miércoles, 19 de junio de 2013

“Pequeñas mentiras sin importancia”, una película de Guillaume Canet (2010)

Rocío se encuentra a las puertas de la adolescencia. Hace un año, cuando cumplió doce, se las prometía felices con la entrada en secundaria, pero hoy, menos de trescientos sesenta y cinco días después, no sabe con qué pie echar a andar primero. Diría que a todos nos ha pasado lo mismo, pero en realidad mentiría, al menos en lo que a mí refiere. A Rocío la desorientación le hace valorar cosas que, salvo por el pastizal que cuestan, carecen de la mínima valía. “Es normal, en esta etapa es normal que las amigas sean de ida y vuelta” comenta despreocupada su madre. “No, no lo es” pienso yo, pero no digo nada. Claramente existen dos tipos de madres: Las que han asumido tanto su papel que han olvidado que también son hijas y las que, sin olvidar el rol de hija, interpretan el de madre lo mejor que saben. Ella es del primer tipo, yo, por fortuna para mi hijo, del segundo. Por eso sé que Rocío lo está pasando mal, aunque haga como si no pasara nada y me diga con la boca pequeña cuando nos cruzamos por la escalera que prefiere pasear sola porque sus amigas son “unas sosas”, aunque en el fondo no entienda por qué sus “amigas” le dicen que no van a salir para, más tarde, ir todas juntas a la piscina sin contar con ella.

Siempre he considerado que la “amistad” está infravalorada. Deambulamos por la vida buscando el amor verdadero cuando solo la verdadera amistad conlleva la felicidad en el sentido más amplio del término (repito, en el sentido más amplio del término). En mi vida siempre he sido de pocos “quereres”, abarcar demasiado supondría dispersar tanto mi capacidad amatoria que esta pasaría desapercibida para cualquiera. La cordialidad es mi disfraz: Conocidos miles, amigos con los dedos de las manos. Por eso me entristece la situación de Rocío y por eso me ha sobrecogido Pequeñas mentiras sin importancia, la tercera obra de Guillaume Canet tras la cámara.
La crítica española, siempre tan agradable en sus comentarios en lo que a cine francés se refiere, manifestó en su día que esta película era una burda copia de la estadounidense Reencuentro (The Big Chill de Lawrence Kasdan, 1983) y de la británica Los amigos de Peter (Peter’s Friends de Kenneth Branagh, 1992). Estos todavía no se han enterado de que la historia es cíclica, de que los argumentos se repiten una y otra vez con la particularidad de cada tiempo y lugar. ¿Acaso E.T. no trata también sobre un grupo de amigos que se unen en torno a uno de ellos moribundo? ¡Venga ya, no fastidiéis al cinéfilo medio de andar por casa! Francia no es Inglaterra ni mucho menos Estados Unidos. La realidad de los ochenta no es la de los noventa ni se acerca de lejos a la del nuevo milenio. Si nos ponemos así, lapidemos a Martin Scorsese por llevar al cine la vida de Howard Hughes en El aviador (The Aviator, 2004) porque algo parecido hizo décadas antes el maestro Welles con el personaje de Charles Foster Kane, basado en el magnate de la prensa William Randolph Hearst, en Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941). Pequeñas mentiras sin importancia recaudó más de treinta y dos millones de euros en apenas seis semanas, convirtiéndose en la película más taquillera del país galo en 2010, pero la crítica... En fin, en esas seguimos.


Les petits mouchoirs, título original de la cinta que viene a significar en español “mentiras piadosas” (las cantarinas Little White Lies en la lengua de Shakespeare), recoge parte del mejor elenco francés del momento. No me voy a extender en estos menesteres porque para eso, si sigues el camino de baldosas azules,  ya tenemos a “The Wizard of Google”, pero se nota, en cada fotograma se nota la maestría de cada uno de ellos. Y, si crees que exagero, prepara un buen bol de palomitas y un par de paquetes de pañuelos de papel y ve la película, por favor, hazme caso. Divagaciones sobre la amistad a gusto del consumidor se suceden a lo largo de las casi dos horas y media que dura la película. No, no se hace pesada, en serio, todo fluye con la normalidad de un café entre amigos bañado de buena música. De hecho, aquí en confianza, hay una escena maravillosa de un atemporal Romeo que escala bajo la luna hacia el balcón de su desdeñosa Julieta con la única intención de observarla mientras duerme. El remolino de emociones que esta manida situación entraña se acomoda en los aterciopelados modos de “Fistful Of Love” en labios de Antony and the Johnsons como si no pudieran existir la una sin el otro. Es entonces cuando yo reconozco que no me gustaría este tipo de música si no la supurasen tus poros cada vez que te pones a hablar de tus cosas, aparentando ante mí cierta timidez infantil para no dejar constancia de que tú también eres vulnerable, casi más que yo. Te imagino en la distancia mientras interpreto el papel de oyente a las mil maravillas e intuyo que, como siempre, eres tú quien se vaciará al otro lado del teléfono al tiempo que yo quedaré repleta de algo de lo que no soy capaz de prescindir. En eso, querido y asexuado lector, precisamente en eso consiste la amistad.  
Guillaume Canet recurre al más tremendista de los realismos en el mismo punto de arranque, cuando la vida de Ludo, un parisino cercano a la cuarentena, entra en stand by una buena mañana. La escena impacta, sobrecoge al espectador cómodamente mimetizado con su sofá mientras cae de repente en la cuenta de la fugacidad del tiempo. Esa es la peor de las loterías, esa de la que nadie desea portar el boleto ganador. La vida de este personaje se estanca en la cama de un hospital a pocos días de comenzar las vacaciones en compañía de sus amigos “de toda la vida”. ¿Ir o no ir?, That’s The Question... la pregunta y el dilema. Nos guste o no, las decisiones que tomamos de manera individual siempre conllevan consecuencias colectivas, algunas de ellas de difícil digestión, y escudarse los unos en los otros sirve a este grupo de amigos para despojarse de toda culpa. También suele pasar. Es en esta circunstancia llena de tiranteces cuando las amistades se ponen a prueba, cuando esas “pequeñas mentiras sin importancia” irrumpen en la cotidianidad de un desayuno o de un paseo a orillas del mar para desbaratarlo por completo.

Sinopsis: Como tienen por costumbre desde hace años, un grupo de viejos amigos lo tiene todo dispuesto para partir de vacaciones a la casa de la playa de una de las parejas. Sin embargo, días antes de comenzar su periplo, uno de ellos sufre un aparatoso accidente de tráfico que lo deja postrado en una cama en cuidados intensivos. Los recuerdos, las frustraciones, las alegrías y los miedos hacen acto de presencia en un paraje idílico a orillas del mar donde las pequeñas mentiras sin importancia se mantienen ocultas en las maletas.


P.S. Lo cierto es que, aunque parezca que no estoy, siempre espero tras la puerta a que concilies el sueño. Ya sabes que soy especialista en ahuyentar monstruos. Bajo la cama, junto al despertador, en la casa de al lado, en otro barrio, en distinta ciudad y hasta en distinto país... velo por tus sueños. Por cada uno de ellos. No lo olvides.

jueves, 23 de mayo de 2013

"Café de Flore", una película de Jean-Marc Vallée (2011)


Ficha Técnica:


Título original: Café de Flore

Director: Jean-Marc Vallée

Género: Drama

Duración: 120 minutos

País: Canadá






Sinopsis:


Antoine, un exitoso DJ de Montreal, lo tiene todo al alcance de la mano para ser feliz. El amor de Rose, su nueva pareja. El cariño de sus dos hijas. La entrega afectuosa de sus padres. Dinero. Salud. Y una profunda crisis existencial favorecida por Carole, su exmujer, su amor de juventud, el hilo de unión con la historia de Jacqueline, una madre entregada a la crianza en solitario de su hijo Laurent, síndrome de Down, en el París de los años sesenta. Su afán por no dejar desprotegido socialmente al pequeño roza la obsesión. La vida común de madre e hijo fluye con la tranquilidad de las aguas del Sena hasta que aparece Veronique, una nueva compañera de colegio del pequeño aquejada del mismo síndrome, con la que Laurent pronto conectará de manera excepcional. El mundo se agita bajo los pies de Jacqueline, que no sabe aceptar que su hijo necesite a alguien que no sea ella misma, como lo hace bajo los de Carole, que sufre al comprobar que su exmarido es feliz en los brazos de otra mujer.



En la teoría:

Estos días están siendo muy especiales para mi hijo. Comienza una nueva etapa en su vida sin celulosa ni toallitas húmedas. Él mismo sabe, dentro del entendimiento propio de su edad, que es el único protagonista de algo importante que está ocurriendo a su alrededor. No voy a mentir, le está costando. Se niega a utilizar el orinal y, así, es difícil. Que tenga paciencia me dicen las señoritas, que solo lleva cuatro días... ¡y veinte lavadoras! Hace un rato, mientras yo servía la comida, se ha acercado a mí muy apurado, casi haciendo “pucheritos”, con el pantalón empapado:
- Mamá, soy malo.
- No, cariño, tú no eres malo, eres el niño más bueno del mundo. ¿Por qué dices que eres malo?
- Porque me he hecho pipí encima.

Me lo temía. "La comida puede esperar". Tocaba momento charla madre-hijo. Reconozco que no sé cómo hacerle entender que se trata solo de una fase evolutiva, que no me enfado porque aún no sepa controlar los esfínteres ni que tampoco me importa ir tras él con la fregona para limpiar lo que ensucia cada treinta minutos. Intuyo que me sobran palabras aunque sé que compenso con las buenas intenciones. No me queda más que echarle paciencia. Me he arrodillado en el suelo, me he sentado sobre las piernas para estar a su altura y lo he colocado frente a mí. “¡Ay, dios, qué le digo yo ahora!”. He respirado hondo y... Al final, él ha sonreído satisfecho. Yo, también.
Creo que jamás podré entenderme con nadie tan bien como me entiendo con él. Si yo creyera en la existencia del alma, que no creo, desde luego que sin duda alguna nombraría a mi hijo portador de mi alma gemela aun sabiendo que la apreciación no es compartida. Soy de las que defienden que la conexión que se establece entre los seres humanos es más química que espiritual y viene motivada por detonantes tan dispares como una mirada dirigida a los labios o un recurrente déjà-vu, nueve meses en el vientre o cinco minutos en el "Messenger", un silencio prolongado o una llamada a tiempo. Nunca se necesitan demasiadas razones, solo algo de voluntad. Estoy segura de que en la inmensidad del mundo existe alguien con quien poder conectar con la facilidad, la simpleza y la exactitud de un puzle de dos piezas. En eso consiste exactamente Café de flore, una coproducción franco-canadiense de 2011 dirigida por Jean-Marc Vallée.

La crítica española no fue nada benévola con la tercera película de Vallée tras la aclamada y totalmente recomendable C.R.A.Z.Y. (2005). ¡Ah, los críticos y sus patochadas! La tacharon de auténtica pifia, de pretensiosa y descuidada, de caos mal resuelto y de no sé cuántas cosas terribles más. Lo cierto es que a mí, como espectadora, no me pareció nada de eso. Igual es que yo no escribo movida por las cifras de la taquilla, no sé. Desde luego, si estos son los mismos que opinan que el papel interpretado por sir Ben Kingsley en Ironman 3 es un gusto para los sentidos, apaga y vámonos.

El planteamiento argumental de Café de flore presenta una dualidad alternante desde el inicio de la película hasta casi el final, cuando se descubre el punto de unión de dos historias, aparentemente lejanas en espacio (París-Montreal) y tiempo (años sesenta-actualidad) pero con dos elementos comunes: El amor incondicional (de una madre por su hijo-de una mujer por su exmarido) y la canción que da título a la película ("Café de flore" de Matthew Herbert). La estructura triangular es la encargada de generar la tensión argumental al punto de su ruptura. Jacqueline-Laurent-Veronique y Carole-Antoine-Rose conforman dos triángulos de aristas redondeadas en los que el amor es bien y mal entendido en diferente proporción. ¿Existen las almas gemelas?, parece que sí, aunque no siempre se sea correspondido.

Ese es el caso de Jacqueline y de Carole, dos mujeres y una única obsesión. La primera en el París de los años sesenta, abandonada por su marido, lucha por evitar la exclusión social de su hijo con síndrome de Down. La segunda en el Montreal de nuestros días, ve como su exmarido, un afamado DJ, sufre una gran crisis de identidad. Dos ciudades diferentes, dos épocas diferentes, pero un mismo amor atemporal visto desde un prisma obsesivo y protector. El final de la cinta, inimaginable pese a las sutiles pistas que se nos descubren, ayuda al espectador a unir los fragmentos de una historia que se alarga cuatro décadas en el tiempo.


Una mención especial merece el recurrente artificio de Vallée que, como ya hiciera en C.R.A.Z.Y., convierte la ambientación musical en hilo conductor de una acción cambiante al estilo de los discos en los platos de un DJ experimentado. Tomando de referente la canción de Herbert en sus múltiples variantes, el recorrido sonoro regala temas de "The Cure", "Pink Floyd" y "Sigur Rós" entre otros. Gracias a esta exquisita banda sonora se liberalizan las emociones de los protagonistas: Una forma magistral de utilizar un bien universal en propio beneficio.




En la práctica:

Café de flore es una película intensa, emotiva y conmovedora, sensible y musical. Es una historia corriente de amores extraordinarios que no sucumben a la muerte, ni real ni metafórica, y que intentan mantenerse intactos recluidos en una burbuja. Es la historia de personas que tienen los ingredientes necesarios para ser felices y que, sin embargo, no lo son. Tal vez sea tu historia. O la del vecino. Puede que un día sea la de mi hijo. O quizás la del tuyo. No lo sé, nunca se sabe. ¿Me permites un consejo?, si quieres conservar a tu alma gemela regálale un hueco en el cajón de tus calcetines. Cada cual que saque sus propias conclusiones.


domingo, 19 de mayo de 2013

“El desprecio”, una película de Jean-Luc Godard (1963)

Llueve. Llueve con intensidad tras unas semanas de mayo disfrazadas de mes de julio. La lluvia conlleva un silencio peregrino de tintineo de copas que se chocan tímidas, celebrando sin festejar una noche que terminará entre sábanas revueltas. Ese seductor silencio rodea mi estudio, tan pequeño que solo abarca la dimensión de un libro abierto. Cualquier día amaneceré convertida en un pececillo de plata que sobrevive enganchado a la cola de encuadernar. Quien quiera entender que entienda.
El decadente y repetitivo “ring” del móvil de mi marido me obliga a salir de este extraño aturdimiento. Unos segundos después intento volver al mismo lugar de imaginario recogimiento, intento retomar palabras, frases, párrafos que me resultan imposibles de encadenar porque algo se ha roto en mi cabeza y, temiendo que sean los últimos restos de cordura que aún atesoro, salgo al mundo exterior que representa el resto de la casa. Es entonces cuando la melodía de mi móvil, la reservada para los que tienen la fea costumbre de turbar mi tranquilidad (“Off & On” de Findlay), lo inunda todo mientras mi cabeza se convierte en el cepillo de una iglesia de pueblo en el que las beatas, en lugar de echar limosnas, tiran piedras. Mal presagio. “Recomiéndame una película, por favor. Pero no una de las tuyas, necesito una de las que ven las tías normales un sábado por la noche”. La primera en la frente… o no, todavía no me ha quedado demasiado claro si es bueno o malo que no me consideren una “tía normal”. Pienso unos segundos. “Intocable de Olivier Nakache o La delicadeza de los hermanos Foenkinos, con Audrey Tautou”. “No, esas no me valen. Una de Jennifer López o de la de Friends, una comedia americana de las de toda la vida”. “¿De las de toda la vida? ¿Tú y yo con Cary Grant y Deborah Kerr?” (me pierde esa película en blanco y negro). “No, coño, más moderna”. “¿Annie Hall de Woody Allen?”. Después de marearme un buen rato con algo que podría haber solucionado él solito en dos minutos con la ayuda de “Google”, no llegamos a un entente cordiale. Ya sabía yo que se merecía más que nadie ese tono de llamada.
Lo cierto es que no sé por qué se toma tantas molestias. Da igual las horas que pasen juntos sentados en el sofá ante el televisor viendo una comedia romántica. Da igual los fines de semana que repitan la misma operación. Ni siquiera importa que pasen toda una vida practicando el mismo ritual. Los conozco y se tirarán los trastos a la cabeza tarde o temprano. Tienen tantas cosas insulsas y tan pocas profundas en común que llegará el día en el que, irremediablemente, se desprecien el uno al otro. Ley de vida según el escritor italiano Alberto Moravia quien en Il disprezzo, novela de 1954, nos recuerda que la incomprensión dialéctica es el drama de la convivencia contemporánea. ¡Vaya!
Ya sabes que a mí no me gusta hablar de lo que precisamente más controlo, así que dejo a otros las disertaciones sobre los aspectos filosóficos de Moravia y me centro en la adaptación del gran director francés Jean-Luc Godard de 1963, Le mépris, su mayor éxito comercial gracias, en parte, a una Brigitte Bardot ligerita de ropa.

El desprecio, asentado sobre dos grandes pilares narrativos interrelacionados, es fiel reflejo de su época. Con la excusa de la creación de un guion cinematográfico sobre la Odisea de Homero, se desarrolla poco a poco la historia de amor entre dos que parecían haber nacido para morir juntos. Los protagonistas, Camille y Paul, un matrimonio recién casado, deambula casi sin darnos cuenta del amor pasional al cariño respetuoso y de la indiferencia al desprecio en apenas una hora y media. En este doble contexto argumental el director aborda la evolución de los sentimientos como si de una tragedia griega se tratase. La acción en ese sentido transcurre de manera estructurada, al estilo clásico de las tres unidades aristotélicas (tiempo, lugar y acción), en tres actos: Cinecittà (amor pasional de Camille y aceptación de Paul de la oferta para realizar el guion), la casa del matrimonio (desengaño de Camille y conflicto personal de Paul entre su vocación literaria y los ingresos que le supondrá el guion) y Capri (ruptura del matrimonio y materialización del guion). Una película dentro de otra. Magistral.
En general, es fácil que el espectador se sienta identificado en algún momento con el matrimonio protagonista. Son numerosas las etapas por las que se pasa en los escasos cien minutos que dura la historia. El auge amoroso de los primeros años. El paulatino desencanto al que somete la convivencia diaria. La indiferencia obligada cuando los caminos divergen. El frío desprecio al que se llega sin remedio. Los silencios hieren en esta historia de dos que solo la pareja implicada habría podido reescribir con final feliz. Y, a todo esto, ¿qué opino yo en realidad? Pues que el amor marital es como la materia, ni se crea ni se destruye, solo se transforma.

Sinopsis: Paul y su atractiva mujer, Camille, parecen formar la pareja perfecta. Sin embargo, su relación se precipita hacia la ruptura a partir del momento en el que él acepta la oferta de un arrogante americano para escribir el guion de una gran producción basada en la Odisea de Homero. Embebido por la situación, Paul propicia una confusión entre el productor americano y su propia mujer, que se considera una moneda de cambio dada al mejor postor. Como consecuencia del error, el guionista se verá inmerso en una dolorosa crisis matrimonial que tiene al desprecio de protagonista.




Prefiero no pronunciarme respecto a los actores principales. Las curvas de la Bardot de los sesenta me gustan hasta a mí, pero su talento interpretativo es bastante cortito en cualquier década habida y por haber. En cuanto a Michel Piccoli… como bien dice su apellido, “pequeño, pequeño, pequeño”.
Jean-Luc Godard es otro cantar. Como representante de la nouvelle vague que irrumpió en el panorama cinematográfico galo a finales de los cincuenta, el director exhibe en El desprecio el manifiesto artístico que recoge los puntos esenciales de la “nueva ola” francesa. Junto a Claude Chabrol (mencionado en la entrada dedicada a En el corazón de la mentira) y a François Truffaut (Fahrenheit 451, temperatura a la que se quema el papel según la novela homónima de Ray Bradbury, que me parece el equivalente europeo de la americana Blade Runner de Ridley Scott, una obra maestra que se desarrolla en una sociedad “futurista” en la que el objetivo del gobierno es impedir que los ciudadanos tengan acceso a los libros ya que la lectura se considera un verdadero peligro), son los tres claros referentes de un nuevo modo de hacer cine que pretendía reaccionar contra las estructuras impuestas hasta ese momento postulando la libertad técnica por encima de cualquier otro artificio.