a actuar como no deseamos. Si no se participa en un regalo común, malo. Si no se acude a cenas de empresa, peor. Si no vestimos a la moda y conservamos en mismo look desde los ochenta, malo. Si nos quejamos de las derramas vecinales, peor. Así transcurre la vida de Gautier, entre lo que desea hacer y lo que los demás pretenden que haga. Nada que ninguno de nosotros no haya probado en propia piel.

Me reí, mucho además, con esa tacañería cotidana llevada a veces al extremo. Hay situaciones tan surrealistas en esta película que no puedes dejar escapar al menos una gran sonrisa. No obstante, si hay algo que ha llamado poderosamente mi atención esos noventas minutos, ha sido el uso de la ambientación musical en propio beneficio de la historia. Curiosamente el artífice de esos reseñables arreglos no es otro que el compositor Klaus Badelt, el mismo que no acertó con Ballerina (y del que ya hablé en mi entrada anterior). Badelt juega con el espectador al punto de ser capaz de provocarle la risa y el llanto a partes iguales. Nada es lo que parece bajo su atenta mirada porque a hurtadillas maneja los hilos del espectador para cortarlos por sorpresa cuando menos se espera. Si en la película animada no acertó, en Radin! ocurre todo lo contrario y es justo reconocérselo. 


En fin, no creo que dentro de tres meses esta siga siendo considerada la comedia del año en Francia, no lo creo sobre todo porque parece que la llamada "comedia gamberra" está pegando fuerte por esos lares  (Pop Redemption, Vive la France, Les Gazelles dirigida esta última por Mona Achache, años después de su exitosa El erizo)No obstante de lo que no tengo dudas es de que no lo será en España. Aquí no estamos acostumbrados a este tipo de humor tan "louisfunesco", tan gestual, tan al estilo de los remedadores medievales, tan visual, tan lleno de matices. Nosotros somos más directos, más llanos, más espontáneos, ni mejores ni peores, solo diferentes. Tan diferentes como el bueno de Gautier. Si quieres, puedes y te apetece, disfruta del metraje. Ya luego me cuentas...




Plano subjetivo:

Todo en esta vida tiene el valor exacto que cada uno de nosotros le queramos otorgar. Lo que para unos puede resultar muy valioso, para otros no tiene por qué serlo. Es precisamente esta diferencia fundamental de criterio la que empuja a juzgarnos los unos a los otros, la mayoría de las veces sin conocimiento de causa, aun cuando sabemos que este tipo de juicios no conduce a ninguna parte. No me cabe duda de que los desencuentros vienen de la mano de la falta de diálogo, de la incapacidad para escuchar al otro, del deseo de remar siempre en una misma dirección, de la ausencia de empatía. Ese tipo de actitudes abren brechas incurables. Una auténtica lástima.

En esta película, más profunda de lo que pueda parecer a simple vista, el banquero y confesor de François Gautier sentencia algo que me gustó muchísimo: "Hay un momento en la vida en el que la única solución posible es pagar". Una de las mejores metáforas que he escuchado este año. Y es que en esta sociedad de prisas y agobios cada vez hay menos cosas gratis.

La verdad es que si tuviera que elegir entre los conceptos "conciencia" y "karma", sin duda alguna me quedaría con el segundo. No sé, el primero me recuerda a una oscura tradición religiosa que condena y mortifica, sin embargo el segundo, tan tradicional y religioso como el primero, me resulta más liberador. Los actos dañinos tienen consecuencias dañinas. Los benévolos las tienen benévolas. No hay mucho más. Cada cual es libre de hacer lo que quiera, pero las consecuencias de un solo pestañeo, tarde o temprano, se pagan. De eso sabe mucho Gautier. Yo también. ¿Y tú?


viernes, 27 de enero de 2017

"Ballerina", una película animada de Eric Summer y Éric Warin (2016)


Ficha Técnica:




Título original: Ballerina


Director: Eric Summer y Éric Warin


Género: Drama

Duración: 89 minutos


País: Canadá

Estreno: 27/01/2017 en España

              



Sinopsis:



Felicia y su inseparable amigo Víctor, recluidos en un orfanato de la Bretaña francesa, huyen rumbo a París en busca de una mejor suerte. Convencidos de que los sueños se cumplen si se lucha por ellos, ambos emprenden por separado su particular búsqueda. Mientras Víctor, en su afán por ser inventor, encuentra un hueco en el taller del ingeniero Gustave Eiffel en plena construcción de su famosa torre, Felicia, sin preparación previa, consigue presentarse a una audición en la escuela de baile de la Ópera para el papel de Clara en El cascanueces de Tchaikovsky. 






Primer plano:

Hoy se estrena en nuestro país Ballerina, una producción infantil francocanadiense curiosamente rodada en inglés (para mayor lucimiento de sus actores de doblaje: la hermanísima de EE.UU. Elle Fanning y el agrio emergente Dane DeHaan). Aunque su lanzamiento al público en Francia y Reino Unido fue el 14 de diciembre de 2016 y en EE.UU. está pospuesto para el próximo tres de marzo, hoy por fin llega a las salas españolas tras una semana repleta de preestrenos promocionales a lo largo y ancho de nuestra geografía patria (a uno de los que, por cierto, pudimos acudir). Animada en 3D como viene siendo habitual en las producciones infantiles ajenas a Disney-Pixar y DreamWorks (especialista en estos quehaceres), pretende sumergir a los pequeños cinéfilos en un tanto edulcorado mundo real en el que los sueños no "deben permanecer encerrados bajo llave". Y es que, si hay algo de lo que puede hacer gala esta cinta de segundas oportunidades vitales, es el ofrecer, entre fotogramas digitales y música pop de lo más simple, una valiosa lección de vida que va más allá del manido "los sueños se cumplen con esfuerzo": 


Cualquiera puede, si tiene a su lado a alguien que se lo haga creer. 

En sí, la forma se asemeja a un ballonné bien ejecutado, básico, sin mayor floritura, pero digno de ver. Sin embargo, el verdadero problema recae en el fondo y es tan evidente que, por mucho empeño que le pongan, esta no va a ser considerada la película del año, es más, me aventuro a asegurar que ni siquiera estará entre la más entretenidas y/o taquilleras de los interminables meses de invierno. Principalmente porque la historia de Felicia se queda corta, muy corta; porque toca demasiados temas sin ahondar en especial en ninguno de ellos, pasando por el día a día de la protagonista como una bailarina experimentada, de puntillas y sin hacer apenas ruido. Sí, soy consciente de que se trata de una película infantil, ¿y? Cualquier cerebro de entre tres y diez años puede procesar más información de la que imaginamos, ¿por qué, entonces, no ofrecer poca de buena calidad antes que mucha cogida con pinzas? ¡Vete tú a saber!


El pasado sábado 21 de enero pudimos disfrutar de su preestreno. Cosas que pasan. Y mientras esperaba a que se apagaran las luces de una sala medio vacía en la que el número de adultos doblaba al de los niños, me dio por preguntarme por qué el cine infantil gira últimamente alrededor de protagonistas femeninas, humanas (Vaiana en la película homónima, Tip en Home, Riley en Del revés, Tulip en Cigüeñas) o no (Dory en Buscando a Dory, Poppy en TrollsJudy Hopps en Zootrópolis), protagonistas femeninas que han abandonado la espera pasiva de un príncipe azul en pro de la búsqueda activa de su propio yo. Estoy segura de que esto es algo que a mi hijo de seis años le pasa del todo desapercibido, de hecho ni siquiera creo que sea consciente de que el papel masculino en el cine infantil está relegado a roles secundarios que suelen aportar las notas de humor (Víctor en Ballerina, Martin en Buscando a Dory, Oh en HomeNick en Zootrópolis, Brunch en Trolls), pero es que la espera en un cine rebosante de gritos y lloros puede resultar de lo más exasperante si no se es capaz de desconectar aunque sea llenando el cerebro de teorías feminista de conspiración. 


Echando la vista atrás, aún no entiendo bien por qué aquella mañana la sala estaba tan desierta. No sé a ti, pero a mí me resulta fascinante observar los ojos expectantes de un niño que mira absorto una manifestación artística de esta sencilla y popular envergadura. Sé muy bien que en nuestro país, por desgracia, la cultura no se vende a precio de saldo, pero los videojuegos tampoco y nuestros telediarios se hacían eco hace un par de meses de las kilométricas colas que se formaron para conseguir el último Call of Duty para la PS4. Imagino que todo es cuestión de priorizar los intereses particulares, de rentabilizar lo que se invierte, de no dar por perdido un dinero que por lo general no sobra y en esto, muy a mi pesar, el séptimo arte lleva las de perder. Cada cual es dueño de sí mismo y de lo que abulta sus bolsillos, por eso yo, a día de hoy, agradezco que mi hijo disfrute más viendo una película en el cine con papá y con mamá que ante la pantalla de una consola recluido en su habitación. Cuestión de priorizar, rentabilizar y de no dar por perdido.  

A lo que iba. A ojos de un niño de apenas seis años, Felicia y Víctor, los protagonistas de Ballerina, persiguen sus sueños por las calles de París ajenos a cualquier inconveniente que se les presente. A sus ojos da igual que sean huérfanos, que viajen sin equipaje o que vivan sin dinero, porque sus ojos aún no son conscientes de la irrealidad que proyecta esta historia. Sin embargo, a mis ojos todo transcurre con cierta normalidad aparente puesto que ambos se cruzan con personas valiosas que les ayudan a cambio de nada en la consecución de sus objetivos. Un amigo, una tutora, un mentor, sin los que ninguno de los dos habría visto cumplido sus sueños. No sé que pensarás al respecto, pero yo estoy convencida de que en esta vida no hay nada mejor para llegar a ser lo que quieres que una persona a tu lado que te lo haga creer. Lo sabes, ¿verdad? Si no, deja por un minuto todo lo que estés haciendo, solo será un minuto, quizás menos (uy, vaya, por un momento me he visto como Peeta Mellark hablando desde el Capitolio, en fin). Si miras hacia atrás en el tiempo, no me cabe la menor duda de que recordarás más de una piedra en el camino que ralentizaba tu marcha, tal vez algún pedrusco en la mochila que te obligaba a parar cada poco en el arcén perdiendo la esperanza de reemprender la marcha o una china en el zapato que te forzaba a cojear... Pero también sé que sonreirás al evocar la silueta de quien recogía sin mediar palabra una a una las piedras de tu camino para que no tropezaras con ellas, la de quien aligeraba el peso de tu mochila para que pudieras, al menos, plantearte reanudar la marcha o la de quien quiso prestarte sus zapatos para que volvieras a la normalidad. En eso consiste la vida, en afrontarla en buena compañía, aunque sea una compañía en la distancia, aunque permanezca muda durante un tiempo, aunque hagas como que ha dejado de existir para ti, aunque no crucéis vuestras miradas en el pasillo de casa. Puede que solo llegues más rápido, pero disfrutarás menos del trayecto y eso, precisamente eso, es lo que hace de Ballerina una historia muy recomendable para disfrutarla en buena compañía.


Pero, más allá de hora y media de venturas, aventuras y desventuras de dos huérfanos por las calles de un industrial París de finales del siglo XIX, hay algo que falla con gran estrépito en la película, algo básico para una historia de este tipo: la B.S.O. Conducida por el compositor alemán Klaus Badelt (conocido por sus colaboraciones con el afamado compositor Hans Zimmer, también alemán, responsable de las B.S.O. de GladiatorPiratas del Caribe y de la oscarizada El rey león), mezcla de una forma bastante "frankensteiniana" composiciones instrumentales originales con una ristra de canciones pop de jovencitas de dudoso gusto musical que no pasan de los treinta y que, contra todo pronóstico, culminan el baile final de la película. ¡Todo un despropósito!

A ver, no era necesario ser demasiado creativo para haber utilizado en su favor a Tchaikosky, sobre todo porque Felicia, protagonista indiscutible de la historia, audiciona en la Ópera de París para el papel de Clara en la obra El cascanueces. ¡Pero cómo se ha podido pasar tan de puntillas por una pieza que haría GRANDE a esta simpática peliculilla infantil! Yo no soy una entendida del ballet, ni siquiera se me podría considerar una mera aficionada, pero conozco la indescriptible belleza de la "Danza del hada de azúcar" y el sonido punzante de la celesta. Una pieza así habría dado un juego increíble a una película ya de por sí visualmente arrolladora en sus movimientos de ballet más allá de las nostálgicas notas de una pequeña y desvencijada caja de música. Pero no, alguien que debió de pasar una mala noche en brazos de Morfeo decidió de manera equivocada que era más conveniente (por no decir absolutamente comercial) que los pequeños la asociaran con el "Confindent" de  Demi Lobato (pica aquí para escucharlo) o el "Unstoppable" de Camila Mora (haz lo propio aquíantes que con cualquier pieza del inimitable Tchaikosky (pincha aquí para disfrutar de tres minutos y medio de puro romanticismo musical). ¡Una auténtica lástima! 

Sin entrar en más detalles (sabemos ambos que me pierdo con facilidad cuando paseo por los entresijos de mi cerebro), Ballerina irrumpe hoy en nuestra cartelera dispuesta a llenar de colores una de estas tardes grises de invierno. Sin más.




Plano subjetivo:

Cuando a mi hijo se le plantea un reto, el "¿y si no puedo?" suele ser lo primero que me lanza a bocajarro, como no, en busca de un punto de apoyo que le sirva para mover su aún reducido mundo. En estos casos yo siempre le respondo de la misma manera: "Si otros pueden, tú debes al menos intentarlo. Si nadie ha podido nunca, inténtalo igualmente porque quizás seas tú el primero que lo haga". Lo creas o no, el resultado siempre es positivo. Claro, manipular de esta manera el intelecto de un niño es fácil, pero ¿qué ocurre cuando nos enfrentamos a la misma tesitura de adultos? Pues que el resultado positivo no está del todo garantizado por mucho empeño que se ponga en él. Porque la respuesta, al igual que aquella que versa sobre hasta cuándo hay que perseguir un sueño, muta con el tiempo como nosotros mismos. Así de fácil y de complicado a la vez.

Soy partidaria de que a los pequeños hay que enseñarles que casi todo es posible si se pone suficiente empeño en ello (tampoco hay que venderles humo, todo todo no, pero casi). En realidad yo no he inventado nada, este es un antiguo refuerzo positivo de esos que dan sus frutos a la larga. A mí no me agradan especialmente esos padres negativos que cortan las alas de sus hijos con la boca llena de "noes" para que nunca abandonen el nido. Estos padres abonados al "tú no puedes", que pretenden superar sus propias frustraciones manejando los hilos de las vidas de sus hijos, acaban por generar tanta inseguridad en su descendencia que todos terminan anclados al mismo lugar en el que empezaron. No me agradan, ¡qué le vamos a hacer! No sé tú, pero yo tengo asumido que, como madre, no soy infalible. Soy humana y, por tanto, imperfecta. Me equivoco, no lo sé todo, borro lo que aparece en mi cabeza y, cuando intento dibujarlo de nuevo, nunca se parece a la idea inicial y hasta admito que lo que es bueno para mí no tiene por qué serlo para mi hijo, básicamente porque él no soy yo. Todo niño nace con un potencial de ingente dimensión que los adultos debemos enseñar a aflorar y fomentar. En ese sentido, si los pequeños nacen con alas lo mejor que podemos hacer es enseñarles a volar, tan lejos y tan alto como sus apéndices sean capaces de llevarles. Esa apertura de miras en la infancia conlleva con el tiempo la formación de adultos independientes y autónomos que, lejos de querer comerse el mundo o de perecer engullidos por él, pasean a sus anchas de norte a sur y de este a oeste. 

Porque de adultos todo es diferente. De adultos llegamos a comprender que los sueños tienen fecha de caducidad (cuando no además de consumo preferente). De adultos debemos canalizar nuestro propio potencial en la dirección correcta aun cuando esta no coincida con la soñada. Obcecarnos con ser un cantante de éxito pasados los cuarenta impedirá desarrollarnos como originales compositores o como críticos musicales o como DJ. Es en ese punto, llamado madurez, cuando la mayoría se rinde a lo evidente y agoniza presa de la más insolente rutina, ese momento en el que se hace imprescindible la presencia de alguien que te agarre por los brazos, te agite con cariño repetidas veces y te deje claro que lo que te diferencia del resto es lo que te hace único, salgas o no en las portadas de las revistas digitales. No lo olvides.