sábado, 12 de agosto de 2017

"12", un poema de Oliverio Girondo (1932).


"Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan."


Ficha Técnica:



Título original: Espantapájaros

Editorial: Losada

País: Argentina

Año: 1932






En la teoría:

Me gusta el número 12. Su pronunciación me obliga a colocar los labios con la inseguridad del primer beso, ese que se da con los ojos cerrados por inercia social, porque alguien supuestamente con más práctica en esos temas un día nos dijo que se hacía así. DO-CE (haz la prueba, verás). Lo curioso es que el 90% de la gente no cambia de técnica con la práctica y mantiene los ojos cerrados al besar como si ese gesto proporcionara más intensidad a un acto supremo que tiende a volverse cotidiano. DO (morritos)-CE. En estos menesteres yo me considero más "cortaziana", más de mantener los ojos abiertos para mantener vivo el instante durante días, de cerrarlos solo para empezar de nuevo. Yo soy más de infringir lo establecido como norma, más de Rayuela que de Veinte poemas de amor y una canción desesperada: 

"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua."

No sé cuánta narrativa hispanoamericana del siglo XX he leído, pero de seguro que más de la que me gustaría. Que conste que hablo con conocimiento de causa, obligado durante cinco años, pero conocimiento al fin y al cabo. Ricardo Güiraldes. Alcides Arguedas. García Márquez. Miguel Ángel Asturias. Juan Rulfo. Rómulo Gallegos. Y Mario Vargas Llosa, entre otros muchos. Pues con todo no termino de cogerle yo el gusto a la novela del otro lado del charco. No, y no sé por qué. Quizás se cumpla en mí eso de que “no está hecha la miel para la boca del asno”. Tampoco me gusta la poesía. Matizo. En todo caso me gusta menos que el sucedáneo de chocolate “Donaire”, en la misma medida que un bodegón del XVII y más, mucho más, que la narrativa hispanoamericana. Resulta pues curioso que sea precisamente la poesía de ese continente la única capaz de abstraerme de la realidad. César Vallejo. Vicente Huidobro. Gabriela Mistral. Pablo Neruda. Mi Mario Benedetti (ya, ya, mío, tuyo y de todos). Oliverio Girondo. Oliverio Girondo, ¿te suena? Argentino de nacimiento, cosmopolita por convicción. Vanguardista, telúrico, rompedor. Su poemario Espantapájaros (1932), en el que se incluye este poema "12", es fundamental... al menos para mí, claro. 

Existe un artículo magistral sobre Girondo de 2011 firmado por el periodista argentino Juan Sasturain que te recomiendo encarecidamente leer, no solo porque ofrece información que no encontrarás con facilidad en la red, sino por la manera tan "girondina" en que está escrito. Ese artículo se titula “Veinte motivos para leer a Oliverio Girondo” (publicado paradójicamente en el diario argentino Página 12 y al que puedes acceder directamente pinchando sobre su título). Ni uno solo de esos motivos tiene desperdicio alguno, créeme, ni uno. Mordaz, elocuente, convincente. 

A estas alturas de mi vida no voy a permitirme entrar en menesteres filológicos porque hasta para mí sería infumable (la niña ya está crecidita y es poco impresionable en estos temas), pero sí me atrevo a recomendar hoy, a cinco días de celebrar el 126 aniversario de su nacimiento), el sentir mundano de este poeta atemporal que fue capaz de escribir soberbias maldiciones tan literariamente figuradas como realmente literales:

“Que te enamores tan locamente de una caja de hierro que no puedas dejar, ni un momento, de lamerle la cerradura”. ("21", Espantapájaros, 1932)



La poesía de Girondo no necesita ni de diccionarios ni de intérpretes. Habla por sí sola en una lengua tan sincera y llana que no solo me reconcilia con la poesía, como aseguraba el propio Sasturain, sino que sobre todo su pluma me reconcilia con el mundo. ¡Buen provecho!



En la práctica:

Hoy cumplo 42 años. Hoy, ahora, en este preciso momento. 

Hace unos días mi hijo, consciente de que esta fecha se aproximaba, me preguntaba dubitativo: "Mamá, ¿tú en qué año naciste, en mil setecientos qué?". Adoro la espontaneidad infantil, ese metafórico folio en blanco que se va llenando con genialidades de este tipo hasta conformar una personalidad única. Mi hijo me acababa de remontar al siglo XVIII, al de las Luces, al ilustrado. El siglo de la Enciclopedia, de la independencia de los EE.UU., de la revolución francesa y de la guillotina. Vivaldi, Handel y Bach. Mozart, Haydn y Beethoven. Voltaire y Rousseau, Goethe y Schiller. Kant y Adam Smith. Benjamin Franklin. Darwin y Newton. George Washington, Marie-Antoinette y Robespierre. Goya y Canaletto. Jovellanos, Torres Villarroel, Moratín. Y yo, siempre según mi hijo, claro.

Hoy cumplo 42 años. 42, el número que da "sentido a la vida, el universo y todo lo demás" según la setentera y divertida Guía del autoestopista galáctico (The Hitchhiker's Guide to the Galaxy) del genial Douglas Adams, "el más divertido de los números de dos dígitos", "un número ordinario y pequeño" (como esta que escribe). 42, el número atómico del Molibdeno. 42, los preceptos de Ma'at, diosa egipcia de la ley, el orden y la verdad. 42, el apartamento donde vivía Fox Mulder en la mítica "Expediente X" (babeo inconsciente). 42, la postura sexual que sigue ganando terreno al 69 (vale, sé que ahora mismo vas a dejar de leerme para buscar en Google alguna imagen; venga, tómate tu tiempo).

Sé que cumplir años no deja de ser un mero trámite, uno más administrativo y social que personal. Soy la misma de ayer y mañana también seguiré siendo la misma. No he sentido nada especial esta mañana al levantarme ni lo siento en este preciso momento con 42 agostos a mi espalda. Igual las cosas que no tienen importancia me importan aún menos, pero no es esa una cuestión de agradecer a la edad, sino a la madurez que, por cierto, no suele casarse pronto con aquella. La madurez nos hace apetecibles, como a la fruta. Apetecibles y hasta comibles, también como a la fruta. Aprendemos a convivir, a saber que no podemos dar diez a quien nos da por sistema solo cinco, a valorar a cada cual en su justa medida, a aceptar las cosas tal y como vienen, a no ocupar lugares que no nos corresponden, a dar y a pedir espacio. "Hembra Alpha", así tal cual me ha definido hace algunos días alguien que entra y sale de mi vida desde la época del instituto como los ojos del Guadiana, de manera irregular y cuando le viene en ganas (lo escribo desde el cariño y esta persona, ipad del trabajo en mano, lo sabe). Cuanto menos curiosa la manera en la que ven a una con 42 años. 42 ya...


P.S. Por casualidad, esta entrada se ha convertido en la número 100 de este blog (sonrío, pero callo).

viernes, 7 de julio de 2017

"Desconexión", una película de Henry Alex Rubin (2013)


Ficha Técnica:



Título original: Disconnect

Director: Henry Alex Rubin


Género: Drama social

Duración: 115 minutos


País: Estados Unidos





Sinopsis:


Historia coral sobre un grupo de personas, relacionadas entre sí de manera circunstancial, que intentan llenar con las múltiples posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías el vacío comunicativo que sufren en su día a día, personas perdidas en una red virtual capaz de desestabilizar sus propios cimientos vitales.


Primer plano:


Me fascinan los puntos suspensivos... Adoro como hacen tipográficamente corpóreos los silencios. Los voluntarios, los involuntarios. Los deseados, los temidos. Los forzados y hasta los obligatorios. Silencio, eso es lo que llevo necesitando el rato que hace que la voz estridente de Mickey Mouse suena en la televisión del salón (donde, por cierto, en vacaciones acampa mi hijo a sus anchas). ¡Dichoso ratón! Bien podría convertirse en unos puntos suspensivos de redondeadas orejas que inunden mi pequeño estudio con el mayor de los silencios. Está claro que debo aparcarme por un rato. Touchée! Vencida por un ratón con pantalones de voz estridente de casi noventa años.

En este momento el visionado días atrás de Desconexión me parece providencial. Reconozco que entonces tardé un rato en decidir si invertir mi tiempo en él o no; de todas las maneras que podría haber elegido el director para comenzar la película, en mi opinión, se decantó por la peor, la más circunstancial, la más inconexa de todas. Y es que utilizar un caso de pornografía online en el que, para mas inri, se ve involucrada una red de extorsión de menores provoca una visión distorsionada de la dramática extensión social del resto de las historias. Una lástima. Claro que en seguida inunda la pantalla la cautivadora sonrisa de Jason "Hogan" Bateman, tristemente encasillado en roles caricaturescos de las típicas americanadas, y esta que escribe se acomoda en su rinconcito del sofá y se olvida hasta de su nombre (suspiro).  


La intención de Rubin, el director, es tan buena que se hace merecedora de cada una de las críticas positivas que recibió en su día (que no fueron pocas). La manera de desarrollarla es más que notable. Pero, con absoluta sinceridad, yo habría prescindido del 90% del reparto. Sí, de nueve de cada diez actores por exagerado que parezca, porque ninguno de ellos llega a conmover hasta anudar la garganta, ninguno salvo ese significativo 10% que encabeza Jonah Bobo (el hermano pequeño de Josh Hutcherson en la mítica Zathura: una aventura espacial), el único de todos ellos que aprueba con matrícula. Y no digo con esto que el resto merezca ir a la hoguera, de hecho quien más y quien menos tiene ganado un siete sobre diez, pero carecen de una evidente química conjunta. La insulsa Paula Patton y el igualmente insulso Alexander Skarsgård (sí, he copiado el apellido directamente de "Google") conforman una de las parejas menos creíbles de la historia del séptimo arte (junto a Keira Knightley y Orlando Bloom en la repetitiva serie Piratas del Caribe, y a Natalie Portman y Hayden Christensen en la segunda trilogía de La Guerra de las Galaxias). Frank Grillo es un padre como el agua: insípido, incoloro e inodoro. De Marc Jacobs me limito a decir que hace bien dedicándose al diseño de bolsos. Y así, todos, cogidos con pinzas, tan políticamente correctos respecto al guion que distan de ese toque bienintencionado de realismo social que cualquier espectador agradecería al ver esta película.

En todo caso, la profundidad que requiere este tipo de personajes no debe de ser fácilmente comprimible en apenas dos horas, ni para quien dirige ni para quienes interpretan. Una ambiciosa periodista que desea destapar un caso de grooming (un adulto que abusa de la confianza de menores con fines sexuales) gracias a la relación de dudosa legalidad que llega a establecer con un chico que vende su cuerpo en una web de pago. Un matrimonio distanciado por una tragedia familiar que sufre un caso de phishing (robo de datos) que pone en jaque sus ahorros, mientras ella busca en un foro de apoyo la comprensión que no recibe de su marido, adicto a los casinos online. Un padre de familia, esclavo del móvil, que carece de tiempo para establecer relaciones afectivas con su mujer y con sus hijos, un adolescente inmerso en una espiral de autodestrucción propiciada por el ciberbullying al que le someten dos compañeros de clase y una preuniversitaria adicta a las redes sociales con una existencia superficial. Un expolicía viudo especialista en detectar ciberdelitos que debe enfrentarse a una circunstancia deleznable: su único hijo es un ciberacosador. 


En sí Disconnect es un espejo en el que mirarnos, aunque solo sea de pasada, aunque nos plantemos ante él con los ojos cerrados. En nuestros días, la distancia nos suele asustar tanto como la cercanía aunque, claro está, por motivos diferentes. Parece obligado que nos alejemos cada vez más de los que realmente tenemos cerca para, sin remedio, acercarnos virtualmente a los que están lejos. Es en esa polaridad tan física como química donde suelen residir algunos de nuestros miedos porque, por lo general, nos hace ser conscientes de que utilizamos como mecanismo de defensa la negación de lo evidente. Nos aferramos con uñas y dientes a una realidad alternativa en la que todo parece marchar a nuestro antojo, una irrealidad distante sin compromiso de permanencia que nos permite ser quienes dejamos de ser un día o, tal vez, quienes habríamos querido ser. Admitámoslo ambos, esto es lo que nos toca en el siglo de las redes sociales malentendidas. Esto es precisamente lo que se cuenta en Desconexión. ¿Sabes?, si la vergüenza dirige la conducta humana, en esos momentos la perdemos por completo y la imagen que de nosotros mismos tenemos (y/o queremos) se desdibuja con una facilidad asombrosa al proyectarse de forma convergente en el otro. En estos casos, aunque cada cual cuente con su propia verdad, esta es una única y, por suerte o por desgracia, se encuentra a la vista de todos. Así es el drama social de este metraje, cercano al tiempo que distante, real y virtual a partes iguales, cordial y hosco, emotivo y frío, humano y... artificial como nuestro perfil en las redes sociales.

Coincidirás conmigo en que un cuchillo, por sí solo, es un objeto tan inofensivo como lo puede ser un lápiz. Sin embargo, al igual que él, es el uso que cada cual le da lo que en realidad lo convierte en un artículo cotidiano o en un arma letal. Con Internet ocurre lo mismo. No hay nada pernicioso en ello, nada a menos que intencionalmente se quiera así. Phishing y pharming. Grooming y sexting. Cyberbullying y cyberstalking. Spam y scam. A diario convivimos con situaciones virtuales que ni siquiera imaginamos que existen, situaciones que ponen en peligro la integridad de nuestro entorno al completo. Lo que nos afecta les afecta, para bien o para mal. Desconexión nos acerca la cotidianidad de un grupo de personas similares a cualquiera de nosotros que han perdido la capacidad de mirarse a los ojos y hablar, hablar a corazón abierto, sin tapujos, sin rencores, sin reparos. Personas que ven en las nuevas tecnologías una vía de escape a una realidad que les asfixia a diario. A diario...





Plano subjetivo:


Hace años que los cuentos no empiezan por "érase una vez". Ni narran historias de princesas desvalidas que caen sumisas en los brazos de caballeros de valentía sin tacha. Hace años que en el cine los malos ya no son tan malos y los buenos... los buenos se prodigan poco por esos parajes tan alejados de la mano de cualquier dios. Hace años que la vida no tiene asegurado un final feliz y los protagonistas, si tienen la suerte de comer a diario, desde luego que no siempre son perdices. Internet existe y es la bruja mala del este o la buena del norte según sople el viento. La Red nos atrapa como a un banco de peces, con independencia de nuestro mayor o menor tamaño. Podemos resistirnos, podemos creer que no terminaremos en la parrilla, que saldremos indemnes de nuestra incursión, pero lo cierto es que solo el que se mantiene pegado al fondo, alejado del resto, está en principio a salvo. Eso es Desconexión, por eso me permití invertir dos horas en ella, por eso te la recomiendo a ti. Ten en cuenta que, si todo el que ve una hoja de papel se limitara a recrearse en su simpleza blanquecina en lugar de explorar sus infinitas posibilidades, toda la magia que hoy nos rodea se reduciría a unos bisontes esbozados en rojo en la pared de cualquier cueva. En parte, de ti depende. Desconéctate...



lunes, 20 de febrero de 2017

"Lo que de verdad importa", una película de Paco Arango (2016)


Ficha Técnica:

Título original: The Healer

Director: Paco Arango


Género: Comedia

Duración: 113 minutos


País: España

Estreno: 17/02/2017 en España


Sinopsis:

Alec Bailey, un joven ingeniero inglés huérfano de padre y madre, malvive con lo que gana en su tienda de arreglos "The Healer" ("El curandero"), un proyecto que nunca pudo llevar a cabo con el artífice de la idea, su hermano gemelo Charlie, fallecido un par de años atrás. Sus numerosas deudas de juego lo han sumido en una catastrófica situación de la que solo podrá salir con la ayuda de Raymon, un hermano de su madre del que nunca había oído hablar, quien le impone como única condición para saldar sus deudas pasar un año completo en Lunenburg, una pequeña población de Nueva Escocia (Canadá), lugar de donde proceden todos sus ancestros.


Primer plano:

Facebook me aburre. El desconocimiento del potencial real de las redes sociales ha convertido la de Zuckerberg en un virtual patio de vecinos en el que, mientras unos airean sin pudor alguno sus miserias, otros vocean con insistencia en busca de aprobación. El día que mi madre se abrió una cuenta y me solicitó amistad supe que ese espacio ya no era para mí. ¡Mi propia madre, a hurtadillas, qué horror! Bueno, en realidad no todo me disgusta, de hecho gracias a FB tuve conocimiento hace unos meses de la existencia de The Healer, una película especial no por sus artificios técnicos, ni por su argumento, ni siquiera por sus conocidos protagonistas o por la maravillosa fotografía. La singularidad de esta película recae en el hecho de que el 100% de los beneficios que se obtengan de la recaudación en taquilla irá destinado a la realización de un proyecto común entre la "Fundación Aladina", presidida por el polifacético Paco Arango y encargada de prestar apoyo a niños enfermos de cáncer, y "SeriousFun Children's Network", fundada por el actor Paul Newman en 1988 para el disfrute de pequeños con enfermedades graves. Con independencia de la credibilidad de la historia, de los medios empleados para llevarla a cabo, del resultado final y/o de la calidad real del producto, la noble causa a la que se dedicarán los beneficios es motivo más que suficiente para ir a verla.

Obviamente ni soy crítica de cine ni mucho menos lo pretendo. En la acogedora comodidad del lugar desde el que escribo en este momento, me defino como una simple aficionada al séptimo arte a la que no le gusta invertir dinero en producciones que no merezcan la pena por algo, sin importarme demasiado a qué se refiera esa indeterminada locución. Rara vez mi opinión coincide con la de los profesionales, posiblemente porque yo, como tú, debo pagar mi entrada. Mi alcance es ínfimo comparado con el de cualquiera de ellos, por eso no entiendo la actitud de cierto sector de la crítica especializada empeñado en tildar de "fiasco cinematográfico" el primer proyecto de este tipo 100% benéfico de nuestro país. No sé exactamente qué parte de que esta película es solidaria no han entendido, pero me queda claro que con sus ácidas (por no decir crueles) opiniones al respecto no hacen un bien a nadie (ni siquiera a ellos mismo). Digo yo que, por una vez, podrían haber dejado de lado su profesionalismo petulante, podrían haber obviado lo que para todos es obvio (que esta película no es la sobrecogedora La passion de Jeanne d'Arc de Carl Theodore Dreyer, obra maestra del cine mudo francés que me fascina y de la que puedes abrir boca aquí) y, por qué no, haber pedido encarecidamente al público que asista a las salas, que las inunden el día del espectador y, por el bien de la finalidad del proyecto, que conviertan a Lo que de verdad importa en la película más taquillera del año.

No estoy segura de que esos que se hacen llamar "críticos de cine" puedan comprender que, gracias a sus comentarios, gente que confía en su criterio no irá a ver esta cinta. Tampoco creo que sean conscientes de que no van a cobrar menos por limitarse a escribir "bueno, no es la película del año pero los beneficios irán íntegros destinados a una buena causa y solo por eso, señores espectadores, deberían ir a verla". Sí, de acuerdo, son profesionales del medio pero, ante y por encima de todo, son personas. ¡Qué país este en el que Torrente 2: Misión en Marbella recaudó en 2001 más de veintidós millones de euros! ¡Veintidós millones! ¿Acaso no llegan a imaginar lo que esa recaudación supondría para la mejora de la calidad de vida de los niños enfermos de cáncer en nuestro país? No, no creo, porque si lo hicieran, tan solo por un momento, no desalentarían con sus pérfidas parrafadas a que los espectadores acudamos en masa a las salas de cine. Lamentable.

Yo, al igual que ellos, la he visto y, aunque me ha parecido muchas cosas, una de ellas no ha sido moralista, mucho menos sensacionalista. No pretende adoctrinar sobre ningún credo. No busca tocar la fibra sensible con personajes moribundos, ni sensibilizar en extremo sobre una causa perdida como es aún en nuestros días el cáncer infantil. No salen niños enfermos que han perdido la totalidad del cabello, ni situaciones que induzcan al espectador a la lágrima fácil. A grandes rasgos, Lo que de verdad importa podría pasar perfectamente por una de esas películas que pone Antena3 un domingo por la tarde si no fuera porque en su BSO se incluye "Faith" de George Michael y la versión de Israel Kamakawiwo'ole de "Over the rainbow". Seamos honestos, el propósito fundamental de una comedia es entretener y esta historia entretiene. Sí, el argumento es simplón, está todo muy cogido con pinzas un día de viento de levante, pero te hace reír con situaciones cotidianas. Si cumple con su cometido y además es solidaria, ¿para qué pedir más?



Plano subjetivo:

Mis padres se cuidaron muy bien de enseñarme a desear siempre los buenos días y a dar las gracias. Al hacerme mayor aprendí además que, cuando sonríes, la gente te devuelve la sonrisa, quizás no a la primera, tal vez no a la segunda, pero tarde o temprano creas una complicidad tácita bastante contagiosa. Da igual cómo te lo plantees, ser agradable es muy fácil... si se quiere, claro. El problema está en que hay quienes se esfuerzan por resultar tan desagradables como el ruido que hace José Coronado al comer chocolate en el anuncio que protagoniza (¡dios, no puedo con él!). No es fácil convivir con quienes por sistema se esfuerzan por levantar muros que dificultan la marcha, nada fácil. Por eso la gente desagradable resulta tan peligrosa como un conjunto rocoso cerca de la orilla en una playa familiar. Aunque la marea lo tape, aunque la espuma salina lo enmascare, siempre seguirá en el mismo lugar, acechante, dispuesto a hacer daño. 

El 90% de la gente que conozco vive como si fuera inmortal. Son personas que afrontan el día a día como si fueran inmunes a las más variopintas enfermedades y creen que los reveses de la vida no van con ellos. Personalmente nunca he entendido bien esta filosofía vital tan humana como desacertada. Si la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, las personas desagradables, las distantes y las que se creen eternas siempre eligen el camino más largo. No me preguntes por qué. 

Vida hay una. Esto no es una partida que puedas sobrescribir si no termina como esperabas. Un minuto mal empleado, es un minuto que pierdes. Igual todo se reduzca a una simple cuestión de tiempo. No sé, quizás unos encuentren el sentido con suficiente antelación mientras para otros sea ya demasiado tarde. En cualquier caso, siempre es una suerte contar con alguien que encuentra el valor suficiente para agradecerte que un buen día te cruzaras en su camino, tú, tan mortal y mundano. Alguien que no necesita de palabras rebuscadas para hacerte sentir único por un rato. Alguien que ha asumido que lo que no se dice se enquista y termina haciendo daño. Alguien que al respirar al otro lado del teléfono te hace comprender que lo bueno de los días grises es que combinan con todos los colores. Alguien a quien más que nunca quisieras decirle que es la primera vez en mucho, en muchísimo tiempo que disfrutas de su presencia. A quien deseas confesarle que nunca callas por orgullo sino por miedo, por un miedo irracional a la cercanía entre ambos. Una cercanía que provoca un vértigo horrible, el vértigo que debe de sentir un funámbulo, pero uno malo, uno de esos que caminan temblorosos por la cuerda floja seguros de que, tarde o temprano, caerán al suelo desde una altura considerable. Uno de esos funámbulos que no quieren prescindir del riesgo, o quizás no puedan, o no les apetezca. Uno de esos que no llegan a viejos. Siempre es una suerte contar con alguien con quien compartes la idea de que, esos mismos académicos que han incluido en el Diccionario de la RAE el sustantivo "almóndiga", deberían inventar un término que incluyera todo lo que nos gustaría decir en los momentos en los que nos quedamos cortos de palabras.

Ser agradable es fácil, créeme. Así que, si tienes la fortuna de disfrutar de la presencia de alguien que te haga sentir bien, procura devolverle en la medida que te de. No esperes a mañana, hazme caso. No esperes porque hay algo mucho peor que el hecho de que no seas inmortal y es el que esa persona que llena tus vacíos, que te admira en la distancia, que te escucha sin juzgarte, te comprende con solo mirarte y te sonríe en silencio, esa persona en la que ahora piensas tampoco lo es.