martes, 22 de julio de 2014

Ana María Matute (1925-2014)



El pasado veinticinco de junio fallecía en Barcelona, la ciudad que la vio nacer, Ana María Matute. Reconocida como la mejor escritora de cuentos del último siglo, de seguro que con su marcha el sillón K de la Real Academia de la Lengua ha perdido su ingenuidad infantil.


Aunque nunca fue amiga de las frases lapidarias, dada la extensión de su legado literario, sirvan sus propias palabras de muestra de sincera devoción y de respeto infinito.



“El mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad”




La realidad siempre supera la ficción. A día de hoy, no existe pluma capaz de condensar en menos de cuatrocientas páginas toda una vida... aunque muchos se hayan quedado cerca.

Simplificando la historia al mínimo, vivir consiste en un caminar constante. Unas veces por angostos y solitarios parajes que parecen imposibles de atravesar, otras por agradables senderos transitados por caras que resultan familiares. Sea como fuere, para los dos hay que estar preparados. Puesto que desconfiar de nuestras posibilidades es la peor compañera de viaje, antes de seguir la marcha es recomendable descansar unos segundos para mirar alrededor. Si necesitas respuestas, pregunta. Si las respuestas no te satisfacen, cuestiónate si hiciste la pregunta correcta o formula la misma de distinta manera, pero que el silencio no te convierta en mero espectador de los itinerarios ajenos. Respira hondo, mete en tu mochila lo imprescindible y comienza a caminar hacia delante sin prisas por llegar al destino fijado. Como ya sabemos, lo verdaderamente importante no es llegar a la meta sino disfrutar del camino.


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sábado, 19 de julio de 2014

“La gran belleza”, una película de Paolo Sorrentino (2013)


Ficha técnica:


Título original: La grande bellezza

Guion: Paolo Sorrentino y Umberto Contarello

Reparto principal: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferelli e Isabella Ferrari.





“Son bonitos los trenecitos que hacemos en las fiestas, ¿verdad? Son los más bonitos del mundo porque no van a ninguna parte”



Sinopsis:

Las noches de estío romanas sirven de escenario a las más variopintas relaciones. Un desfile de personajes insustanciales de existencias vacías y deprimentes que pasan por delante de un asqueado Jep Gambardella, periodista y autor de una única novela que busca próximo al final de sus días la esencia de la vida.



Plano subjetivo:

Esta es una historia de interiores que se ocultan al exterior, de apariencias convertidas en costumbres, de mentiras y exceso de soledad. De roles que se interpretan a las mis maravillas, de personas que se niegan a profundizar en sí mismas. Es una historia de juguetes rotos. De sacerdotes pecadores. Políticos corruptos. Famosos de segunda fila venidos a menos. Escritores sin inspiración. Artistas sin modelos. Nobles sin dinero. Una historia como cualquier otra de miedos, de angustias y de tristezas.
Atrapados en el vórtice de este atroz contexto, como sucede al protagonista de la oscarizada película, solo nos queda una salida: Parar el ritmo de nuestro caminar, reflexionar el tiempo necesario y buscar sin prisa pero sin pausa "la gran belleza", la primigenia, la que no está rediseñada en el quirófano, la que atrae y atrapa, la que nos rejuvenece veinte años de una sola vez. Esa que nos hace únicos al tiempo que nos asemeja al resto, la que escucha y observa sin hablar. La que nos sugiere en calma ser un poco más felices.

Estoy convencida de que en el mundo en el que vivimos es difícil encontrarla. El miedo a mirarnos de frente al espejo, despojados de todo lo accesorio, nos paraliza. Tememos reconocer ante los demás nuestras limitaciones aun cuando somos humanos, imperfectos, pasionales, vulnerables, maliciosos y, por encima de todo lo demás, mortales. Atesoramos objetos inútiles, maquillamos nuestros rostros, vestimos una imagen artificial más acorde al entorno que a nuestra naturaleza y salimos al mundo dispuestos a comérnoslo a la hora del aperitivo. Un minuto, la insignificancia de los sesenta segundos que lo conforman, es suficiente para disfrutar de las miradas fugaces que nos fotografían de pies a cabeza ante un semáforo en rojo. La “gran belleza” existe, ¿de verdad que la vas a dejar pasar?


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martes, 15 de julio de 2014

“La escafandra y la mariposa”, una película de Julian Schnabel (2007)


Ficha técnica:

Título original: Le scaphandre et le papillon

Guion: Ronald Harwood, según la novela de Jean-Dominique Bauby

Reparto principal: Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner, Marie-Josée Croze, Anne Consigny y Max von Sydow.



“Hoy mi vida parece una sucesión de pequeños fracasos. Mujeres que no supe amar, oportunidades que no aproveché, momentos de felicidad que dejé escapar. Una carrera cuyo resultado conocía de antemano”


Sinopsis:

A principios de los noventa, recién estrenada la cuarentena, Jean-Dominique Bauby, el excéntrico redactor jefe de la revista francesa Elle, sufrió una embolia masiva. Tras tres semanas en coma, Bauby despertó víctima del llamado "síndrome de cautiverio". Totalmente paralizado, Jean-Do malvivió durante meses encerrado en su cuerpo inerte (la escafandra) sin poder comer, ni beber, ni hablar, ni respirar sin asistencia, mientras su mente funcionaba con la normalidad habitual de quien conserva intactas la memoria y la imaginación (la mariposa). En el hospital de Berk-Sur-Mer especializado en dolencias similares donde fue confinado, aprendió con paciencia a comunicarse mediante el parpadeo de su ojo izquierdo. Gracias a esta habilidad forzada, recreó el mundo desde su particular y nueva situación en la novela La escafandra y la mariposa en la que se basa la película de referencia.


Plano subjetivo:

El caso real en el que está basada esta película nos permite ser espectadores de primera de las sensaciones de una mente inquieta atrapada dentro de un cuerpo inmóvil. El "Síndrome de cautiverio" que padecía le permitió al protagonista ser consciente desde el primer momento de cada uno de los minutos de su desesperante estado. Jean-Dominique sufrió, sufrió muchísimo, mucho más de lo humanamente razonable, pero no por él, no, lo hizo por su padre de noventa años enclaustrado en un piso del que sus piernas no le permitían salir. Por sus tres hijos a los que ya nunca volvió a poder acariciar. Por su exmujer, por ella también, por acompañarle sin reservas en esa brutal etapa de su vida. Por su nueva pareja, por dejarla abandonada a su suerte, y por cada una de las personas que le facilitaron la existencia mientras su cuerpo yacía postrado en una cama. Por incomprensible que parezca, él mismo manifestó su propio sufrimiento por no tener palabras para animarles, ni voz para decirles "te quiero", por no poder dar un beso ni regalar un abrazo, por miles de razones generosas que le llevaron a pensar en los demás por encima de sí.
La fuerza de voluntad de la que hizo gala durante los últimos años de su vida fue la mayor prueba de amor que pudo dejar en herencia a los suyos, máxime cuando él no quería vivir por encima de todo, no deseaba permanecer atado a esa nueva realidad que le había tocado en suerte. Él ansiaba descansar en paz consigo mismo y liberarse de aquel cuerpo que ni siquiera reconocía como suyo, pero no pudo más que aceptar las condiciones vitales a las que estaba ligado y sobrevivir en consecuencia por amor a sus semejantes. Aunque hasta su último aliento defendió que, si vivir dignamente es un derecho, morir también debería de serlo, comprendió que eran los demás los que necesitaban tiempo para aceptar su inefable final. Y decidió, por encima de su propia felicidad, concedérselo.


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