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viernes, 7 de julio de 2017

"Desconexión", una película de Henry Alex Rubin (2013)


Ficha Técnica:



Título original: Disconnect

Director: Henry Alex Rubin


Género: Drama social

Duración: 115 minutos


País: Estados Unidos





Sinopsis:


Historia coral sobre un grupo de personas, relacionadas entre sí de manera circunstancial, que intentan llenar con las múltiples posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías el vacío comunicativo que sufren en su día a día, personas perdidas en una red virtual capaz de desestabilizar sus propios cimientos vitales.


Primer plano:


Me fascinan los puntos suspensivos... Adoro como hacen tipográficamente corpóreos los silencios. Los voluntarios, los involuntarios. Los deseados, los temidos. Los forzados y hasta los obligatorios. Silencio, eso es lo que llevo necesitando el rato que hace que la voz estridente de Mickey Mouse suena en la televisión del salón (donde, por cierto, en vacaciones acampa mi hijo a sus anchas). ¡Dichoso ratón! Bien podría convertirse en unos puntos suspensivos de redondeadas orejas que inunden mi pequeño estudio con el mayor de los silencios. Está claro que debo aparcarme por un rato. Touchée! Vencida por un ratón con pantalones de voz estridente de casi noventa años.

En este momento el visionado días atrás de Desconexión me parece providencial. Reconozco que entonces tardé un rato en decidir si invertir mi tiempo en él o no; de todas las maneras que podría haber elegido el director para comenzar la película, en mi opinión, se decantó por la peor, la más circunstancial, la más inconexa de todas. Y es que utilizar un caso de pornografía online en el que, para mas inri, se ve involucrada una red de extorsión de menores provoca una visión distorsionada de la dramática extensión social del resto de las historias. Una lástima. Claro que en seguida inunda la pantalla la cautivadora sonrisa de Jason "Hogan" Bateman, tristemente encasillado en roles caricaturescos de las típicas americanadas, y esta que escribe se acomoda en su rinconcito del sofá y se olvida hasta de su nombre (suspiro).  


La intención de Rubin, el director, es tan buena que se hace merecedora de cada una de las críticas positivas que recibió en su día (que no fueron pocas). La manera de desarrollarla es más que notable. Pero, con absoluta sinceridad, yo habría prescindido del 90% del reparto. Sí, de nueve de cada diez actores por exagerado que parezca, porque ninguno de ellos llega a conmover hasta anudar la garganta, ninguno salvo ese significativo 10% que encabeza Jonah Bobo (el hermano pequeño de Josh Hutcherson en la mítica Zathura: una aventura espacial), el único de todos ellos que aprueba con matrícula. Y no digo con esto que el resto merezca ir a la hoguera, de hecho quien más y quien menos tiene ganado un siete sobre diez, pero carecen de una evidente química conjunta. La insulsa Paula Patton y el igualmente insulso Alexander Skarsgård (sí, he copiado el apellido directamente de "Google") conforman una de las parejas menos creíbles de la historia del séptimo arte (junto a Keira Knightley y Orlando Bloom en la repetitiva serie Piratas del Caribe, y a Natalie Portman y Hayden Christensen en la segunda trilogía de La Guerra de las Galaxias). Frank Grillo es un padre como el agua: insípido, incoloro e inodoro. De Marc Jacobs me limito a decir que hace bien dedicándose al diseño de bolsos. Y así, todos, cogidos con pinzas, tan políticamente correctos respecto al guion que distan de ese toque bienintencionado de realismo social que cualquier espectador agradecería al ver esta película.

En todo caso, la profundidad que requiere este tipo de personajes no debe de ser fácilmente comprimible en apenas dos horas, ni para quien dirige ni para quienes interpretan. Una ambiciosa periodista que desea destapar un caso de grooming (un adulto que abusa de la confianza de menores con fines sexuales) gracias a la relación de dudosa legalidad que llega a establecer con un chico que vende su cuerpo en una web de pago. Un matrimonio distanciado por una tragedia familiar que sufre un caso de phishing (robo de datos) que pone en jaque sus ahorros, mientras ella busca en un foro de apoyo la comprensión que no recibe de su marido, adicto a los casinos online. Un padre de familia, esclavo del móvil, que carece de tiempo para establecer relaciones afectivas con su mujer y con sus hijos, un adolescente inmerso en una espiral de autodestrucción propiciada por el ciberbullying al que le someten dos compañeros de clase y una preuniversitaria adicta a las redes sociales con una existencia superficial. Un expolicía viudo especialista en detectar ciberdelitos que debe enfrentarse a una circunstancia deleznable: su único hijo es un ciberacosador. 


En sí Disconnect es un espejo en el que mirarnos, aunque solo sea de pasada, aunque nos plantemos ante él con los ojos cerrados. En nuestros días, la distancia nos suele asustar tanto como la cercanía aunque, claro está, por motivos diferentes. Parece obligado que nos alejemos cada vez más de los que realmente tenemos cerca para, sin remedio, acercarnos virtualmente a los que están lejos. Es en esa polaridad tan física como química donde suelen residir algunos de nuestros miedos porque, por lo general, nos hace ser conscientes de que utilizamos como mecanismo de defensa la negación de lo evidente. Nos aferramos con uñas y dientes a una realidad alternativa en la que todo parece marchar a nuestro antojo, una irrealidad distante sin compromiso de permanencia que nos permite ser quienes dejamos de ser un día o, tal vez, quienes habríamos querido ser. Admitámoslo ambos, esto es lo que nos toca en el siglo de las redes sociales malentendidas. Esto es precisamente lo que se cuenta en Desconexión. ¿Sabes?, si la vergüenza dirige la conducta humana, en esos momentos la perdemos por completo y la imagen que de nosotros mismos tenemos (y/o queremos) se desdibuja con una facilidad asombrosa al proyectarse de forma convergente en el otro. En estos casos, aunque cada cual cuente con su propia verdad, esta es una única y, por suerte o por desgracia, se encuentra a la vista de todos. Así es el drama social de este metraje, cercano al tiempo que distante, real y virtual a partes iguales, cordial y hosco, emotivo y frío, humano y... artificial como nuestro perfil en las redes sociales.

Coincidirás conmigo en que un cuchillo, por sí solo, es un objeto tan inofensivo como lo puede ser un lápiz. Sin embargo, al igual que él, es el uso que cada cual le da lo que en realidad lo convierte en un artículo cotidiano o en un arma letal. Con Internet ocurre lo mismo. No hay nada pernicioso en ello, nada a menos que intencionalmente se quiera así. Phishing y pharming. Grooming y sexting. Cyberbullying y cyberstalking. Spam y scam. A diario convivimos con situaciones virtuales que ni siquiera imaginamos que existen, situaciones que ponen en peligro la integridad de nuestro entorno al completo. Lo que nos afecta les afecta, para bien o para mal. Desconexión nos acerca la cotidianidad de un grupo de personas similares a cualquiera de nosotros que han perdido la capacidad de mirarse a los ojos y hablar, hablar a corazón abierto, sin tapujos, sin rencores, sin reparos. Personas que ven en las nuevas tecnologías una vía de escape a una realidad que les asfixia a diario. A diario...





Plano subjetivo:


Hace años que los cuentos no empiezan por "érase una vez". Ni narran historias de princesas desvalidas que caen sumisas en los brazos de caballeros de valentía sin tacha. Hace años que en el cine los malos ya no son tan malos y los buenos... los buenos se prodigan poco por esos parajes tan alejados de la mano de cualquier dios. Hace años que la vida no tiene asegurado un final feliz y los protagonistas, si tienen la suerte de comer a diario, desde luego que no siempre son perdices. Internet existe y es la bruja mala del este o la buena del norte según sople el viento. La Red nos atrapa como a un banco de peces, con independencia de nuestro mayor o menor tamaño. Podemos resistirnos, podemos creer que no terminaremos en la parrilla, que saldremos indemnes de nuestra incursión, pero lo cierto es que solo el que se mantiene pegado al fondo, alejado del resto, está en principio a salvo. Eso es Desconexión, por eso me permití invertir dos horas en ella, por eso te la recomiendo a ti. Ten en cuenta que, si todo el que ve una hoja de papel se limitara a recrearse en su simpleza blanquecina en lugar de explorar sus infinitas posibilidades, toda la magia que hoy nos rodea se reduciría a unos bisontes esbozados en rojo en la pared de cualquier cueva. En parte, de ti depende. Desconéctate...



jueves, 17 de marzo de 2016

"Todo está iluminado", una película de Liev Schreiber (2005)


Ficha Técnica:



Título original: Everythings Is Illuminated


Guion: Basado en la novela homónima de Jonathan Safran Foer (2002) 

Género: Comedia dramática

País: EE.UU.

Duración: 106 minutos



«Todo está iluminado por la luz del pasado. Siempre está a nuestro lado, dentro, mirando hacia fuera».


Sinopsis:


Jonathan Safran Foer, un consumado coleccionista de recuerdos familiares, decide viajar a Ucrania tras hacerse con una foto antigua de su abuelo de la época de la ocupación nazi de Trachimbrod durante la Segunda Guerra Mundial. Para llevar a cabo la "rígida búsqueda" de sus orígenes, desde su llegada al aeropuerto de Odesa recibe la ayuda de dos guías muy particulares: el excéntrico Álex y su abuelo, conductor de un destartalado coche, que se cree ciego desde la muerte de su esposa.


Primer plano:


Aquí donde me intuyes, puedo presumir de tener un ovillo de lana mullida por cerebro. No creas, no es tan malo como parece. De hecho, a veces todo se reduce a tirar con suavidad de un extremo para hacerme con metros y metros de fibra de diferentes colores. Está bien, seamos sinceros, otras veces la madeja está tan indescriptiblemente enmarañada que solo armada con una infinita paciencia soy capaz de controlar tamaño lío. Pero no sufro por ello, de veras, es más, después de tantos años con un ovillo de lana mullida por cerebro me he convertido en una tejedora tan versátil como intuitiva. Y es que no todas las historias están escritas ab ovo (desde el principio) porque no siempre se tiene a la vista un extremo del que tirar. En esos casos, lo más adecuado es mirar a los ovillos de frente, agitarlos entre las manos con mayor o menor fuerza para desbaratarlos, incluso introducirles el puño en su interior como si de él se pudiera extraer un corazón palpitante. Son precisamente este tipo de historias, las escritas in media res (hacia la mitad), las que dan absoluto sentido a nuestra cotidianidad. Si no, ¿por qué nos vemos con tanta frecuencia inmersos en problemas que supuestamente no hemos buscado? Fácil, porque no siempre somos capaces de reconocer dónde se encuentra escondido el extremo inicial del que tirar.

La verdad es que Liev Schreiber en su faceta de actor nunca me ha erizado la piel. Dicen los entendidos que no hay buenos intérpretes sin buenos guiones. Tal vez todo se reduzca a eso, a que a sus manos no haya llegado aún ningún papel destacable (ni siquiera el de la recientemente oscarizada Spotlight), quién sabe. Sin embargo, como director sí que logra dibujarme esa sonrisilla tímida propia de la primera cita, esa que a nuestra edad ya casi nadie recuerda. Tal vez todo se reduzca a eso, tal vez.

Todo está iluminado, una historia maravillosa que trata en la superficie de cómo los conflictos entre los pueblos quedan grabados en la memoria colectiva y cómo, en el fondo, esa misma maravillosa historia se va desvirtuando con el tiempo a causa de los miles de matices de la memoria individual. Si no se escribieran este tipo de aconteceres, no hablaríamos de nuestra Historia (en mayúscula), sino de tantas historias como individuos hablen de ella, hayan sido partícipes o no. Lo sabes, ¿verdad? Debajo de lo exterior siempre hay fisuras. Por tupida que se lleve la coraza, siempre hay rendijas en ella que dejan pasar la luz. Admitir ese talón de Aquiles no nos hace débiles, sino humanos.

Seamos realistas, irremediablemente suceden cosas en nuestra vida. Lo bueno es eso, que suceden cosas. Lo malo es que algunas lo hacen irremediablemente. Son estas últimas las que a diario nos empeñamos en olvidar, las que conforman en nuestra cabeza un paisaje tan desolador como destructivo. Pero todo acaba pasando, todo, hasta esos recuerdos que, como las ondas creadas por una piedra lanzada al mar, terminan por desaparecer. Sin embargo, al igual que el protagonista de esta curiosa película, hay gente que atesora objetos solo para no olvidar. Gente que embolsa, etiqueta, fecha y clasifica sus recuerdos de forma física porque sabe que, de lo contrario, tarde o temprano caerían en el olvido. Yo no soy crítica de cine, no soy una estudiosa de los aspectos técnicos más relevantes en este nuestro siglo, pero nada de esto necesito para saber que da igual cómo empiece una historia y hasta cómo se desarrolle porque, a fin de cuentas, lo verdaderamente importante es que los finales felices existen.

Schreiber se luce como director. La fotografía es indescriptible. La música... un colorista papel de regalo que lo envuelve todo con la naturalidad del reflejo en un charco tras la lluvia. Como sucede en cualquier libro bien narrado, todo adquiere sentido a medida que la historia avanza al ritmo que los propios personajes imponen. Si tú también tienes un mullido ovillo de lana por cerebro, no debes dejar de ver esta magistral opera prima, hazme caso. 




Plano subjetivo:

Asumo el riesgo. Soy consciente de que, cuando las palabras se lanzan al viento sin más ataduras, cualquiera es libre de apoderarse de ellas, desde un entomólogo con un cazamariposas virtual hasta un alergólogo en busca de nuevos agentes patógenos. Lo asumo porque, en realidad, poco importa quién quiera atraparlas, en serio, por mí como si las secuestran y las pierdo de vista para siempre. Lo bueno de todo esto es que cualquiera puede cogerlas al vuelo, pero solo yo sé a quién van dirigidas. Solo yo.


P.S. La mayoría de las veces ser feliz consiste en exclusiva en tener a alguien cerca que te lo haga creer. No lo olvides.


martes, 5 de mayo de 2015

"La vida de Pi", una película de Ang Lee (2012)


Ficha Técnica:


Título original: Life of Pi

Guion: David Magee (según la novela homónima de Yann Martel)

Género: Drama

Duración: 127 minutos

País: Estados Unidos



“Al final la vida se convierte en un acto de renuncia. Pero lo que causa mayor dolor es no tener un momento para despedirse"


Sinopsis:

El zoo de Pondicherry (La India) debe cerrar sus puertas definitivamente. El joven Piscine "Pi" Molitor Patel, hijo del propietario, se ve obligado a viajar a Canadá junto a su familia y todos los animales en busca de una nueva y mejor vida. Sin embargo, tras un terrible naufragio en medio del Océano Pacífico, Pi termina en un bote salvavidas con la única compañía de "Richard Parker", un fiero tigre de bengala, con el que emprende una emocionante historia de supervivencia que finaliza en la costa de México casi un año más tarde. 


Primer plano:

Admito que tenía una idea un tanto equivocada sobre esta película. Alguien me había comentado que era ideal para disfrutarla con niños, por lo que empecé a concebirla como un producto destinado al público infantil y eso, precisamente eso, era lo que menos me motivaba (Disney-Pixar hace cuatro años que invadió mi casa sin ningún tipo de consideración, con ellos me basta). Pero, al igual que sucede con las personas, a las películas también suelo darles una oportunidad (a veces hasta dos e, incluso, tres) y, bueno, mi sorpresa en esta ocasión no pudo ser más grata. La vida de Pi no es una película destinada al público infantil; su densidad de contenido la aleja de quienes, de seguro, no pueden entender esta intensa y maravillosa metáfora sobre el sentido último de la vida, ni siquiera con la ayuda de un adulto. La vida de Pi es una de esas historias coloristas, casi mágicas, que empujan a reflexionar sobre el instinto de supervivencia y la profundidad (o superficialidad) de lo que nos rodea. Todo tiene su momento, no me cabe la menor duda, y el de la historia de Ang Lee parece que me ha llegado.

La tendencia general de la crítica se ha centrado en destacar la lucha manifiesta en la historia de Pi entre ciencia y religión, entre la apariencia externa que nos diferencia y la riqueza interna que nos asemeja, entre razón y pasión. No soy yo la que va a llevarles la contraria, pero eso no me impide considerar sus comentarios una sarta de obviedades que obligan a pasar por alto un trasfondo mucho más sencillo y humano: Todos sin excepción convivimos a diario con un tigre de bengala. Claro está que no me refiero a un animal de carne y hueso, sino a uno que adquiere en nuestras vidas las formas más diversas que alcancemos a imaginar. Un/a compañero/a de viaje que más que facilitar el tránsito lo dificulta. Un/a hijo/a del que no se saca provecho. Una economía familiar bajo mínimos. Un periodo de inactividad laboral que se hace eterno. Pérdidas personales que cuestan superar. Enfermedades crónicas que consumen poco a poco. Hay "tigres" pasajeros, como el de la película, que nos complican la existencia durante un tiempo indefinido que siempre nos parece más largo de lo que en realidad resulta ser. Pero también hay “tigres” con los que se está condenado a convivir, de esos que consumen las fuerzas, que te hacen diferente, que te convierten en una persona cada vez más alejada de lo que proyectas de ti mismo. Si bien los segundos son más voraces que los primeros, por desgracia, ambos suponen el mismo peligro para el ser humano.

La vida de Pi no es solo una película con una fotografía espectacular capaz de sumergirnos en un mar de brillantes medusas que ganan en intensidad a las mismísimas estrellas. Si se rasca un poco su superficie, capas de colores imposibles dan paso a una sutil y certera critica a la sociedad actual. Por un lado, están los que como Pi se adaptan a las circunstancias y afrontan la vida como viene, por otro, los que dejan escapar oportunidades, ocultan sentimientos y manifiestan su rabia de forma equivocada. Los que como Pi luchan incansables contra las adversidades y los que se pasan el día quejándose por nimiedades sentados en un sofá. Hay gente llena de heridas y gente que no se hace la menor idea de lo que duele el zarpazo de uno de estos tigres figurados. De todo eso (y de mucho más que no logro comprender) trata la fascinante Life of Pi.

No voy a seguir afilando un lápiz que ya tiene suficiente punta, pero sí me voy a permitir reseñar una última cuestión. "Richard Parker" no se despidió de Pi. Una vez en tierra firme el animal se fue, sin remordimientos, sin el mínimo apego, totalmente indiferente pese al tiempo que habían pasado juntos y las experiencias que habían compartido. Y al joven Pi se le quebró el corazón unos minutos, solo unos minutos, antes de continuar avanzando en la dirección contraria. Eso mismo ocurre con nuestros "tigres". En ocasiones nos acostumbramos tanto a nuestros problemas que no sabemos vivir sin ellos. Da igual cuál sea su naturaleza. Matrimonios mal avenidos que nunca terminan en ruptura. Relaciones tóxicas de las que dependemos pese a sernos perjudiciales. Amistades más falsas que los productos que se venden en Aliexpress (con todos mis respetos a los "aliadictos"). Miedo a embarcarnos en un nuevo proyecto. Pánico a empezar de cero, al cambio. Quizás por eso Pi necesitaba despedirse del tigre, por eso esperaba que también la fiera se despidiera de él, porque quería pasar página. Y quizás también por eso mismo "Richard Parker" no volvió la vista atrás. El animal, al igual que sucede con la mayoría de las adversidades que sufrimos, tal y como había llegado... se fue.



Plano subjetivo:

Aquí donde me imaginas yo no soy una excepción. Mi "tigre" me fue diagnosticado en enero de 2008 y, desde entonces, pongo todo mi empeño en que no adquiera en mi vida más protagonismo del que me corresponde a mí misma. Con los años voy aprendiendo a llevar su existencia con mayor discreción, aunque reconozco que, en momentos de debilidad, se me escapan ciertas pinceladas que no me hacen ningún favor. Con estas cosas es mejor dejarse llevar por el "todo o nada", porque con las medias tintas, sin pretenderlo, obligo a que cada cual imagine mi “tigre” a su manera, maneras que rara vez coinciden con la realidad. 

Aquí donde me intuyes no me siento una víctima de las circunstancias: Mi "tigre" impone algunas normas, pero no mueve mis hilos. En realidad me siento mucho más libre que quienes cuelgan fotos poniendo ridículos morritos en sus perfiles de Facebook y pasan el día esperando los comentarios de unos supuestos "amigos" que solo escriben lo que saben que se quiere leer. Yo no celebro esos "me gusta", paso olímpicamente de ellos, prefiero celebrar el poder abstenerme de la ingesta de corticoides sintéticos a "puntapala" y el dejar de obsesionarme durante un tiempo con el maldito "síndrome de Cushing". ¡Qué diferente se ve la historia dependiendo de la butaca en la que permanezcas sentado!

¿Y todo esto para qué? Pues, ya que andas por aquí, para recomendarte que te tomes la vida como te plazca. Llora, patalea o grita cuánto te apetezca. Quéjate, échale las culpas al otro, compárate con los demás. Pon caras ridículas en las fotos, viste según los dictados de la moda. Emplea tu tiempo en lo que quieras como si fueras inmortal, pero no dejes de tener nunca, nunca, presente que los "tigres", con independencia de su naturaleza, procedencia y subespecie, son carnívoros.


domingo, 28 de diciembre de 2014

"La jauría humana", una película de Arthur Penn (1966)


Ficha Técnica:



Título original: The Chase

Guion: Lillian Hellman (según la novela homónima de Horton Foote)

Género: Drama

País: Estados Unidos

Duración: 135 minutos




“Reflexiono y no entiendo. ¿Qué hemos hecho mal?"



Sinopsis:

Un preso, condenado injustamente por un asesinato que no ha cometido, consigue escapar de su reclusión. Con la conciencia tranquila vuelve a su lugar de origen, un pequeño pueblo de Texas, donde sus vecinos, inmersos en una degradante decadencia moral, deciden emprender contra él una auténtica cacería humana. Solo el sheriff, único hombre honesto del lugar, es capaz de impedir su linchamiento al tiempo que sufre los despropósitos de un pueblo embrutecido socialmente.




Plano subjetivo:
Numerosas razones técnicas, artísticas e interpretativas hacen de esta película un clásico atemporal. Sin embargo, es su mensaje el que más llama la atención con el devenir de los años pues refleja de manera contundente dos conceptos incuestionables de nuestra propia naturaleza: La seguridad que nos otorga el sentirnos respaldados por un grupo y cómo nos desprendemos de nuestras miserias ocultos entre la multitud.
Es cierto que los hombres, como los animales, tendemos a agruparnos para hacer frente común contra las amenazas que nos rodean. Sin embargo en nuestro caso, a diferencia de los animales, el raciocinio nos posibilita discernir cuándo la causa merece la lucha o cuándo no aunque, en realidad, ese sentido común con el que hemos sido bendecidos los humanos suele brillar por su ausencia. Basta echar un vistazo a nuestro alrededor para comprobar que solemos organizarnos mejor y más rápido (y con mucha más virulencia) contra los colectivos más desfavorecidos que contra los más favorecidos. A las pruebas me remito: Mientras permanecemos al abrigo de nuestros hogares como los “tres monos sabios” de la tradición japonesa (aquellos que no ven, no oyen y no hablan) ante la mala gestión de los que gobiernan o han gobernado nuestro país, las noticias nacionales nos sorprenden con la hazaña fuenteovejunesca de un pueblo casi al completo que arremetía hace unos días sin compasión contra los miembros de una familia aficionada a apropiarse de lo ajeno. Igual estoy equivocada, corrígeme si me equivoco, pero siempre he creído que robar es robar con independencia del autor del robo y de los medios o estrategias que aquel utilice para conseguir su fin. Es ley de vida: Cuando un grupo, en principio minoritario, ve aumentar repentinamente sus hordas en la lucha contra una misma causa, el buen criterio general se pierde y las consecuencias, tarde o temprano, resultan desastrosas para todos.

La jauría humana es una historia de denuncia social en la que los protagonistas, finalmente y sin remedio, se dan por vencidos. ¿Por qué?, porque no se puede ir siempre contracorriente, porque no hay más ciego que el que no quiere ver, ni sordo que el que no quiere oír, porque hasta la paciencia del Santo Job tenía su límite. Y a todo esto, desde la comodidad de mi mullido sofá, yo me pregunto a sabiendas de la respuesta si te darás por vencido tú.


*Esta entrada, junto a los comentarios por ella generados, puede leerse en la sección “Tu mejor tú” incluida en la web  www.despiertatumejortu.es.

viernes, 8 de agosto de 2014

"Johnny cogió su fusil", una película de Dalton Trumbo (1971)


Ficha técnica:


Título original: Johnny Got His Gun

Guion: Dalton Trumbo (basado en su propia novela Johnny Got His Gun, 1939)

Reparto principal: Timothy Bottoms, Donald Sutherland, Diane Varsi


Género: Drama bélico

Duración: 111 minutos





“General: ¿No tiene nada que decirle usted, padre? Al menos podría decirle que tuviera fe en Dios, ¿no?
Sacerdote: Pediré por él durante el resto de mis días, pero no pondré a prueba su fe con esa estupidez.
General: ¿Y usted se llama sacerdote?
Sacerdote: Esto es producto de su profesión, no de la mía.”


Sinopsis:


Johnny, un joven combatiente de la Primera Guerra Mundial, despierta totalmente confuso en un hospital. Con las extremidades superiores e inferiores amputadas, ciego, sordo y mudo de por vida a causa de una explosión sucedida durante un bombardeo, se ve reducido a un simple torso viviente. Tras largo tiempo de insufrible inactividad corporal, gracias al Código Morse, suplica que acaben con él pero su petición es ignorada y su cuerpo, inútil y totalmente inmóvil, es abandonado en un almacén.


Plano subjetivo:

La vida no siempre transita por los caminos deseados. En ocasiones el horizonte soñado se encuentra tras montañas escarpadas que resultan, al menos a simple vista, imposibles de salvar. No cabe duda de que con ayuda la carga siempre resulta más llevadera, pero no siempre se cuenta con ella. En tal caso, rendirse es tan lícito como luchar aunque socialmente mucho menos recomendable. De eso en concreto trata esta película, de la ruptura de los convencionalismos sociales a favor de la libertad individual.

En líneas generales Johnny cogió su fusil es todo un alegato antibelicista y a favor de la eutanasia que, por su brutal realismo, no deja indiferente a nadie. Intenta ponerte en situación: n situaciEn una guerra que supuso la pérdida de miles de vidas, de jóvenes vidas de procedencia humilde que solo buscaban la posibilidad de tener acceso a la universidad o a un seguro médico de calidad de manera gratuita, el sentimiento patriótico brilla por su ausencia al tiempo que la necesidad aflora. En ese marco de inexperiencia y desesperación surge la eutanasia como vía alternativa para paliar el sufrimiento de un cuerpo sesgado incapaz de continuar con su ciclo vital. Johnny, el protagonista absoluto de la cinta, sufre en primera persona los estragos del frente cuando un bombardeo lo convierte en una cabeza pensante que razona y elabora juicios unida en exclusiva a un trozo deforme de tronco. Salvo pensar, es incapaz de hacer nada por sí mismo. Aislado del mundo exterior, su existencia no mantiene un solo resquicio para la esperanza o la mejora porque, por mucho que se empeñe, su situación no cambiará, sus sueños no se verán nunca cumplidos ni sus expectativas realizadas. Tal y como transcurre la existencia del protagonista cabe preguntarse que, si vivir dignamente es un derecho, morir de la misma manera también debería serlo. Por mucho que nos pese, Johnny cogió su fusil es la evidencia fílmica de que hay situaciones mucho peores que la muerte.


Mientras miremos a un lado cada vez que la cruda realidad que nos rodea se cruce en nuestro camino, creeremos que expresar los sentimientos nos hace débiles, permitiremos que nuestros hijos jueguen a matarse con la naturalidad de una puesta de sol, gritaremos enfadados cuando la lenta afluencia del tráfico no nos permita avanzar al ritmo que deseamos, criticaremos, discutiremos, haremos reproches, señalaremos con el dedo… Mientras eso ocurra seguiremos relativizando nuestro tiempo, como si cada minuto nos perteneciera, pasando por alto que, para lo bueno y para lo que no lo es tanto, una semana son solo siete días. No lo olvides. 


*Esta entrada, junto a los comentarios generados, puede leerse en la sección “Tu mejor tú” incluida en la web  www.despiertatumejortu.es.

jueves, 26 de junio de 2014

“Tú y yo”, una película de Leo McCarey (1957)



Ficha Técnica:



Título original: An Affair To Remember


Género: Drama


País: Estados Unidos



Duración: 119 minutos




Sinopsis:


Un elegante playboy y una conocida cantante de un club nocturno se conocen a bordo de un lujoso transatlántico que se dirige a Estados Unidos. Aunque ambos están comprometidos, entre ellos prende la chispa de un especial amor que, antes de desembarcar, les empuja a realizar un pacto: En el plazo de seis meses, suponiendo que continuaran sintiendo lo mismo el uno por el otro, se encontrarían en el mirador del Empire State Building de Nueva York.



Primer plano:

Apenas a doscientos metros de la casa de mis padres se encuentra una de las dos Bibliotecas Públicas de Cádiz. Una que no es especialmente grande ni confortable, no es acogedora ni estilosa, pero tiene una colección más que aceptable de cine clásico (o, al menos, la tenía hace veinte años cuando yo aún vivía allí). Debí de ver casi todas aquellas películas. Como si de un ritual pagano de obligado cumplimiento se tratase, me acercaba a media tarde, rebuscaba con el dedo acariciando sus cantos, elegía según mis propias necesidades, las pedía en préstamo, las devoraba en casa por la noche cuando todos dormían y  las devolvía con mi nombre escrito a mano en la tarjeta de cartón que lucían en la carátula. ¡Qué tiempos aquellos! 

De entre todas ellas recuerdo una en especial, An affair to remember, protagonizada por una lánguida Deborah Kerr y un nada desdeñable Cary Grant. El color deslucido y moteado por el tiempo (y por el uso), el sonido monofónico, el dramatismo sobreactuado de los diálogos, la sencillez compleja de las tomas, los años cincuenta y su “caza de brujas”. No, Tú y yo no es un peliculón, no es una de las cien películas que todos deberíamos de ver antes de los treinta, de hecho ni siquiera se trata de una historia original (es un remake de Love Affair, dirigida por el mismo director en 1939 y traducida al español con idéntico título), pero yo la recuerdo y eso me basta. En realidad esta es una historia más de las muchas que circulaban por las salas de cine de mediados del siglo XX, una concebida para el lucimiento de sus protagonistas, una demasiado “políticamente correcta” para poder pasar la censura impuesta por The House Un-American Activities Comitee (HUAC) del senador McCarthy... pero yo la recuerdo.

En los años cincuenta los amores de la gran pantalla solían estar reservados a personajes maduros, de esta manera los directores se aseguraban pasar la reprensión moral de un Hollywood demasiado encorsetado en las buenas maneras. La serenidad con la que los protagonistas afrontaban el vuelco de sus corazones ensartados por las flechas de cupido era de agradecer. Se entornaban los párpados, se entreabrían las bocas, él agarraba con fingida fuerza los brazos de ella y la giraba lo suficiente para que su cabeza tapara un supuesto beso desbaratador. Cuando no, era ella la que posaba estratégicamente su mano sobre la mejilla de él ocultando entre sus dedos el roce de labios que llevábamos sesenta minutos esperando. A mí me gusta ese tipo de amor, el sutil, el esperanzador, el adulto. A mi edad aún me permito mantener intactas las ilusiones, me permito en ocasiones no saber qué quiero, pero no me cabe duda de qué es exactamente lo que no quiero. Creo que, a medida que maduramos, el amor adquiere mayores dimensiones. A los veinte elegimos según el físico, a los treinta la genética que aportar a la futura descendencia hace furor, a los cuarenta… ¿qué enamorará a los cuarenta?





Plano subjetivo:

Todos queremos un cambio, todos sin excepción, pero pocos son los que se atreven a dar el primer paso, muchos menos los que lo dan en la dirección correcta. Nos acostumbramos con facilidad a caminar en círculos alrededor de un mismo punto, mientras cargamos a nuestra espalda una mochila llena de quejas, rencores, sinsabores y malestares. Andamos en círculos porque el camino siempre se repite, porque lo conocemos de memoria, porque son pocos los imprevistos que se nos cruzan, porque la mayoría también lo hace. Circulamos a diario sin ser conscientes de que, en un imperceptible suspiro, la vida puede cambiar con la simpleza con la que se voltea un calcetín. Reinventarse es una opción. Recordar de dónde se viene, otra.

Me pregunto a diario sobre el porqué de la volubilidad de los sentimientos. Por qué un día se es el astro regente en un universo paralelo y al siguiente te estás dando de bruces contra el suelo de una mugrienta calle ante la mirada indiferente del resto de viandantes. A menudo me cuestiono por qué nos empeñamos en dar vueltas alrededor de un mismo punto aun conscientes de que caminar en círculos no nos va a llevar a ninguna parte. Y el límite de un beso... ¿dónde se hallará el límite de un beso? ¿Cuándo un sencillo roce de labios cruza la línea de lo humano? ¿Cuándo se transforma en un esperanzador algo más o en una punzante nada? ¿Cuándo se convierte en el detonante que provoca una reacción en cadena de consecuencias devastadoras, un vivir sin vivir en mí santateresiano, una petite mort orgásmica? Puro éxtasis. 


No sé por qué me pregunto a diario sobre la volubilidad de los sentimientos, sobre todo porque me consta que nuestra propia naturaleza es voluble.