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viernes, 7 de julio de 2017

"Desconexión", una película de Henry Alex Rubin (2013)


Ficha Técnica:



Título original: Disconnect

Director: Henry Alex Rubin


Género: Drama social

Duración: 115 minutos


País: Estados Unidos





Sinopsis:


Historia coral sobre un grupo de personas, relacionadas entre sí de manera circunstancial, que intentan llenar con las múltiples posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías el vacío comunicativo que sufren en su día a día, personas perdidas en una red virtual capaz de desestabilizar sus propios cimientos vitales.


Primer plano:


Me fascinan los puntos suspensivos... Adoro como hacen tipográficamente corpóreos los silencios. Los voluntarios, los involuntarios. Los deseados, los temidos. Los forzados y hasta los obligatorios. Silencio, eso es lo que llevo necesitando el rato que hace que la voz estridente de Mickey Mouse suena en la televisión del salón (donde, por cierto, en vacaciones acampa mi hijo a sus anchas). ¡Dichoso ratón! Bien podría convertirse en unos puntos suspensivos de redondeadas orejas que inunden mi pequeño estudio con el mayor de los silencios. Está claro que debo aparcarme por un rato. Touchée! Vencida por un ratón con pantalones de voz estridente de casi noventa años.

En este momento el visionado días atrás de Desconexión me parece providencial. Reconozco que entonces tardé un rato en decidir si invertir mi tiempo en él o no; de todas las maneras que podría haber elegido el director para comenzar la película, en mi opinión, se decantó por la peor, la más circunstancial, la más inconexa de todas. Y es que utilizar un caso de pornografía online en el que, para mas inri, se ve involucrada una red de extorsión de menores provoca una visión distorsionada de la dramática extensión social del resto de las historias. Una lástima. Claro que en seguida inunda la pantalla la cautivadora sonrisa de Jason "Hogan" Bateman, tristemente encasillado en roles caricaturescos de las típicas americanadas, y esta que escribe se acomoda en su rinconcito del sofá y se olvida hasta de su nombre (suspiro).  


La intención de Rubin, el director, es tan buena que se hace merecedora de cada una de las críticas positivas que recibió en su día (que no fueron pocas). La manera de desarrollarla es más que notable. Pero, con absoluta sinceridad, yo habría prescindido del 90% del reparto. Sí, de nueve de cada diez actores por exagerado que parezca, porque ninguno de ellos llega a conmover hasta anudar la garganta, ninguno salvo ese significativo 10% que encabeza Jonah Bobo (el hermano pequeño de Josh Hutcherson en la mítica Zathura: una aventura espacial), el único de todos ellos que aprueba con matrícula. Y no digo con esto que el resto merezca ir a la hoguera, de hecho quien más y quien menos tiene ganado un siete sobre diez, pero carecen de una evidente química conjunta. La insulsa Paula Patton y el igualmente insulso Alexander Skarsgård (sí, he copiado el apellido directamente de "Google") conforman una de las parejas menos creíbles de la historia del séptimo arte (junto a Keira Knightley y Orlando Bloom en la repetitiva serie Piratas del Caribe, y a Natalie Portman y Hayden Christensen en la segunda trilogía de La Guerra de las Galaxias). Frank Grillo es un padre como el agua: insípido, incoloro e inodoro. De Marc Jacobs me limito a decir que hace bien dedicándose al diseño de bolsos. Y así, todos, cogidos con pinzas, tan políticamente correctos respecto al guion que distan de ese toque bienintencionado de realismo social que cualquier espectador agradecería al ver esta película.

En todo caso, la profundidad que requiere este tipo de personajes no debe de ser fácilmente comprimible en apenas dos horas, ni para quien dirige ni para quienes interpretan. Una ambiciosa periodista que desea destapar un caso de grooming (un adulto que abusa de la confianza de menores con fines sexuales) gracias a la relación de dudosa legalidad que llega a establecer con un chico que vende su cuerpo en una web de pago. Un matrimonio distanciado por una tragedia familiar que sufre un caso de phishing (robo de datos) que pone en jaque sus ahorros, mientras ella busca en un foro de apoyo la comprensión que no recibe de su marido, adicto a los casinos online. Un padre de familia, esclavo del móvil, que carece de tiempo para establecer relaciones afectivas con su mujer y con sus hijos, un adolescente inmerso en una espiral de autodestrucción propiciada por el ciberbullying al que le someten dos compañeros de clase y una preuniversitaria adicta a las redes sociales con una existencia superficial. Un expolicía viudo especialista en detectar ciberdelitos que debe enfrentarse a una circunstancia deleznable: su único hijo es un ciberacosador. 


En sí Disconnect es un espejo en el que mirarnos, aunque solo sea de pasada, aunque nos plantemos ante él con los ojos cerrados. En nuestros días, la distancia nos suele asustar tanto como la cercanía aunque, claro está, por motivos diferentes. Parece obligado que nos alejemos cada vez más de los que realmente tenemos cerca para, sin remedio, acercarnos virtualmente a los que están lejos. Es en esa polaridad tan física como química donde suelen residir algunos de nuestros miedos porque, por lo general, nos hace ser conscientes de que utilizamos como mecanismo de defensa la negación de lo evidente. Nos aferramos con uñas y dientes a una realidad alternativa en la que todo parece marchar a nuestro antojo, una irrealidad distante sin compromiso de permanencia que nos permite ser quienes dejamos de ser un día o, tal vez, quienes habríamos querido ser. Admitámoslo ambos, esto es lo que nos toca en el siglo de las redes sociales malentendidas. Esto es precisamente lo que se cuenta en Desconexión. ¿Sabes?, si la vergüenza dirige la conducta humana, en esos momentos la perdemos por completo y la imagen que de nosotros mismos tenemos (y/o queremos) se desdibuja con una facilidad asombrosa al proyectarse de forma convergente en el otro. En estos casos, aunque cada cual cuente con su propia verdad, esta es una única y, por suerte o por desgracia, se encuentra a la vista de todos. Así es el drama social de este metraje, cercano al tiempo que distante, real y virtual a partes iguales, cordial y hosco, emotivo y frío, humano y... artificial como nuestro perfil en las redes sociales.

Coincidirás conmigo en que un cuchillo, por sí solo, es un objeto tan inofensivo como lo puede ser un lápiz. Sin embargo, al igual que él, es el uso que cada cual le da lo que en realidad lo convierte en un artículo cotidiano o en un arma letal. Con Internet ocurre lo mismo. No hay nada pernicioso en ello, nada a menos que intencionalmente se quiera así. Phishing y pharming. Grooming y sexting. Cyberbullying y cyberstalking. Spam y scam. A diario convivimos con situaciones virtuales que ni siquiera imaginamos que existen, situaciones que ponen en peligro la integridad de nuestro entorno al completo. Lo que nos afecta les afecta, para bien o para mal. Desconexión nos acerca la cotidianidad de un grupo de personas similares a cualquiera de nosotros que han perdido la capacidad de mirarse a los ojos y hablar, hablar a corazón abierto, sin tapujos, sin rencores, sin reparos. Personas que ven en las nuevas tecnologías una vía de escape a una realidad que les asfixia a diario. A diario...





Plano subjetivo:


Hace años que los cuentos no empiezan por "érase una vez". Ni narran historias de princesas desvalidas que caen sumisas en los brazos de caballeros de valentía sin tacha. Hace años que en el cine los malos ya no son tan malos y los buenos... los buenos se prodigan poco por esos parajes tan alejados de la mano de cualquier dios. Hace años que la vida no tiene asegurado un final feliz y los protagonistas, si tienen la suerte de comer a diario, desde luego que no siempre son perdices. Internet existe y es la bruja mala del este o la buena del norte según sople el viento. La Red nos atrapa como a un banco de peces, con independencia de nuestro mayor o menor tamaño. Podemos resistirnos, podemos creer que no terminaremos en la parrilla, que saldremos indemnes de nuestra incursión, pero lo cierto es que solo el que se mantiene pegado al fondo, alejado del resto, está en principio a salvo. Eso es Desconexión, por eso me permití invertir dos horas en ella, por eso te la recomiendo a ti. Ten en cuenta que, si todo el que ve una hoja de papel se limitara a recrearse en su simpleza blanquecina en lugar de explorar sus infinitas posibilidades, toda la magia que hoy nos rodea se reduciría a unos bisontes esbozados en rojo en la pared de cualquier cueva. En parte, de ti depende. Desconéctate...



martes, 5 de mayo de 2015

"La vida de Pi", una película de Ang Lee (2012)


Ficha Técnica:


Título original: Life of Pi

Guion: David Magee (según la novela homónima de Yann Martel)

Género: Drama

Duración: 127 minutos

País: Estados Unidos



“Al final la vida se convierte en un acto de renuncia. Pero lo que causa mayor dolor es no tener un momento para despedirse"


Sinopsis:

El zoo de Pondicherry (La India) debe cerrar sus puertas definitivamente. El joven Piscine "Pi" Molitor Patel, hijo del propietario, se ve obligado a viajar a Canadá junto a su familia y todos los animales en busca de una nueva y mejor vida. Sin embargo, tras un terrible naufragio en medio del Océano Pacífico, Pi termina en un bote salvavidas con la única compañía de "Richard Parker", un fiero tigre de bengala, con el que emprende una emocionante historia de supervivencia que finaliza en la costa de México casi un año más tarde. 


Primer plano:

Admito que tenía una idea un tanto equivocada sobre esta película. Alguien me había comentado que era ideal para disfrutarla con niños, por lo que empecé a concebirla como un producto destinado al público infantil y eso, precisamente eso, era lo que menos me motivaba (Disney-Pixar hace cuatro años que invadió mi casa sin ningún tipo de consideración, con ellos me basta). Pero, al igual que sucede con las personas, a las películas también suelo darles una oportunidad (a veces hasta dos e, incluso, tres) y, bueno, mi sorpresa en esta ocasión no pudo ser más grata. La vida de Pi no es una película destinada al público infantil; su densidad de contenido la aleja de quienes, de seguro, no pueden entender esta intensa y maravillosa metáfora sobre el sentido último de la vida, ni siquiera con la ayuda de un adulto. La vida de Pi es una de esas historias coloristas, casi mágicas, que empujan a reflexionar sobre el instinto de supervivencia y la profundidad (o superficialidad) de lo que nos rodea. Todo tiene su momento, no me cabe la menor duda, y el de la historia de Ang Lee parece que me ha llegado.

La tendencia general de la crítica se ha centrado en destacar la lucha manifiesta en la historia de Pi entre ciencia y religión, entre la apariencia externa que nos diferencia y la riqueza interna que nos asemeja, entre razón y pasión. No soy yo la que va a llevarles la contraria, pero eso no me impide considerar sus comentarios una sarta de obviedades que obligan a pasar por alto un trasfondo mucho más sencillo y humano: Todos sin excepción convivimos a diario con un tigre de bengala. Claro está que no me refiero a un animal de carne y hueso, sino a uno que adquiere en nuestras vidas las formas más diversas que alcancemos a imaginar. Un/a compañero/a de viaje que más que facilitar el tránsito lo dificulta. Un/a hijo/a del que no se saca provecho. Una economía familiar bajo mínimos. Un periodo de inactividad laboral que se hace eterno. Pérdidas personales que cuestan superar. Enfermedades crónicas que consumen poco a poco. Hay "tigres" pasajeros, como el de la película, que nos complican la existencia durante un tiempo indefinido que siempre nos parece más largo de lo que en realidad resulta ser. Pero también hay “tigres” con los que se está condenado a convivir, de esos que consumen las fuerzas, que te hacen diferente, que te convierten en una persona cada vez más alejada de lo que proyectas de ti mismo. Si bien los segundos son más voraces que los primeros, por desgracia, ambos suponen el mismo peligro para el ser humano.

La vida de Pi no es solo una película con una fotografía espectacular capaz de sumergirnos en un mar de brillantes medusas que ganan en intensidad a las mismísimas estrellas. Si se rasca un poco su superficie, capas de colores imposibles dan paso a una sutil y certera critica a la sociedad actual. Por un lado, están los que como Pi se adaptan a las circunstancias y afrontan la vida como viene, por otro, los que dejan escapar oportunidades, ocultan sentimientos y manifiestan su rabia de forma equivocada. Los que como Pi luchan incansables contra las adversidades y los que se pasan el día quejándose por nimiedades sentados en un sofá. Hay gente llena de heridas y gente que no se hace la menor idea de lo que duele el zarpazo de uno de estos tigres figurados. De todo eso (y de mucho más que no logro comprender) trata la fascinante Life of Pi.

No voy a seguir afilando un lápiz que ya tiene suficiente punta, pero sí me voy a permitir reseñar una última cuestión. "Richard Parker" no se despidió de Pi. Una vez en tierra firme el animal se fue, sin remordimientos, sin el mínimo apego, totalmente indiferente pese al tiempo que habían pasado juntos y las experiencias que habían compartido. Y al joven Pi se le quebró el corazón unos minutos, solo unos minutos, antes de continuar avanzando en la dirección contraria. Eso mismo ocurre con nuestros "tigres". En ocasiones nos acostumbramos tanto a nuestros problemas que no sabemos vivir sin ellos. Da igual cuál sea su naturaleza. Matrimonios mal avenidos que nunca terminan en ruptura. Relaciones tóxicas de las que dependemos pese a sernos perjudiciales. Amistades más falsas que los productos que se venden en Aliexpress (con todos mis respetos a los "aliadictos"). Miedo a embarcarnos en un nuevo proyecto. Pánico a empezar de cero, al cambio. Quizás por eso Pi necesitaba despedirse del tigre, por eso esperaba que también la fiera se despidiera de él, porque quería pasar página. Y quizás también por eso mismo "Richard Parker" no volvió la vista atrás. El animal, al igual que sucede con la mayoría de las adversidades que sufrimos, tal y como había llegado... se fue.



Plano subjetivo:

Aquí donde me imaginas yo no soy una excepción. Mi "tigre" me fue diagnosticado en enero de 2008 y, desde entonces, pongo todo mi empeño en que no adquiera en mi vida más protagonismo del que me corresponde a mí misma. Con los años voy aprendiendo a llevar su existencia con mayor discreción, aunque reconozco que, en momentos de debilidad, se me escapan ciertas pinceladas que no me hacen ningún favor. Con estas cosas es mejor dejarse llevar por el "todo o nada", porque con las medias tintas, sin pretenderlo, obligo a que cada cual imagine mi “tigre” a su manera, maneras que rara vez coinciden con la realidad. 

Aquí donde me intuyes no me siento una víctima de las circunstancias: Mi "tigre" impone algunas normas, pero no mueve mis hilos. En realidad me siento mucho más libre que quienes cuelgan fotos poniendo ridículos morritos en sus perfiles de Facebook y pasan el día esperando los comentarios de unos supuestos "amigos" que solo escriben lo que saben que se quiere leer. Yo no celebro esos "me gusta", paso olímpicamente de ellos, prefiero celebrar el poder abstenerme de la ingesta de corticoides sintéticos a "puntapala" y el dejar de obsesionarme durante un tiempo con el maldito "síndrome de Cushing". ¡Qué diferente se ve la historia dependiendo de la butaca en la que permanezcas sentado!

¿Y todo esto para qué? Pues, ya que andas por aquí, para recomendarte que te tomes la vida como te plazca. Llora, patalea o grita cuánto te apetezca. Quéjate, échale las culpas al otro, compárate con los demás. Pon caras ridículas en las fotos, viste según los dictados de la moda. Emplea tu tiempo en lo que quieras como si fueras inmortal, pero no dejes de tener nunca, nunca, presente que los "tigres", con independencia de su naturaleza, procedencia y subespecie, son carnívoros.


miércoles, 28 de enero de 2015

"Born Equal", una película de Dominic Savage (2006)


Ficha Técnica:


Título original: Born Equal

Género: Drama Social

Actores principales: Colin Firth y Robert Carlyle

Duración: 83 minutos

País: Reino Unido




Sinopsis:

Robert, un asesino convicto recién salido de la cárcel, accede como único recurso a un hostal de la periferia de Londres donde también se refugian Yemi e Itshe, una pareja exiliada de Nigeria por presiones políticas, y Zoe, una adolescente que acaba de escaparse de casa. Mientras hace de la búsqueda de su propia madre su dedicación casi exclusiva, Robert entabla amistad con Michelle, una mujer embarazada que huye de un marido maltratador. En una lujosa zona residencia de la misma ciudad vive Mark, un rico banquero que intenta llenar el vacío que le produce su matrimonio proporcionando ayuda a los menos afortunados según las directrices de una asistente social llamada Sally.
La vida de cada uno de los personajes se cruzará de manera sorprendente en el Londres del nuevo milenio y se encaminará sin remedio a un final por escribir del que solo ellos serán responsables. 


Primer plano:

El verano pasado, por circunstancias de esas que crees que solo les ocurren a los demás hasta que te pasan a ti, tuvimos la oportunidad de disfrutar en familia de una semana en Londres, la ciudad de los museos gratuitos. Guillermo alucinó, no solo por ver la city desde la primera fila del segundo piso de unos maravillosos autobuses rojos, sino por pasar toda una tarde en el Natural History Museum ("Museo de Historia Natural") viendo los más variopintos dinosaurios (y un día entero en Peppa Pig World, que mi hijo no deja de ser un niño, al que le gustan los museos, pero un niño al fin y al cabo). El ritmo vertiginoso de la mayor área urbana de toda la Unión Europea se quedó acoplado a nuestros zapatos imponiéndonos una marcha que, a duras penas, habríamos soportado un par de días más.
Recuerdo en particular una noche. Después de una jornada agotadora de idas y venidas, mi marido y mi hijo cayeron exhaustos en la cama mientras yo, abonada dentro y fuera de nuestras fronteras a un insufrible insomnio, me rendí al televisor como trillado consuelo. El momento fue providencial. En uno de los pocos canales que estaban sintonizados empezaba Born Equal, una película de alto contenido social producida por la BBC directamente para la televisión y con la que se pretendía celebrar el 40º aniversario de Cathy, come home de Ken Loach (1966), también producida para televisión por la BBC y con la misma carga social. Casi nada.

Créeme cuando te digo que es una exquisitez de principio a fin. La crítica social contenida en algo menos de una hora y media es tan brutal que deja sin saber bien qué decir al respecto más allá, eso sí, de que se trata de una historia de personas que se cruzan, de sentimientos que se encuentran, de realidades que se descubren y de vidas que se apagan a distinto ritmo pero de forma inevitable. Puro y simple placer fílmico. 
Es obvio que los escenarios principales no se localizan en una ciudad tan rojigualda como la mía, una copia mala de la que un día fue, una ciudad que parece que esté en venta a razón de la de carteles de negocios con las puertas cerradas que se ven a mi paso. No, definitivamente no se desarrolla en un país tan en ruinas como el mío aunque, en realidad, no es necesaria esa cercanía visual para sentirlo todo muy cercano (los edificios del extrarradio jamás han entendido ni de modas ni de costumbres). En Born Equal el oprimido sufre su opresión en silencio mientras el acomodado disfruta de su comodidad a voz en grito. No hay más, no necesita más. La desigualdad social a flor de piel entre personas que, aun compartiendo el mismo espacio, pertenecen a mundos diferentes. Personas que, guste o no, se cruzan en nuestro camino a diario sin que nos demos cuenta de que todos sin excepción, ellos y nosotros, soportamos un hambre terrible agarrada a nuestras tripas: Unos de alimentos, otros de afecto, de ilusiones, esperanzas. Pero hambre al fin y al cabo.

Dominic Savage cuenta con un magnífico reparto (encabezado por un sereno y atractivísimo Colin Firth y por un soberbio Robert Carlyle) para recordarnos que no es más feliz el que más tiene aunque tampoco el que menos necesita. Sin ir más lejos Mark, teniendo todos los ingredientes necesarios para ser feliz, en realidad no lo es simplemente porque se siente atrapado en un estilo de vida que no le satisface. Y, aunque compartir su tiempo con los desfavorecidos le hace crecer como persona al tiempo que le sirve para evadirse de un matrimonio sumido en la rutina, al final decide volver por voluntad propia a esa aburrida "zona de confort" en la que encuentra al acecho su perdición mental... y física. Tan real como la vida misma. Pero no corren mejor suerte los personajes que sobreviven al otro lado del Támesis porque nadie sale vencedor en esta historia de vencidos, nadie sufre un repentino cambio de suerte por mucho empeño que ponga en ello. Lo que yo te diga, tan real como la vida misma.


Plano subjetivo:

Born Equal es un producto altamente recomendable para su consumo. ¿Por qué? Porque cada día morimos un poco. Cada día, sin que nos demos cuenta, todo se acelera a nuestro alrededor mientras nosotros nos ralentizamos. Cada día, hasta que llega el momento en el que ni siquiera nos sentimos parte del mundo en el que vivimos. Porque pertenecerá a otros sin hambre, ni de alimentos, ni de afectos, ni de ilusiones o esperanzas. Otros que cada día morirán un poco. Porque cada día, sin que se den cuenta, todo se acelerará a su alrededor mientras ellos se ralentizan. Cada día, créeme, hasta que llegue el momento en el que ni siquiera se sientan parte del mundo en el que viven. Porque ya pertenecerá a otros. 
Esta película es un regalo no perecedero. No importa cuándo lo consumas, no se estropeará, pero mejor consúmelo pronto porque, como ya sabes, cada día morimos un poco...


jueves, 23 de mayo de 2013

"Café de Flore", una película de Jean-Marc Vallée (2011)


Ficha Técnica:


Título original: Café de Flore

Director: Jean-Marc Vallée

Género: Drama

Duración: 120 minutos

País: Canadá






Sinopsis:


Antoine, un exitoso DJ de Montreal, lo tiene todo al alcance de la mano para ser feliz. El amor de Rose, su nueva pareja. El cariño de sus dos hijas. La entrega afectuosa de sus padres. Dinero. Salud. Y una profunda crisis existencial favorecida por Carole, su exmujer, su amor de juventud, el hilo de unión con la historia de Jacqueline, una madre entregada a la crianza en solitario de su hijo Laurent, síndrome de Down, en el París de los años sesenta. Su afán por no dejar desprotegido socialmente al pequeño roza la obsesión. La vida común de madre e hijo fluye con la tranquilidad de las aguas del Sena hasta que aparece Veronique, una nueva compañera de colegio del pequeño aquejada del mismo síndrome, con la que Laurent pronto conectará de manera excepcional. El mundo se agita bajo los pies de Jacqueline, que no sabe aceptar que su hijo necesite a alguien que no sea ella misma, como lo hace bajo los de Carole, que sufre al comprobar que su exmarido es feliz en los brazos de otra mujer.



En la teoría:

Estos días están siendo muy especiales para mi hijo. Comienza una nueva etapa en su vida sin celulosa ni toallitas húmedas. Él mismo sabe, dentro del entendimiento propio de su edad, que es el único protagonista de algo importante que está ocurriendo a su alrededor. No voy a mentir, le está costando. Se niega a utilizar el orinal y, así, es difícil. Que tenga paciencia me dicen las señoritas, que solo lleva cuatro días... ¡y veinte lavadoras! Hace un rato, mientras yo servía la comida, se ha acercado a mí muy apurado, casi haciendo “pucheritos”, con el pantalón empapado:
- Mamá, soy malo.
- No, cariño, tú no eres malo, eres el niño más bueno del mundo. ¿Por qué dices que eres malo?
- Porque me he hecho pipí encima.

Me lo temía. "La comida puede esperar". Tocaba momento charla madre-hijo. Reconozco que no sé cómo hacerle entender que se trata solo de una fase evolutiva, que no me enfado porque aún no sepa controlar los esfínteres ni que tampoco me importa ir tras él con la fregona para limpiar lo que ensucia cada treinta minutos. Intuyo que me sobran palabras aunque sé que compenso con las buenas intenciones. No me queda más que echarle paciencia. Me he arrodillado en el suelo, me he sentado sobre las piernas para estar a su altura y lo he colocado frente a mí. “¡Ay, dios, qué le digo yo ahora!”. He respirado hondo y... Al final, él ha sonreído satisfecho. Yo, también.
Creo que jamás podré entenderme con nadie tan bien como me entiendo con él. Si yo creyera en la existencia del alma, que no creo, desde luego que sin duda alguna nombraría a mi hijo portador de mi alma gemela aun sabiendo que la apreciación no es compartida. Soy de las que defienden que la conexión que se establece entre los seres humanos es más química que espiritual y viene motivada por detonantes tan dispares como una mirada dirigida a los labios o un recurrente déjà-vu, nueve meses en el vientre o cinco minutos en el "Messenger", un silencio prolongado o una llamada a tiempo. Nunca se necesitan demasiadas razones, solo algo de voluntad. Estoy segura de que en la inmensidad del mundo existe alguien con quien poder conectar con la facilidad, la simpleza y la exactitud de un puzle de dos piezas. En eso consiste exactamente Café de flore, una coproducción franco-canadiense de 2011 dirigida por Jean-Marc Vallée.

La crítica española no fue nada benévola con la tercera película de Vallée tras la aclamada y totalmente recomendable C.R.A.Z.Y. (2005). ¡Ah, los críticos y sus patochadas! La tacharon de auténtica pifia, de pretensiosa y descuidada, de caos mal resuelto y de no sé cuántas cosas terribles más. Lo cierto es que a mí, como espectadora, no me pareció nada de eso. Igual es que yo no escribo movida por las cifras de la taquilla, no sé. Desde luego, si estos son los mismos que opinan que el papel interpretado por sir Ben Kingsley en Ironman 3 es un gusto para los sentidos, apaga y vámonos.

El planteamiento argumental de Café de flore presenta una dualidad alternante desde el inicio de la película hasta casi el final, cuando se descubre el punto de unión de dos historias, aparentemente lejanas en espacio (París-Montreal) y tiempo (años sesenta-actualidad) pero con dos elementos comunes: El amor incondicional (de una madre por su hijo-de una mujer por su exmarido) y la canción que da título a la película ("Café de flore" de Matthew Herbert). La estructura triangular es la encargada de generar la tensión argumental al punto de su ruptura. Jacqueline-Laurent-Veronique y Carole-Antoine-Rose conforman dos triángulos de aristas redondeadas en los que el amor es bien y mal entendido en diferente proporción. ¿Existen las almas gemelas?, parece que sí, aunque no siempre se sea correspondido.

Ese es el caso de Jacqueline y de Carole, dos mujeres y una única obsesión. La primera en el París de los años sesenta, abandonada por su marido, lucha por evitar la exclusión social de su hijo con síndrome de Down. La segunda en el Montreal de nuestros días, ve como su exmarido, un afamado DJ, sufre una gran crisis de identidad. Dos ciudades diferentes, dos épocas diferentes, pero un mismo amor atemporal visto desde un prisma obsesivo y protector. El final de la cinta, inimaginable pese a las sutiles pistas que se nos descubren, ayuda al espectador a unir los fragmentos de una historia que se alarga cuatro décadas en el tiempo.


Una mención especial merece el recurrente artificio de Vallée que, como ya hiciera en C.R.A.Z.Y., convierte la ambientación musical en hilo conductor de una acción cambiante al estilo de los discos en los platos de un DJ experimentado. Tomando de referente la canción de Herbert en sus múltiples variantes, el recorrido sonoro regala temas de "The Cure", "Pink Floyd" y "Sigur Rós" entre otros. Gracias a esta exquisita banda sonora se liberalizan las emociones de los protagonistas: Una forma magistral de utilizar un bien universal en propio beneficio.




En la práctica:

Café de flore es una película intensa, emotiva y conmovedora, sensible y musical. Es una historia corriente de amores extraordinarios que no sucumben a la muerte, ni real ni metafórica, y que intentan mantenerse intactos recluidos en una burbuja. Es la historia de personas que tienen los ingredientes necesarios para ser felices y que, sin embargo, no lo son. Tal vez sea tu historia. O la del vecino. Puede que un día sea la de mi hijo. O quizás la del tuyo. No lo sé, nunca se sabe. ¿Me permites un consejo?, si quieres conservar a tu alma gemela regálale un hueco en el cajón de tus calcetines. Cada cual que saque sus propias conclusiones.