Mostrando entradas con la etiqueta cine francés. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cine francés. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de febrero de 2017

"Manual de un tacaño", una película de Fred Cavayé (2016)


Ficha Técnica:






Título original: Radin! (¡Tacaño!)


Director: Fred Cavayé


Género: Comedia

Duración: 89 minutos


País: Francia

Estreno: 17/02/2017 en España

              






Sinopsis:


Nadie es perfecto y François Gautier, primer violinista de la orquesta local, lo sabe. Desde la tripa de su madre estaba destinado a ser un tacaño redomado, un chico asocial que no va al cine con chicas ni las lleva a cenar, un vecino problemático que no participa en las derramas comunitarias, un mal compañero que no contribuye en las colectas de cumpleaños de sus colegas. Ahorrar hasta el último céntimo es su mayor objetivo vital, por eso utiliza la luz de las farolas para iluminar su casa, cronometra el tiempo que pasa en la ducha y la cantidad de gel que utiliza, birla el papel higiénico de donde puede, consume productos caducados que le suponen problemas intestinales y va a pie a todas partes por no pagar transporte público ni gastar gasolina.
Un buen día, dos mujeres irrumpen en su vida dispuestas a ponerla patas arriba: Valérie, la nueva violonchelista de la orquesta que ve en Gautier un virtuoso del violín, y Laura, una chica de 16 años que asegura ser su hija. A partir de ese providencial momento ya nada será como antes... ¿o tal vez sí? 


Primer plano:

Hoy se estrena en nuestro país la que muchos se han aventurado a calificar como la comedia francesa del año. Quizás sea pronto para realizar este tipo de predicciones cinematográficas (solo han pasado cuarenta y siete días desde la entrada de 2017), aunque no cabe duda de que, digan lo que digan los entendidos, la película no solo se deja ver sino que cumple dignamente con su papel de comedia. Lo bueno de acudir a un preestreno es que no estás determinado por factores externos. Ninguna noticia en los telediarios, ninguna valoración en profundidad de la crítica nacional, a lo sumo alguna que otra sinopsis en webs especializadas en cine que se dedican a decir lo mismo pero con distintas palabras (¡así de rica es nuestra lengua!). En realidad, esta es la mejor manera de afrontar cualquier tarea, sin condicionantes de ningún tipo, ni buenos ni malos, algo así como beber de un solo trago un chupito de buena ginebra seca sin modernos aditivos. Y se agradece.

Aunque pueda parecer lo contrario, la historia en sí no está puesta al servicio de Dany Boon, su protagonista (cosa que no sucede en nuestro país con las comedias protagonizadas por monologuistas venidos a más). En este caso es él el que se amolda con soltura a un papel que le ha sido impuesto. En realidad podría haber sido cualquier otro, quizás el cómico desalmado Daniel Auteuil o el apátrida Gérard Depardieu, pero no. Porque, lejos de lo que pudiera parecer a principios del milenio cuando el cómico redundante de los noventa, Christian Clavier, empezaba a decaer en las salas, Dany Boon, casi una década después se comía el mercado internacional con la aclamada y versionada comedia Bienvenue chez les ch'tis (Bienvenidos al norte). Fue a partir de ese momento cuando se le erigió de manera tácita como el Louis de Funès del XXI. Lo cierto es que Monsieur Boon nunca ha destacado especialmente en nuestro país, ni como actor ni como director, ni siquiera como músico (pese a perlas como la versión de Piensa en mí de Luz Casal que puedes disfrutar pinchando aquí). Igual nunca nos lo hemos tomado en serio, igual es que él nunca ha pretendido que se le tomase así. 

Resulta curioso que, viviendo tan cerca del país galo, nos sintamos tan poco identificados con su cultura (sin ir más lejos, como nos ocurre con nuestros vecinos lusos). Es una verdadera lástima porque, nos guste más o menos, no somos tan diferentes los unos de los otros. Reímos, lloramos, nacemos, morimos, y entre tanto nos reproducimos (unos con mayor frecuencia que otros). Sí, admito que el estereotipo francés no resulta demasiado simpático: Chauvinistas como ellos solos, aficionados a protagonizar violentos disturbios por cuestiones raciales (sean estas a favor o en contra), amigos de las grèves donde tiran el contenido de los camiones españoles (los mass media actuales son tan seguidores de Julio César como la Iglesia, créeme)... pero lo cierto es que, para una que pasó un tiempo extraordinario viviendo en Brest, cuna de mi bienquerido Yann Tiersen, en Francia hay gente tan extraordinaria y gente tan gilipollas como las pueda haber en España. ¡Si es que no somos tan distintos! A mis ojos miopes y astigmáticos vivimos más atentos a los que nos diferencia del resto que a lo que nos asemeja y está claro que, si no nos sentimos como el otro, difícilmente podremos ponernos en sus zapatos. Pues eso es precisamente lo que le ocurre al gran Gautier, protagonista indiscutible de Manual de un tacaño: Como su conducta no es igual a la que tiene la mayoría, su conducta es reprobable por esa misma mayoría. Y no es mala, solo es diferente. Para él ahorrar es su modus vivendi, ajustar su presupuesto hasta el último céntimo es su día a día y, en realidad, a nadie más que a él hace daño este tipo tan obsesivo de comportamiento. Bueno, o tal vez no, porque el vivir en sociedad nos obliga en ocasiones a actuar como no deseamos. Si no se participa en un regalo común, malo. Si no se acude a cenas de empresa, peor. Si no vestimos a la moda y conservamos en mismo look desde los ochenta, malo. Si nos quejamos de las derramas vecinales, peor. Así transcurre la vida de Gautier, entre lo que desea hacer y lo que los demás pretenden que haga. Nada que ninguno de nosotros no haya probado en propia piel.

Me reí, mucho además, con esa tacañería cotidana llevada a veces al extremo. Hay situaciones tan surrealistas en esta película que no puedes dejar escapar al menos una gran sonrisa. No obstante, si hay algo que ha llamado poderosamente mi atención esos noventas minutos, ha sido el uso de la ambientación musical en propio beneficio de la historia. Curiosamente el artífice de esos reseñables arreglos no es otro que el compositor Klaus Badelt, el mismo que no acertó con Ballerina (y del que ya hablé en mi entrada anterior). Badelt juega con el espectador al punto de ser capaz de provocarle la risa y el llanto a partes iguales. Nada es lo que parece bajo su atenta mirada porque a hurtadillas maneja los hilos del espectador para cortarlos por sorpresa cuando menos se espera. Si en la película animada no acertó, en Radin! ocurre todo lo contrario y es justo reconocérselo. 


En fin, no creo que dentro de tres meses esta siga siendo considerada la comedia del año en Francia, no lo creo sobre todo porque parece que la llamada "comedia gamberra" está pegando fuerte por esos lares  (Pop Redemption, Vive la France, Les Gazelles dirigida esta última por Mona Achache, años después de su exitosa El erizo). No obstante de lo que no tengo dudas es de que no lo será en España. Aquí no estamos acostumbrados a este tipo de humor tan "louisfunesco", tan gestual, tan al estilo de los remedadores medievales, tan visual, tan lleno de matices. Nosotros somos más directos, más llanos, más espontáneos, ni mejores ni peores, solo diferentes. Tan diferentes como el bueno de Gautier. Si quieres, puedes y te apetece, disfruta del metraje. Ya luego me cuentas...




Plano subjetivo:

Todo en esta vida tiene el valor exacto que cada uno de nosotros le queramos otorgar. Lo que para unos puede resultar muy valioso, para otros no tiene por qué serlo. Es precisamente esta diferencia fundamental de criterio la que empuja a juzgarnos los unos a los otros, la mayoría de las veces sin conocimiento de causa, aun cuando sabemos que este tipo de juicios no conduce a ninguna parte. No me cabe duda de que los desencuentros vienen de la mano de la falta de diálogo, de la incapacidad para escuchar al otro, del deseo de remar siempre en una misma dirección, de la ausencia de empatía. Ese tipo de actitudes abren brechas incurables. Una auténtica lástima.

En esta película, más profunda de lo que pueda parecer a simple vista, el banquero y confesor de François Gautier sentencia algo que me gustó muchísimo: "Hay un momento en la vida en el que la única solución posible es pagar". Una de las mejores metáforas que he escuchado este año. Y es que en esta sociedad de prisas y agobios cada vez hay menos cosas gratis.

La verdad es que si tuviera que elegir entre los conceptos "conciencia" y "karma", sin duda alguna me quedaría con el segundo. No sé, el primero me recuerda a una oscura tradición religiosa que condena y mortifica, sin embargo el segundo, tan tradicional y religioso como el primero, me resulta más liberador. Los actos dañinos tienen consecuencias dañinas. Los benévolos las tienen benévolas. No hay mucho más. Cada cual es libre de hacer lo que quiera, pero las consecuencias de un solo pestañeo, tarde o temprano, se pagan. De eso sabe mucho Gautier. Yo también. ¿Y tú?


domingo, 3 de agosto de 2014

"El desprecio", una película de Jean-Luc Godard (1963)


                                  
Ficha técnica:

Título original: Le mépris

Guion: Jean-Luc Godard (basado en la novela Il disprezzo del italiano Alberto Moravia, 1954)

Reparto principal: Brigitte Bardot, Michel Piccoli, Jack Palance, Fritz Lang

Género: Drama





“Cuando oigo la palabra cultura, cojo mi talonario”


Sinopsis:

Paul y su atractiva esposa, Camille, forman la pareja perfecta: Se aman hasta perder el aliento, se confiesan sin pudor sus secretos más íntimos y se entregan el uno al otro sin reservas ajenos al resto del mundo. Nada parecía que pudiera enturbiar su vida común hasta que un buen día a Paul, entusiasta dramaturgo sin éxito, le ofrecen la posibilidad de escribir el guion de una gran producción americana. Inseguro en un terreno que no domina, propicia de forma inconsciente una confusión entre el productor y Camille, que comienza a sentirse una moneda de cambio entregada al mejor postor. Como consecuencia de la situación, el matrimonio se ve inmerso en una dolorosa crisis que tendrá al desprecio como principal protagonista.



Plano subjetivo:

Aunque esta película está dirigida por uno de los mejores directores franceses de cine y considerada una obra de culto por la crítica internacional, en sí, despojada de todo artificio técnico y estético, El desprecio es una reflexión certera e íntima sobre una crisis matrimonial como cualquier otra, habida y por haber, entre dos personas que se aman por encima de todo pero que permiten que la falta de diálogo separe sus caminos. En realidad esto le puede ocurrir a cualquiera que no sepa superar los obstáculos que impone la convivencia. ¿Cuántas veces has escuchado decir con orgullo “nosotros nos conocemos tan bien que, solo con mirarnos, ya sabemos lo que piensa el otro”?. Muchas, ¿verdad? Pues ese es el grave error que cometen Paul y Camille antes de abandonarse a la apatía marital: Pensar por el otro.

Con el único propósito de satisfacer las necesidades que cree que tiene su mujer, Paul emprende una cruzada profesional que lo convierte en un ser taciturno y desconfiado. Por su parte, Camille decide contraatacar con una buena dosis de indiferencia a los silencios de su marido. ¡Con lo fácil que habría resultado preguntar “qué nos está ocurriendo”! Al parecer ellos tampoco necesitaban palabras para comunicarse, con solo un cruce de miradas podían precisar qué rondaba por la cabeza del otro con la exactitud de un reloj suizo... así les fue.


Sí, ya sé que las generalidades no son buenas, que media vida (o una entera) compartida con la misma persona concede ciertas licencias a la historia. También sé que hay circunstancias en las que los silencios son tan necesarios como el aire que se respira y que encontrar la forma o el momento de hacer al otro partícipe de un sentimiento no siempre es tarea fácil pero, si no lo intentas, si no te arriesgas a expresar con sinceridad tus necesidades o carencias, El desprecio ya te adelanta el precio a pagar. Tú decides.


*Esta entrada, junto a los comentarios generados, puede leerse en la sección “Tu mejor tú” incluida en la web  www.despiertatumejortu.es.

martes, 1 de octubre de 2013

“La espuma de los días”, una película de Michel Gondry (2013)


Ficha Técnica:


Título original: L'écume des jours

Guion: Luc Bossi, según la novela homónima de Boris Vian

Género: Drama romántico

País: Francia

Duración: 125 minutos






Sinopsis: 

Colin y Chlòe deciden unir sus vidas. Todo es perfecto en su idílico matrimonio hasta que ella cae enferma. A partir de ese momento, Colin, que nunca había tenido la necesidad ni las ganas de trabajar, debe aventurarse en la búsqueda de empleo, a cual más rocambolesco, mientras a su alrededor el mundo tal y como lo conocía comienza a desaparecer.



Primer plano:

El sábado me tomé de nuevo un par de horas enteras para mí, las únicas de las que puedo disfrutar en toda la semana (cuestión de prioridades). El cine es la vía de escape que me permite relativizar el tiempo a mi antojo sin tener en cuenta teorías físicas "einsteinianas", así que decidí ir a ver La espuma de los días. En estos temas prefiero seguir la recomendación de un buen amigo (o de uno a secas) que buscar ayuda en las páginas de crítica fílmica, sobre todo porque quienes las escriben se empeñan en comentar los artificios técnicos de unos directores deseosos de hacer taquilla. Si yo lo entiendo, entiendo que deben ganarse el pan y justificar la manera de ganárselo ante un ente superior, pero, seamos sinceros, los críticos son aburridísimos y sus críticas soporíferas. Además, en realidad, lo que los espectadores buscamos es alguien que nos diga con franqueza si deberíamos gastarnos los abusivos euros que vale una entrada de cine o si mejor nos vamos un domingo a los “100 montaditos” y nos ponemos hasta arriba con su oferta de “todo a un euro”. ¿Me equivoco? Verás, por ejemplo en el caso que nos ocupa, L'ecume des jours, a mí me da igual si Michel Gondry ha sido totalmente fiel a la obra de Boris Vian o no (que sí que lo ha sido), o si se ha centrado tanto en su propio estilo que ha perdido el norte de la historia, o que su autoría sea tan evidente que el acto creativo se vuelva previsible. A mí lo que realmente me importa es que el argumento engancha, hace vibrar, impulsa a levitar sobre la butaca para ver la película desde el techo de la sala, produce una cadena de emociones de difícil explicación y hasta sales del cine con la sensación de no haber tirado un dinero que, de seguro, podrías haber invertido en cosas más provechosas. Algo me habían comentado de ella hace un par de meses y una cosa había sacado en claro después de bichear por la red: Tenía que verla.

Contar con referencias personales a la hora de ver una película es fundamental. En ese sentido llevaba los deberes hechos. Al director, Michel Gondry, lo conocí en La ciencia del sueño (2006) y su estilo compositivo llamó poderosamente mi atención. Además, el reparto principal me parecía de lujo. Romain Duris (Colin) me fascinó en Las muñecas rusas (2005), una comedia sobre mujeres protagonizada curiosamente por un hombre en la que aparece la penosa actriz española Irene Montalà (“Julia” en la serie “El barco”). Gad Elmaleh (Chick) formó parte del reparto de El tren de la vida (1998), una película a medio camino entre el drama y la comedia sobre el nacismo y el papel que ocupa la imaginación en situaciones de peligro. Siempre me digo que tengo que escribir algo sobre esta historia para ver si te animo a verla, pero está claro que aún no ha llegado su momento. Omar Sy (Nicolas) coprotagoniza Intocable (2011)  y (¡oh, sorpresa!) Philippe Torreton, director de escuela en Hoy empieza todo (1999), interpreta al filósofo existencialista Jean-Sol Partre (anagrama de Jean-Paul Sartre).
Está más que claro, tenía que verla.
Y la vi.

Me confieso una entusiasma del existencialismo de principios del siglo XX. A veces ni yo misma sé explicar el por qué, simplemente hace mucho tiempo que se estableció una conexión secreta entre nosotros que el tiempo no ha hecho sino acrecentar. En ese sentido, La espuma de los días es una fábula de vanguardias varias (principalmente surrealista) de amor y muerte, que no deja indiferente a nadie. La historia se desarrolla en un mundo, que no se rige por las normas sociales actuales, donde conviven extraños estereotipos que caricaturizan la lucha de clases: El ingeniero apenas tiene para comer, el obrero goza de una vida de opulencia, los estamentos eclesiásticos carecen de moral (¡vaya, si parece España!). La acción inicial es rápida, díscola, nerviosa y casi histérica, tanto como el enamoramiento irracional de sus protagonistas. Los ambientes son muy coloristas, casi mágicos, y todo parece fluir en un mar de paradójica tranquilidad. Los tres amigos (Colin, Chick y Nicolas) dan comienzo casi al mismo tiempo a tres relaciones amorosas (una espiritual, una imposible y otra física) con tres mujeres muy diferentes (Chlòe, Alise e Isis). La vida parece sonreírles en un contexto de cuento de hadas. Sin embargo, de pronto, todo se vuelve gris, sin apenas darse uno cuenta, ¡PLOF!, gris como la suerte que se apropia de la historia. Chlòe cae terriblemente enferma (un nenúfar crece en su pulmón), Alise no es capaz de mantener la atención de Chick (encandilado por las teorías filosóficas de “Partre”) e Isis se va apagando en los brazos de un insatisfecho sexual. A partir de ese momento el ambiente de la película se vuelve opresivo, las relaciones humanas deprimentes, los espacios farragosos y ese mar azul, tranquilo al principio, hace imposible la navegación. La casa del protagonista se transforma poco a poco en una ciénaga inhabitable que decrece al ritmo de su nivel adquisitivo. El blanco y negro lo inunda todo, los personajes se quedan sin voz, sí, ¡sin voz!, y solo los sones de una música a estas alturas de la película demasiado familiar (Duke Ellington y su “Mood Indigo”) acompaña esta historia de amor y muerte como en un antiguo metraje mudo que no necesita de palabras para hablar. ¡Maravillosa!




Plano subjetivo:

Con sinceridad, creo que yo no encajo en la sociedad actual. No estoy hecha para las frivolidades ni me gusta lo superficial. Camino a mi ritmo, normalmente por las aceras menos concurridas y, cuando la gente mira hacia arriba porque alguien señala desde abajo con el dedo un lugar indeterminado del firmamento, yo sacudo la cabeza sin caer en la tentación. No soporto el culto al cuerpo, no entiendo por qué se devalúa el cerebro al ritmo del dólar mientras los abdominales saturan los mercados. Estoy tan cansada de morderme la lengua que cualquier día de estos estallaré como una granada de mano. ¡¡¡BOOOM!!! 

A veces nos enfrentamos a la vida como si fuéramos inmortales, como si creyésemos durar eternamente con todas nuestras capacidades intactas. A veces escudriñamos en nuestro pasado como en el cajón de los calcetines con la esperanza de encontrar dos piezas que, si no idénticas, al menos se parezcan. A veces, simplemente, el tiempo pasa sin apenas rozarnos. Pero siempre, siempre, cuando nos empeñamos en ver el mundo en blanco y negro los demás colores pasan desapercibidos.


jueves, 12 de septiembre de 2013

"Hoy empieza todo", una película de Bertrand Tavernier (1999)



Ficha Técnica:


Título original: Ça commence aujourd’hui 

Guion: Bertrand Tavernier

Género: Drama social

Duración: 107 minutos

País: Francia


“No queremos un agitador, queremos un educador”


Sinopsis:

Daniel Lefebvre es el director de una escuela infantil de un pueblecito francés cuyos habitantes se encuentran asfixiados por los recortes del gasto público y la reconversión industrial. Dada la situación de los alumnos, el director se implica en los problemas de los pequeños hasta el punto de sacrificar su futuro profesional y sus propios planes familiares.


Primer plano:

Ça commence aujourd’hui (titulada Hoy empieza todo en España) es un drama social francés, estrenado en 1999, de Bertrand Tavernier muy en línea de la tendencia europea de esos años orientada a "socializar" el séptimo arte. Soy consciente de que el cine del maestro galo en ocasiones es difícil de digerir. Sus historias son un manjar que deseas comer cuanto antes a pesar de ser consciente de los enormes ardores a los que tendrás que enfrentarte durante las horas siguientes. Bueno, quizás sea recomendable dejarse llevar sin encorsetarse demasiado en los formulismos propios de los entendidos. No obstante, se le puede perdonar todo gracias al tándem tan memorable que formó en los setenta con Philippe Noiret, el protagonista de la maravillosa Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore (1988). Hoy empieza todo consiguió el premio del público en el “Festival Internacional de Cine de San Sebastián” (1999) y una mención especial en el “Festival Internacional de Cine de Berlín” de ese mismo año. Por algo será...

La historia se desarrolla en un barrio marginal de un pueblo minero del norte de Francia en el que el treinta por ciento de la población está en paro a causa de la crisis acuciante en el sector. El director de la escuela de educación infantil del barrio comienza una cruzada personal que extralimita sus funciones para lograr cubrir las necesidades básicas de los pequeños, aunque lo único que conseguirá será que la comunidad al completo cuestione sus métodos docentes. Sí, cuarto y mitad de lo que ocurre en nuestro país. El tratamiento del tema rezuma naturalidad (de hecho las maestras y los alumnos no son actores), el cineasta no se complace con el dolor ajeno, no intenta dar pena con unos pequeños que, en realidad, sobreviven ajenos a la podredumbre que les rodea. Ellos son felices mientras su maestro se rebana los sesos buscando razones para continuar aun cuando todo está en su contra. Tan real como la vida misma. La película no utiliza la violencia gratuita, ni el maltrato infantil, la delincuencia o la marginación social como base argumental. Si bien estos temas están de alguna manera presentes a lo largo de la película, los cimientos de la misma auguran un futuro mejor. El mensaje de la historia es optimista e invita a la lucha, fomenta la esperanza de un progreso social que parta del propio sistema educativo: Puesto que nada tiene una solución definitiva, merece la pena intentarlo día a día. En ese sentido la película no moraliza, simplemente plantea un problema real y la manera de solucionarlo desde dentro con interesantes planteamientos didácticos y metodológicos, porque claro está que desde fuera lo único que se consiguen son trabas: La pasividad de las instituciones, la inflexibilidad de los inspectores, la falta de implicación de los padres. Las buenas intenciones suelen darse de bruces con los altos muros de la burocracia en un mundo en el que las desdichas siempre son contagiosas. Tavernier pone en jaque la hipocresía de un sistema que no funciona precisamente en los sectores que más lo necesitan. Lo dicho, tan real como la vida misma.





Plano subjetivo:

El martes fue el primer día de clase de mi hijo en el “cole de los mayores”. Créeme, no pegué ojo en toda la noche. Fue horrible ver las horas pasar una tras otra ante mí. Por la mañana me vino a la cabeza la “genial” idea de llegar pronto para que él se fuera familiarizando con el centro. Nada más atravesar la puerta me flaquearon las piernas, en serio. Mi hijo me miraba aterrorizado y me agarraba la mano con todas sus fuerzas. Se lo veía venir. Entró en la clase bien, con ganas, pero cuando llegó el momento de irme... A través de los grandes ventanales lo vi vuelto hacia mí gritando “mami, no te vayas” y el alma, esa de cuya existencia siempre he dudado, se me cayó a los pies. De una sola vez. Sin avisar. De un solo golpe. ¿Qué cómo lo sé?, porque sentí cómo me quedaba vacía por dentro al tiempo que un peso enorme me anclaba al suelo y me impedía moverme de allí. Y con esto siento constatar que el alma humana no pesa veintiún gramos, al menos no la mía.

Ya han pasado dos días desde ese momento y la cosa no mejora. Mi hijo se ha pasado el camino repitiendo “mamá, yo no quiero ir al colegio de los mayores”. Dejarlo... abandonarlo allí esta mañana ha sido doloroso, sobre todo porque él me ha transmitido con la mirada que se ha sentido precisamente así: abandonado. Lloraba, ¡ay, dios, cómo lloraba!, y lo peor es que el ochenta por ciento de sus compañeros también lo hacía. En fin, que aquí me encuentro, un día más, viendo pasar las horas una tras otra esperando que la jornada del día siguiente pase pronto para poder ir a recoger a mi hijo del maldito “colegio de los mayores”. Pero si hay algo que me queda claro de todo esto es que por mucho que apetezca tirar la toalla ante la adversidad, cada día hay motivos suficientes para empezar de nuevo.


domingo, 8 de septiembre de 2013

“Ponette”, una película de Jacques Doillon (1996)


Ficha Técnica:


Título original: Ponette

Guion: Jacques Doillon

Género: Drama

Duración: 90 minutos

País: Francia




Sinopsis:

La madre de Ponette muere en un accidente de tráfico. Su padre, roto por la pérdida, deja a la pequeña al cuidado de su tía materna y en compañía de sus primos para que le alivien el trance. Sin embargo Ponette, incapaz de comprender la ausencia definitiva de su madre, comienza a mantener con ella largas conversaciones.


Primer plano:

Ponette es un drama infantil de mediados de los noventa dirigido por Jacques Doillon que sorprendió a la crítica internacional por la sólida interpretación de la protagonista, Victoire Thivisol, una niña de tan solo cuatro años. Desde el punto de vista técnico, sin ser yo una entendida en estos menesteres, la película está enfocada desde los ojos de un niño y, como tal, ofrece esa magia especial de los planos cortos, reduciendo el campo de observación a su visión y a su estatura. Todo avanza poco a poco, al ritmo que impone la protagonista, al ritmo pausado al que la niña intenta acostumbrarse a la pérdida de su mamá. Todo es tan humano como doloroso en Ponette, que proyecta en una hora y media la inocente odisea de una pequeña de cuatro años que mantiene viva la ilusión de reencontrarse con su madre fallecida pese a los esfuerzos de su entorno por hacerla reaccionar. Ante tan desolador panorama, su padre apenas se implica en su deriva emocional para evitar sentir el mínimo dolor por la pérdida de su mujer. Su tía recurre a la religión para acallar sus preguntas con absurdas promesas de resurrección. Los niños del colegio la culpabilizan a ella de la muerte de su madre, mientras su primo pequeño es demasiado manipulable para servirle de apoyo. Nada consuela a Ponette salvo la incrédula esperanza de un próximo reencuentro con su madre. Por eso, con un arrojo impropio de alguien de su edad, decide ir al cementerio, a la tumba de su madre, para escarbar la tierra con sus propias manos rogando su vuelta. Al final su voluntad se impone con total naturalidad, a medio camino entre la realidad y la fantasía propias de una mente infantil tan inquieta como la de Ponette.

Lo cierto es que esta no es una película de culto, ni siquiera una de esas reservadas para una selecta minoría que se reúne cada año alrededor del fuego para comentar sus trilladas impresiones. No, créeme. Sin embargo, Ponette no solo se deja ver, sino que llega a conseguir hacer familiar esos claroscuros que la caracterizan. Cada uno es dueño de escribir su historia con más o menos retórica aunque, a ojos del resto de la humanidad, la verdad solo tenga un camino.



Plano subjetivo:

Septiembre avanza imparable sobre el calendario. Devora cada página con el ansia acumulada en época de hambruna. Las calles respiran de una manera distinta, algo más infantil e ingenua, mientras los padres nos dejamos un riñón y parte del otro en el inicio del curso escolar.

El lunes me tocó ir al nuevo colegio de mi hijo, el “de los mayores”. No tengo mucha experiencia en estos temas... bueno, mucha no, ninguna, así que me presenté allí con cautela. Dos filas, una para secretaría y otra para la compra de libros y material. Evito detalles escabrosos que perjudican seriamente el bolsillo de las familias y me sumerjo en la descripción de la fauna del entorno. La fila de secretaría estaba formada por las madres de alumnos matriculados en el centro en cursos anteriores. La otra, por las madres de los nuevos alumnos, los de tres años. Allí me coloqué yo, más guiada por la edad de los pequeños que se arremolinaban en esa zona que por mi intuición. Todas permanecíamos expectantes, sonrisa va, sonrisa viene, mientras nuestros hijos no precisaron mayor presentación que unas carreras sin rumbo definido al estilo Forrest Gump. Entonces llegó ella. Siempre creí que sería él, pero no, era ella, un monstruo de tres años cuya carta de presentación era un empujón. Ni una palabra, ni un gesto de aprecio. El Atila de la Educación Infantil, por donde ella pasaba solo se escuchaban llantos. ¡Ay, dios! Cruzo los dedos a la espera de que, cuando comiencen las clases, mi hijo tenga buen criterio a la hora de buscar compañía porque, con sinceridad, la madre de esa niña y yo jamás haremos buenas migas. ¿Cómo puede decir con tanta tranquilidad que el comportamiento hostil de su hija hacia los demás compañeros es “cosa de niños”? ¿Golpear es cosa de niños? Si mi hijo hace gala de ese comportamiento injustificado con cualquiera, se lleva una buena charla de esta que escribe además del correspondiente castigo. Venga ya, ser tan pasiva en esas cuestiones supone maleducar, lo quiera ver ella o no. En fin, en una semana dejo a mi hijo indefenso a expensas del mundo real, ¡horror!

Guillermo hace rato que duerme. Voy y vengo de su habitación al antojo de mi infinita necesidad de él. Lo miro en silencio, casi sin respirar, no sea que mi osadía interrumpa su sueño. Me aterra pensar qué sería de su vida sin mí. ¿Quién le contaría sus dos cuentos preferidos cada noche, uno tras otro? ¿Quién se recostaría a su lado en su camita de un metro sesenta por setenta centímetros hasta que le rindiera el cansancio? ¿Quién mantendría ordenada su colección de trenes de “Chuggington” y quién a buen recaudo sus diminutos coches de Cars? Mi estómago se reduce al tamaño de una nuez al intentar buscar una respuesta a cada una de mis preguntas porque, en realidad, lo que me aterra de verdad es imaginar mi vida sin él. 

miércoles, 3 de julio de 2013

“Odette Toulemonde”, una película de Éric-Emmanuel Schmitt (2007)


El pasado mes celebraron en el colegio de mi hijo el “Día de la familia”. No, no se trataba de ninguna maniobra de manipulación infantil sobre peras y manzanas, era más bien una manera de hacerles entender que hoy cada familia se configura a su antojo o según unas necesidades específicas, a saber. Los pequeños debían llevar una foto en la que salieran con sus padres/abuelos/tutores para hacer con ella una actividad programada. ¿Una foto?, ¿solo eso?, sin problemas... pues no, sí que hubo problemas. Aitana es una niña guapísima de la clase de mi hijo, una princesita de tres años recién cumplidos de rostro angelical y mirada triste, muy triste. Su mamá también es muy guapa, aunque bien podría serlo un poco menos si con eso ganaba cordura en su proceder, porque la señora ha tenido la brillante idea de  inculcar a su hija un odio irracional por el sexo opuesto, como si sus propios errores de adulta fueran a repetirse en su pequeña. Aquella mañana, nada más llegar yo al centro, ella discutía con una de las señoritas delante de la niña. “Ese no sale en la foto”, decía con desprecio. “Ese” no era otro que su exmarido y padre de Aitana. La señorita con poca fortuna intentaba hacerle entender que solo se trataba de una foto, pero nada, ella seguía en sus trece. “Bueno, mujer, trae dos, una con cada uno”. Pues tampoco le pareció buena idea. “Es que tú no sabes el daño que me ha hecho”, confesó altanera la “loba herida”. No, posiblemente la señorita no conocía ese detalle y seguro que los que estábamos allí tampoco, pero yo he coincidido en más de una ocasión con él y... marido no sé cómo sería, pero como padre no me parece tan lamentable. De hecho, los días que él va son los únicos días que veo sonreír a la princesita de cara angelical.

El odio es un sentimiento tan negativo y dañino que nunca, en mis casi treinta y ocho años de vida, lo he vertido sobre nadie que no fuera yo misma. No tengo ningún reparo en reconocer que soy mi peor juez y, por tanto, verdugo. Anda, anda, no te lleves las manos a la cabeza, por favor, no dramatices, la mía es una actitud de lo más quevedesca: Prefiero darme yo, que sé dónde menos me duele, a que me den otros, no sea que me duela de verdad. En realidad, conmigo no va eso de “para que los demás te quieran tienes que quererte a ti mismo”. ¿De dónde han sacado eso?, dime, ¿del manual del perfecto onanista? Verás, quiero tanto a mi entorno que, sin remedio, el poco cariño que dejo sin darles es el que me guardo yo para mí, ya sabes, para los momentos de carencia. La felicidad tiene numerosas caras y la más mágica de ellas es la que se refleja en Odette Toulemonde, una producción franco-belga de 2007. Vale, este no es un peliculón. No es una obra maestra del cine ni un producto de culto. No supone la consagración de Éric-Emmanuel Schitt, su director, ni el salto a la fama de sus protagonistas, Catherine Frot y Albert Dupontel. ¿Y qué?, ¿crees que esos datos me son determinantes para disfrutar de una película? Odette Toulemonde es una historia sencilla de una familia sencilla. Es un cúmulo de casualidades, un cóctel metafórico de sueños cumplidos y de voces en off. Una hora y cuarenta minutos de pura fantasía. ¿De verdad que necesitas más?


Por si aún lo dudabas la crítica española atacó directamente a la yugular del director al asegurar que Odette era la “tía abuela aburrida” de Amélie Poulain. ¡Pobres! Es cierto que la obra maestra de Jean-Pierre Jeunet deja en ropa interior a la más que modesta de Schmitt, pero en cualquier caso esta última supuso un nuevo éxito de taquilla en el país vecino. En la patria del croissant y los brioches vende el “realismo mágico” de este tipo de producciones mientras aquí, donde los críticos de cine intentan emular sin demasiado éxito al mismísimo Armond White, convertimos a Torrente, el brazo tonto de la ley en la película española más taquillera de la historia. Ya está todo dicho. 
Esta cinta, titulada en nuestra lengua como Odette. Una comedia sobre la felicidad, es una fábula vitalista y alegre que versa, precisamente, sobre la posibilidad real de ser feliz. En ella, dos personas diferentes procedentes de entornos diferentes se enfrentan a la rutina diaria, como no podía ser de otra manera, de forma diferente. Odette, una madre de familia, viuda y soñadora, suple la ausencia de su marido con las novelas rosas de Balthazar Balsan y las nimias canciones de Joséphine Baker. Por otro lado, Balsan, afamado escritor ídolo de las féminas ávidas de emociones fuertes, se enfrenta a la infidelidad de su mujer y a la mala prensa de la crítica con auténtica desesperación. Un buen día sus caminos se cruzan, sin más, porque sí, por casualidad, sin premeditación. Y a partir de entonces, como un elástico con el que varias niñas juegan en el patio a la hora del recreo, sus vidas se acercan y alejan al capricho de un destino neutral. Ella es feliz con casi nada, él lo tiene todo pero es infeliz. Ella disfruta ejerciendo de hada madrina para quien ha perdido el rumbo, él lee y relee las palabras contenidas en una carta a su nombre sin saber realmente cómo corresponder. Sin embargo, contra todo pronóstico, ambas personalidades tan dispares acaban juntas... porque Odette Toulemonde es una comedia sobre la felicidad y las comedias sobre la felicidad siempre acaban bien... ¿o no?



Sinopsis: En la vida de Odette Toulemonde se cruza su escritor preferido, Balthazar Balsan, rico y seductor, que atraviesa una crisis depresiva. Ella, una modesta vendedora de la sección de cosméticos de unos grandes almacenes, será la encargada de transmitirle toda la felicidad que siente en su sencilla existencia a un hombre que poco a poco aprenderá a enfrentarse al resto del mundo.
 
 

No nos engañemos. La cotidianidad del ser humano no es una película de ficción con final feliz. Normalmente caminamos tras alguien que avanza mucho más rápido que nosotros. Algunas veces el miedo a perderlo de vista nos hace correr incluso con unas zapatillas que ni siquiera son de nuestro número. Ese mismo miedo en otras ocasiones nos obliga a adoptar hábitos que nos son ajenos con la simple intención de acaparar un poco de su atención. Entonces nos convertimos en lectores de novelas que no nos dicen nada, en voraces amantes virtuales, en adictos a la dieta Dukan, en escritores aficionados, en seguidores del cine francés; en definitiva, nos convertimos en alguien que no somos solo para hacernos un hueco en el día a día de alguien que, en realidad, no nos quiere en él. No nos engañemos, todo es más fácil de lo que a simple vista parece, créeme. Ser feliz consiste en exclusiva en reconocer ante la adversidad que existe más de un camino.