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miércoles, 28 de enero de 2015

"Born Equal", una película de Dominic Savage (2006)


Ficha Técnica:


Título original: Born Equal

Género: Drama Social

Actores principales: Colin Firth y Robert Carlyle

Duración: 83 minutos

País: Reino Unido




Sinopsis:

Robert, un asesino convicto recién salido de la cárcel, accede como único recurso a un hostal de la periferia de Londres donde también se refugian Yemi e Itshe, una pareja exiliada de Nigeria por presiones políticas, y Zoe, una adolescente que acaba de escaparse de casa. Mientras hace de la búsqueda de su propia madre su dedicación casi exclusiva, Robert entabla amistad con Michelle, una mujer embarazada que huye de un marido maltratador. En una lujosa zona residencia de la misma ciudad vive Mark, un rico banquero que intenta llenar el vacío que le produce su matrimonio proporcionando ayuda a los menos afortunados según las directrices de una asistente social llamada Sally.
La vida de cada uno de los personajes se cruzará de manera sorprendente en el Londres del nuevo milenio y se encaminará sin remedio a un final por escribir del que solo ellos serán responsables. 


Primer plano:

El verano pasado, por circunstancias de esas que crees que solo les ocurren a los demás hasta que te pasan a ti, tuvimos la oportunidad de disfrutar en familia de una semana en Londres, la ciudad de los museos gratuitos. Guillermo alucinó, no solo por ver la city desde la primera fila del segundo piso de unos maravillosos autobuses rojos, sino por pasar toda una tarde en el Natural History Museum ("Museo de Historia Natural") viendo los más variopintos dinosaurios (y un día entero en Peppa Pig World, que mi hijo no deja de ser un niño, al que le gustan los museos, pero un niño al fin y al cabo). El ritmo vertiginoso de la mayor área urbana de toda la Unión Europea se quedó acoplado a nuestros zapatos imponiéndonos una marcha que, a duras penas, habríamos soportado un par de días más.
Recuerdo en particular una noche. Después de una jornada agotadora de idas y venidas, mi marido y mi hijo cayeron exhaustos en la cama mientras yo, abonada dentro y fuera de nuestras fronteras a un insufrible insomnio, me rendí al televisor como trillado consuelo. El momento fue providencial. En uno de los pocos canales que estaban sintonizados empezaba Born Equal, una película de alto contenido social producida por la BBC directamente para la televisión y con la que se pretendía celebrar el 40º aniversario de Cathy, come home de Ken Loach (1966), también producida para televisión por la BBC y con la misma carga social. Casi nada.

Créeme cuando te digo que es una exquisitez de principio a fin. La crítica social contenida en algo menos de una hora y media es tan brutal que deja sin saber bien qué decir al respecto más allá, eso sí, de que se trata de una historia de personas que se cruzan, de sentimientos que se encuentran, de realidades que se descubren y de vidas que se apagan a distinto ritmo pero de forma inevitable. Puro y simple placer fílmico. 
Es obvio que los escenarios principales no se localizan en una ciudad tan rojigualda como la mía, una copia mala de la que un día fue, una ciudad que parece que esté en venta a razón de la de carteles de negocios con las puertas cerradas que se ven a mi paso. No, definitivamente no se desarrolla en un país tan en ruinas como el mío aunque, en realidad, no es necesaria esa cercanía visual para sentirlo todo muy cercano (los edificios del extrarradio jamás han entendido ni de modas ni de costumbres). En Born Equal el oprimido sufre su opresión en silencio mientras el acomodado disfruta de su comodidad a voz en grito. No hay más, no necesita más. La desigualdad social a flor de piel entre personas que, aun compartiendo el mismo espacio, pertenecen a mundos diferentes. Personas que, guste o no, se cruzan en nuestro camino a diario sin que nos demos cuenta de que todos sin excepción, ellos y nosotros, soportamos un hambre terrible agarrada a nuestras tripas: Unos de alimentos, otros de afecto, de ilusiones, esperanzas. Pero hambre al fin y al cabo.

Dominic Savage cuenta con un magnífico reparto (encabezado por un sereno y atractivísimo Colin Firth y por un soberbio Robert Carlyle) para recordarnos que no es más feliz el que más tiene aunque tampoco el que menos necesita. Sin ir más lejos Mark, teniendo todos los ingredientes necesarios para ser feliz, en realidad no lo es simplemente porque se siente atrapado en un estilo de vida que no le satisface. Y, aunque compartir su tiempo con los desfavorecidos le hace crecer como persona al tiempo que le sirve para evadirse de un matrimonio sumido en la rutina, al final decide volver por voluntad propia a esa aburrida "zona de confort" en la que encuentra al acecho su perdición mental... y física. Tan real como la vida misma. Pero no corren mejor suerte los personajes que sobreviven al otro lado del Támesis porque nadie sale vencedor en esta historia de vencidos, nadie sufre un repentino cambio de suerte por mucho empeño que ponga en ello. Lo que yo te diga, tan real como la vida misma.


Plano subjetivo:

Born Equal es un producto altamente recomendable para su consumo. ¿Por qué? Porque cada día morimos un poco. Cada día, sin que nos demos cuenta, todo se acelera a nuestro alrededor mientras nosotros nos ralentizamos. Cada día, hasta que llega el momento en el que ni siquiera nos sentimos parte del mundo en el que vivimos. Porque pertenecerá a otros sin hambre, ni de alimentos, ni de afectos, ni de ilusiones o esperanzas. Otros que cada día morirán un poco. Porque cada día, sin que se den cuenta, todo se acelerará a su alrededor mientras ellos se ralentizan. Cada día, créeme, hasta que llegue el momento en el que ni siquiera se sientan parte del mundo en el que viven. Porque ya pertenecerá a otros. 
Esta película es un regalo no perecedero. No importa cuándo lo consumas, no se estropeará, pero mejor consúmelo pronto porque, como ya sabes, cada día morimos un poco...


martes, 12 de agosto de 2014

"39 escalones", una película de Alfred Hitchcock (1935)



Ficha Técnica:



Título original: The 39 Steps

Guion: Charles Bennett (según la novela homónima de John Buchan)

Género: Thriller

País: Reino Unido

Duración: 81 minutos






Sinopsis:


Durante un espectáculo de music-hall en Londres, en medio de una trifulca, el canadiense Richard Hannay se ve envuelto en una trepidante trama de espías y de agentes secretos que lo llevará de periplo por las islas británicas de los años treinta.



Plano subjetivo:

Hoy cumplo 39 años. Y, mientras escribo, disfruto de unas placenteras VACACIONES en un destino de última hora impuesto por un obligado cambio de planes, un imprevisto y afortunado cambio de planes, uno de esos que, contra todo pronóstico, salen bien. Yo no dispongo, solo propongo... lo demás ha llegado solo. Vacaciones. Me concedo unos minutos para reflexionar sobre su significado concreto en mi vida, es entonces cuando hace acto de presencia la RAE que, como una madre sesentona de mal carácter, me increpa con el dedo en alto y me recuerda que ese "descanso temporal de una actividad habitual, principalmente del trabajo remunerado o de los estudios" no nos está reservado a las madres a jornada completa. Y algo de razón debe de tener porque, guste más o menos, el rol de "madre" no es una etiqueta que se pueda cortar con unas tijeras o arrancar de un simple tirón. Esa etiqueta la llevas en roce continuo con la piel haga daño o no. Vacaciones. ¡Vacaciones! ¿Vacaciones? 

Mientras escribo, sonrío distraída viendo jugar a mi hijo en la arena. Hace y deshace un imaginario castillo en el que oculta parte de su cuerpo a la voz de "mira, mamá, no tengo pies". Sé que ese grito de guerra lleva implícito un teatral lamento por mi parte, una búsqueda "desesperada" por la playa del lugar exacto dónde se encuentran ocultos sus pies con la mirada fija en la X del mapa del tesoro de un pirata venido a menos. Ahora es él quien sonríe y yo la que da un ficticio puntapié a las acepciones certeras de un diccionario que me aplico yo pero que escriben otros. Leo. Leo. Leo. O, al menos, lo intento (en sentido literal y figurado). Nada que me haga pensar demasiado. Los buenos suicidas de Toni Hill. (La "l" del teclado me está fallando, Mr. Sheldon, Mr. Paul Sheldon). Prometedor comienzo. Ya veremos el final. El hijo del protagonista se llama Guillermo, como mi propio hijo. Eso me divierte. Es agradable leer cada número impreciso de líneas su nombre, dejar que me sorprenda escondido tras alguna palabra, que aparezca y desaparezca a cada página, que juegue al escondite un par de veces por capítulo. Guillermo... lo observo jugar y reconozco en silencio que su nombre suena bien... y se lee aún mejor. Vacaciones. ¿Vacaciones? ¡Vacaciones! 


Treinta y nueve años ya... 39, como la canción que Brian May, guitarrista de Queen, escribió para el álbum "A Night at the Opera". 39, como el prefijo internacional de Italia. O como los grados de fiebre que aterran a las madres primerizas. O, sin ir más lejos, como la temperatura media de una infernal Sevilla en verano. Treinta y nueve... 30 y nueve... 39, como los escalones del maestro Hitchcock (entre otros). Treinta y nueve escalones, una historia demasiado compleja para escribir sobre ella un día como hoy, aunque al tiempo demasiado obvia para dejar pasar la ocasión. Para ser sincera, confieso que jamás pude terminar de leer la novela homónima de John Buchan aunque tampoco he visto ninguna de las versiones cinematográficas posteriores a la del director británico porque, la verdad, no me llama nada que sean pretenciosamente fieles a la historia original. Sin embargo la idea recurrente del hombre inocente que huye de la justicia siempre me ha gustado en Hitchcock y, aunque suelo hablar de casi todo pese a no entender de casi nada, a mi edad sé de sobra lo que me gusta... y The Thirty-Nine Steps me gusta. No tanto como Vértigo o como La ventana indiscreta, pero lo suficiente para un día como hoy. Quedémonos con eso.



Yo, al igual que la gran mayoría de los mortales, solo tengo cinco sentidos. No he sido bendecida con eso que llaman "intuición" así que, más que intuir, pido a gritos un cambio. Mi cerebro se oxida al ritmo de una tumbona de playa a orillas del mar y no me resigno a aceptarlo, con RAE o sin ella. Tan cerca de la cuarentena empieza a asustarme la normalidad, sobre todo porque ahora más que nunca considero que tras ella se oculta cierta tristeza acostumbrada, esa que supone el pasar más parte del día pensando en lo que falta que en lo que se tiene. Me hago mayor (suspiro). Treinta y nueve años. 39 años... escalones... grados... pulgadas... nudos... ¡qué más da siempre...


Que los años, como los vientos, nos sean favorables a ambos!


domingo, 3 de agosto de 2014

"El desprecio", una película de Jean-Luc Godard (1963)


                                  
Ficha técnica:

Título original: Le mépris

Guion: Jean-Luc Godard (basado en la novela Il disprezzo del italiano Alberto Moravia, 1954)

Reparto principal: Brigitte Bardot, Michel Piccoli, Jack Palance, Fritz Lang

Género: Drama





“Cuando oigo la palabra cultura, cojo mi talonario”


Sinopsis:

Paul y su atractiva esposa, Camille, forman la pareja perfecta: Se aman hasta perder el aliento, se confiesan sin pudor sus secretos más íntimos y se entregan el uno al otro sin reservas ajenos al resto del mundo. Nada parecía que pudiera enturbiar su vida común hasta que un buen día a Paul, entusiasta dramaturgo sin éxito, le ofrecen la posibilidad de escribir el guion de una gran producción americana. Inseguro en un terreno que no domina, propicia de forma inconsciente una confusión entre el productor y Camille, que comienza a sentirse una moneda de cambio entregada al mejor postor. Como consecuencia de la situación, el matrimonio se ve inmerso en una dolorosa crisis que tendrá al desprecio como principal protagonista.



Plano subjetivo:

Aunque esta película está dirigida por uno de los mejores directores franceses de cine y considerada una obra de culto por la crítica internacional, en sí, despojada de todo artificio técnico y estético, El desprecio es una reflexión certera e íntima sobre una crisis matrimonial como cualquier otra, habida y por haber, entre dos personas que se aman por encima de todo pero que permiten que la falta de diálogo separe sus caminos. En realidad esto le puede ocurrir a cualquiera que no sepa superar los obstáculos que impone la convivencia. ¿Cuántas veces has escuchado decir con orgullo “nosotros nos conocemos tan bien que, solo con mirarnos, ya sabemos lo que piensa el otro”?. Muchas, ¿verdad? Pues ese es el grave error que cometen Paul y Camille antes de abandonarse a la apatía marital: Pensar por el otro.

Con el único propósito de satisfacer las necesidades que cree que tiene su mujer, Paul emprende una cruzada profesional que lo convierte en un ser taciturno y desconfiado. Por su parte, Camille decide contraatacar con una buena dosis de indiferencia a los silencios de su marido. ¡Con lo fácil que habría resultado preguntar “qué nos está ocurriendo”! Al parecer ellos tampoco necesitaban palabras para comunicarse, con solo un cruce de miradas podían precisar qué rondaba por la cabeza del otro con la exactitud de un reloj suizo... así les fue.


Sí, ya sé que las generalidades no son buenas, que media vida (o una entera) compartida con la misma persona concede ciertas licencias a la historia. También sé que hay circunstancias en las que los silencios son tan necesarios como el aire que se respira y que encontrar la forma o el momento de hacer al otro partícipe de un sentimiento no siempre es tarea fácil pero, si no lo intentas, si no te arriesgas a expresar con sinceridad tus necesidades o carencias, El desprecio ya te adelanta el precio a pagar. Tú decides.


*Esta entrada, junto a los comentarios generados, puede leerse en la sección “Tu mejor tú” incluida en la web  www.despiertatumejortu.es.

miércoles, 30 de julio de 2014

“Caos Calmo”, una película de Antonello Grimaldi (2008)

Ficha técnica:

Título original: Caos calmo

Guion: Nanni Moretti, según la novela Caos calmo de Sandro Veronesi (2005)

Reparto principal: Nanni Moretti, Valeria Golino, Isabella Ferrari y Alessandro Gassman.




"Hay que decir las cosas, siempre" 


Sinopsis:

En el mismo momento en el que Pietro está salvando la vida a una desconocida en la playa, su mujer muere víctima de un desafortunado accidente doméstico. Tras el sepelio, mientras todo su entorno espera servir de consuelo a su duelo, él alivia su caos interior deambulando tranquilo por el parque situado a las puertas del colegio de su hija con el único propósito de que esta termine su jornada escolar. Ante su incomprensible e inquietante conducta social, sus compañeros de trabajo, sus amigos, familiares y conocidos intentarán hacerlo reaccionar.


Plano subjetivo:

Esta película es en sí una paradoja vital tan humana y real como la vida misma. Basada en la novela homónima de Sandro Veronesi, la historia se convierte en el retrato de la deriva emocional de un hombre de mediana edad que decide esconder su dolor para sumergirse, por voluntad propia, en ese extraño duelo sin lágrimas en el que los sentimientos a los que no somos capaces de enfrentarnos acaban convirtiéndonos en una mala copia de nosotros mismos.
En su desesperación, ajeno a todos los que le rodean, el protagonista maquilla de calma exterior lo que, en realidad, le supone un caos interior de consecuencias demoledoras. Calla, no porque no tenga nada que decir, sino porque no sabe cómo ni a quién decirlo. De esta manera tan particular toma conciencia de su propio vacío interior sin necesidad de vestir de negro, ni por dentro ni por fuera. Al margen de los convencionalismos más comunes, comienza poco a poco a digerir su circunstancia actual sin llegar a acostumbrarse a su amargor, aun siendo consciente en cada momento de él. Calla, pero no huye.

A través de esta emotiva cinta se nos revela que ciertamente la pérdida de un ser querido es irreversible, pero el dolor que consume las entrañas y aletarga los pensamientos está bendecido por el don de la reversibilidad. Solo es una cuestión de actitud vital... y de tiempo.


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sábado, 19 de julio de 2014

“La gran belleza”, una película de Paolo Sorrentino (2013)


Ficha técnica:


Título original: La grande bellezza

Guion: Paolo Sorrentino y Umberto Contarello

Reparto principal: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferelli e Isabella Ferrari.





“Son bonitos los trenecitos que hacemos en las fiestas, ¿verdad? Son los más bonitos del mundo porque no van a ninguna parte”



Sinopsis:

Las noches de estío romanas sirven de escenario a las más variopintas relaciones. Un desfile de personajes insustanciales de existencias vacías y deprimentes que pasan por delante de un asqueado Jep Gambardella, periodista y autor de una única novela que busca próximo al final de sus días la esencia de la vida.



Plano subjetivo:

Esta es una historia de interiores que se ocultan al exterior, de apariencias convertidas en costumbres, de mentiras y exceso de soledad. De roles que se interpretan a las mis maravillas, de personas que se niegan a profundizar en sí mismas. Es una historia de juguetes rotos. De sacerdotes pecadores. Políticos corruptos. Famosos de segunda fila venidos a menos. Escritores sin inspiración. Artistas sin modelos. Nobles sin dinero. Una historia como cualquier otra de miedos, de angustias y de tristezas.
Atrapados en el vórtice de este atroz contexto, como sucede al protagonista de la oscarizada película, solo nos queda una salida: Parar el ritmo de nuestro caminar, reflexionar el tiempo necesario y buscar sin prisa pero sin pausa "la gran belleza", la primigenia, la que no está rediseñada en el quirófano, la que atrae y atrapa, la que nos rejuvenece veinte años de una sola vez. Esa que nos hace únicos al tiempo que nos asemeja al resto, la que escucha y observa sin hablar. La que nos sugiere en calma ser un poco más felices.

Estoy convencida de que en el mundo en el que vivimos es difícil encontrarla. El miedo a mirarnos de frente al espejo, despojados de todo lo accesorio, nos paraliza. Tememos reconocer ante los demás nuestras limitaciones aun cuando somos humanos, imperfectos, pasionales, vulnerables, maliciosos y, por encima de todo lo demás, mortales. Atesoramos objetos inútiles, maquillamos nuestros rostros, vestimos una imagen artificial más acorde al entorno que a nuestra naturaleza y salimos al mundo dispuestos a comérnoslo a la hora del aperitivo. Un minuto, la insignificancia de los sesenta segundos que lo conforman, es suficiente para disfrutar de las miradas fugaces que nos fotografían de pies a cabeza ante un semáforo en rojo. La “gran belleza” existe, ¿de verdad que la vas a dejar pasar?


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viernes, 14 de marzo de 2014

"La gran belleza", una película de Paolo Sorrentino (2013)



Ficha técnica:


Título original: La grande bellezza

Guion: Paolo Sorrentino y Umberto Contarello


Género: Comedia dramática

País: Italia

Duración: 142 minutos




Sinopsis:

Las noches de estío romanas sirven de escenario a las más variopintas relaciones. Un desfile de personajes insustanciales de existencias vacías y deprimentes que pasan por delante de un asqueado Jep Gambardella, periodista y autor de una única novela que busca próximo al final de sus días la esencia de la vida.


Primer plano:

Recuerdo de mi época de instituto la práctica habitual con la que Ana, una amiga de la clase de “ciencias mixtas”, solía solucionar sus conflictos internos. Cuando alguna cuestión le quitaba el sueño, ella cogía la Biblia, hacía su consulta en silencio y la abría  al azar con la esperanza puesta en alguno de sus versículos. Yo, de la clase de “letras puras”, prefería recurrir a la sabiduría de los clásicos greco-latinos. En aquella época, dado que Dios no ponía ningún reparo en ignorar mis súplicas, me vi obligada a dejar de hablarle. Hasta hoy.

Es curioso, ayer a lo largo de una conversación cité uno de los "Diálogos" de Sócrates, aquel en el que un filósofo afín se le acerca con la intención de contarle ciertos rumores maliciosos sobre uno de sus alumnos. Con aplomo, antes de darle pie al discurso, el maestro de Platón le sugiere que calle si no tiene la certeza de que la información que va a compartir es verdadera, buena y útil. ¡Ay, qué poco hemos heredado de aquellos griegos! En el siglo XXI impera la moda del hablar por hablar, sin tener nada especial que decir, sin plantearnos las consecuencias que una simple frase puede llegar a tener en el otro. Somos dados a inventar, a fantasear, a llenar de trazos surrealistas nuestros propios bocetos hechos a carboncillo solo para lucir bonitos de cara a la galería. Y, como no podía ser de otra manera, esa extraña cadena de pensamientos que brotan tan a su antojo como la mala hierba encontró en La gran belleza el mejor de los cierres.

Hace un par de meses alguien me recomendó con una insistencia machacona que viera esta película. Que si no te la puedes perder, que si tú sabes de lo que hablo, que si dale mamita rica, que si tal, que si cual. Tanto me insistió que no pude más que sucumbir exhausta a los pies de su recomendación. Y tenía razón, la tenía en todo lo que me había confesado y hasta en lo que se había callado. La grande bellezza es una auténtica delicia, una tragicómica concatenación de diálogos mordaces que sirven de base a una crítica feroz a la belle vie. Un poema visual dedicado a los excesos de una alta sociedad paradójicamente a la baja. Lo curioso del asunto es que, cuando tuvimos la ocasión de poner en común nuestras impresiones, parecía como si hubiésemos visto dos películas diferentes. Ese es uno de los valores en alza de esta cinta, la posibilidad de saborear la historia según el lugar desde el que te toque verla.

Consciente de que el tándem Sorrentino-Servillo ha funcionado en las tres ocasiones anteriores (Il divo en 2008, Le conseguenze dell'Amore en 2004 y L’uomo in più en 2001), no iba a dejar pasar la oportunidad de verla. Ahora que sabemos que está avalada por tres premios internacionales a la "mejor película de habla no inglesa" (un Oscar, un Globo de Oro y un premio BAFTA), ¿cómo vas a dejar pasar la oportunidad de verla tú?

Esta es una historia de interiores que se ocultan al exterior, de apariencias convertidas en costumbres, de mentiras y excesos, de soledad. El peso de la vejez cae de un golpe sobre la espalda de Jep Gambardella, el  indiscutible protagonista de la historia, convirtiéndola en una cruz que cargar a modo de penitencia. De repente es consciente del misterio de la vida: Esta dura solo dos días y él está a punto de malgastar el segundo. Mientras el mundo sigue girando bajo sus pies, él se para unos minutos a observar la artificialidad de quienes le rodean, esa decadencia social que tanto le asquea, pero de la que no sabe prescindir. Su posición le permite descubrir que la felicidad que rezuman sus compañeros de juerga no es más que un papel que interpretar, una sobreactuación fallida de quienes no profundizan en ellos mismos para no tener que enfrentarse a sus miserias. Gambardella entonces decide aminorar su paso definitivamente y, al estilo de los héroes de las tragicomedias clásicas, comienza a buscar la gran belleza, la primigenia, la que no tiene tetas de silicona ni los labios cómicamente rellenos, la que atrae y atrapa, la que  dibuja la silueta de nuestro cuerpo con la yema de los dedos empapada en nuestra propia saliva, la que nos hace rejuvenecer veinte años de una sola vez... pero no la encuentra... porque no sabe dónde buscarla. En el ocaso de su vida le toca pagar la pena por haber disfrutado de una existencia ligada a los excesos de la noche romana, a esas noches de fiesta continua en la que se desenvuelven los juguetes rotos, los mediocres, los vividores, los amorales, tristes, solitarios, los lerdos. Personas que han creado un “alter ego” vanidoso y presuntuoso porque se sienten incapaces de mirarse al espejo al natural seguros de que no les va a gustar lo que verán reflejado en él. Sacerdotes pecadores. Políticos corruptos. Famosos de segunda fila venidos a menos. Escritores sin inspiración. Artistas sin modelos. Nobles sin dinero. Reyes sin corona. La Roma nocturna es el paraíso de los ángeles caídos resignados a lucir una existencia que no soportan. Y es allí, en el vórtice del huracán, donde se apaga el cronista de la historia, el cavaliere Gambardella, sin saber hacia dónde se dirigen sus pasos, encadenándose de pies y manos al pasado adolescente, acunando recuerdos incapaz de albergar la mínima esperanza de futuro. Luz y oscuridad. Color y escala de grises. Puro cinismo, pero de ese que es real, bueno y útil.





Plano subjetivo:

Estoy convencida de que en el mundo en el que vivimos es difícil encontrar la gran belleza. El miedo a mirarnos de frente al espejo, despojados de todo lo accesorio, nos paraliza. Tememos reconocer ante los demás nuestras propias limitaciones aun cuando somos humanos, imperfectos, pasionales, vulnerables, maliciosos y, por encima de todo lo demás, mortales. Atesoramos objetos inútiles, maquillamos nuestros rostros, vestimos una imagen artificial de nosotros mismos más acorde al entorno que a nuestra propia naturaleza y salimos al mundo dispuestos a comérnoslo a la hora del aperitivo. Dejamos escapar miradas fugaces que nos fotografían de pies a cabeza mientras permanecemos inmóviles a la espera de que el semáforo nos permita continuar nuestra frenética marcha. Obviamos el roce de nuestra piel con una piel ajena en el abarrotado autobús que nos lleva a nuestro destino fijado. Disfrazamos nuestras oportunidades perdidas para que parezcan pertenecer a otros. Y así seguimos...


P.S. La próxima vez, cuando los astros se confabulen a tu favor para congelar el tiempo durante un par de horas, párate un minuto a observar a quien tienes delante. Igual en esa ocasión puedas ser capaz de reconocer que el color de esos ojos que te miran con sincera admiración no es un inusual ámbar sino, simple y llanamente, un vulgar marrón.

lunes, 11 de noviembre de 2013

"Sehnsucht", una película de Valeska Grisebach (2006)


Ficha Técnica:




Título original: Sehnsucht

Género: Drama

Duración: 88 minutos

País: Alemania






Sinopsis:

Markus y su mujer llevan juntos desde bien jóvenes. Tienen un hijo en común y una relación, en apariencia, perfecta. Él trabaja en una empresa metalúrgica, ella es ama de casa. Él ejerce en su tiempo libre de bombero voluntario mientras ella canta en el coro de la parroquia. Tras una cena conmemorativa del grupo de bomberos bañada en alcohol (en mucho alcohol), Markus amanece en compañía de una mujer desconocida.




Primer plano:

Al menos un día al mes paseo por las grandes superficies a la busca y captura de alguna delicatessem que, sin adelgazar demasiado mi bolsillo, engorde mi área de Broca. Me gusta rebuscar en los montones donde se agolpan cientos de cintas dispuestas como una partida de "Tetris" justo antes del Game Over. Nunca pasan de los tres euros, algunas veces ni siquiera llegan a los dos. He encontrado verdaderas obras maestras olvidadas por los grandes consumidores de cine americano, desahuciadas a su propia suerte por quienes siguen los gustos de la mayoría. Yo las recojo, las alojo en mi casa, río y lloro con ellas, hasta les escribo palabras bonitas al estilo de un eterno enamorado que cambia de musa como de camisa. Gracias a ellas me he doctorado en "Movimiento migratorio de las obras maestras del séptimo arte: De las estanterías a los cajones de saldo". En fin, que me pierdo dentro del laberinto y, de seguir así, pronto me toparé con el Minotauro. Estoy convencida de que todo tiene su momento y hoy ha sido el de esta película. NOSTALGIA, traducción al español de Sehnsucht, la primera película de Valeska Grisebach.

Esta es la sencilla historia de un matrimonio sepultado por la rutina. Uno de esos matrimonios condenados a entenderse desde niños. De los que con el tiempo han aprendido a fingir una armonía que, en realidad, no existe y en el que las preguntas han dejado de ser necesarias porque se conocen todas las respuestas. Para él un instante detenido en otra mirada bastó para comprender que la novedad consiste en un soplo de aire fresco. Para ella era preferible enrolarse en una batalla perdida que abanderar una inteligente retirada a tiempo. Las mujeres llenas de inseguridades siempre descubren cintas moradas en las carteras de piel de sus maridos (quien quiera entender que entienda). Y, cuando a lo evidente se le acaba su repertorio de disfraces, ella le confiesa, en un lamentable intento de retenerlo a su lado, lo mucho que lo desea. Es cierto, lo desea tanto, tanto, tanto, pero de una manera tan acostumbrada, que no le queda más que pedirle de forma explícita que le haga el amor. Entonces lo busca. Pero no lo encuentra. Y lo vuelve a buscar. Pero no termina de encontrarlo porque él ya tiene la cabeza en otra parte. Bien lejos. En otra ciudad. En otra cama. En otro cuerpo. En otra mirada. Solo cuando las circunstancias la obligan a volver a suplicarle, casi a exigirle a su propio marido que se acueste con ella, solo entonces es cuando los dos hacen por fin el amor con una pasión tan real como jamás vi en ninguna otra película. Con bocas que casi no se rozan. Con caricias desbaratadas. Con cuerpos entregados. Pero sin silencios llenos de jadeos. Sin sonrisas cómplices. Sin compartir el mismo aliento. Sin magia. Porque con el tiempo ambos se han convertido en el reflejo de la desgana propia del que se levanta por la mañana rodeado de la misma quietud pegajosa de cada día. Del que contesta a un “te quiero” con otro bien distinto lleno de aditamentos equivocados: Mucho, tanto, infinito. Y todo por nada. Porque hay necesidades que no se pueden explicar, al menos no con palabras. Eso es lo que rompe la apacible y aburrida vida del protagonista, llegando a convertir el deseo más pasional en un caos emocional comprensiblemente destructivo.


Como no podía ser de otra manera, el desenlace de esta universal historia de amor, que deambula con la inocencia de un niño entre la valentía del que ama y la cobardía del que solo desea, es en exceso humano. Humano, real, imprevisible y vulnerable. Tanto como la vida misma. Un placer.




Plano subjetivo:

Se acaba el año y, para no perder la costumbre, ando inmersa en deseos de cambio. Necesito que mis pulmones se llenen de un aire nuevo que respirar. Inspirar. Expirar. Inspirar. Expirar. Doy palos de ciego a la espera de una llamada que dé un giro a mi vida. Un par de palabras de aliento. Una declaración de intenciones on-line. Un susurro virtual. Pero nada. ¡Qué hartura! 


Detesto dejar parcelas de mi vida al cuidado de ciertas manos que no las cuidan con la delicadeza que merecen, no sé si por falta de ganas, de voluntad o de capacidad. En cualquier caso, me parece una auténtica e innecesaria pérdida de tiempo encadenarme de pies y manos a este tipo de empresas: 
Si no te gusta lo que siembro, no te quedes esperando hasta el momento de la recolecta. No hay más.


 

Wikipedia. Sehnsucht es una palabra alemana típica de la cultura romántica que no tendría traducción exacta al español. Indica anhelo hacia alguna cosa intangible. Podría recordar al concepto de "nostalgia", pero mientras que esta consiste en el deseo de reapropiarse del pasado a menudo ligado a objetos precisos, el término Sehnsucht indica la búsqueda de alguna cosa indefinida en el futuro. Tal vez podría traducirse como el "deseo de deseo". De hecho, deriva de las palabras das Sehnen ("deseo ardiente") y die Sucht ("adicción o búsqueda"). Literalmente, Sehnsucht podría significar una "dependencia del deseo", un constante anhelo que lleva al ser humano a no contentarse con aquello que tiene o llega a conseguir y que le mueve hacia nuevos retos u objetivos, transformando ese sentimiento en una fuerza autodestructiva.